sábado, 30 de junio de 2012

Tulumba, a las once

Por el lado en que le entres a la ruta, resulta anodina. A mitad de camino entre Deán Funes y San José de la Dormida, por la ruta 9 norte, Tulumba empieza a mostrar su belleza inconmensurable a pocos kilómetros de su ingreso; antes es pavimento, llanura y lomas bajas que se confunden con el común del camino del norte cordobés. En sus entrañas se halla el esplendor de la zona. Un desvío de casi 90 grados en desnivel te hace ingresar a su poblado. En bajada ya sentís que estás en un lugar completamente distinto. Un mantenido empedrado histórico te recibirá, algunas casas viejas a los costados en donde las gallinas duermen en autos abandonados te transportan a un tiempo que si viviste no recordás, y que si no, nunca entenderás.
Casonas señoriales, la plaza, la iglesia principal, la calle Real, las luminarias de época. Tulumba declarada villa en 1803, fue una las primeras tierras que pisaron los conquistadores en el 1500. Los nativos del lugar tienen la cara de la villa: gestos antiguos, profundos, atentos, generosos, predispuestos. A quienes nos gusta mirar, relacionar y valorar la historia, encontramos en este lugar una auténtica veta prolífica.
El primer paso por la calle Real inevitablemente remonta a las lecturas de las historias del hijo del hijo de Jerónimo Luis, los Reinafé, fray Mamerto Esquiú, los indios sanavirones y comechingones, granaderos, combatientes de Malvinas y los actuales pobladores que pugnan por convertirla en una localidad vivible.
La recuperación del Camino Real permitió la instalación en el lugar de un centro de interpretación que resulta útil para comprender la ubicación en que uno se encuentra, aunque no la profundidad del suelo está pisando. Después de descansar de la primera jornada en una habitación para turistas, el ejercicio es caminar las calles interiores en donde se amontonan viejas edificaciones de la edad colonial que aún conservan la impronta de una época en que todo se hacía a caballo, a carreta, y de manera muy pausada.
Una caminata hacia el cristo del poblado permite observar desde una altura mediana la belleza de un valle inesperado por lo árido que parece el territorio.
De mañana, bien temprano, caminar por la vera del arroyo que alguna vez debe haber sido caudaloso también remonta a morteros, cuevas, encuentros bajo los sauces, y senderos húmedos plagados de anhelos e ilusiones inconclusas. 200 años después, Tulumba es escenario de novelas históricas y románticas de escritoras consagradas. Los paisanos del bar de enfrente de la iglesia son toda una postal del lugar: llegan en autos prehistóricos, visten camperas desusadas, pantalones sucios, calzado gastado. Saben pedir exactamente el trago tradicional al que paladean con la experiencia de los ciertos; y se toman un tiempo inmemorial para disfrutarlo.
Por la noche Tulumba no descansa; hay peñas en el local del CCI, reuniones en el bar de la nueva terminal, guitarreadas en los comedores, apuestas clandestinas en un local de bailes, discusiones cuchilleras en algún almacén que atiende de sol a sol. A la mañana temprano sólo prevalece el olor de las panaderías y algún almacén. Es frío el despertar en Tulumba, sereno también, y solitario; muy solitario. Ser turista en esta población del norte cordobés es una condición privilegiada porque son pocos, y especialmente considerados y atendidos. Eso sí, a la villa hay que llegar o levantarse después de las 11, porque el reloj histórico del lugar recién se enciende a esa hora.
Antes, todo es historia, identidad, pausa, reflexión, paz interior; armonía, aunque para los visitantes ocasionales que estamos de paso. El infierno, para los residentes, también persiste allí. Tulumba 2012.

jueves, 3 de mayo de 2012

Ser, de Cerro Colorado

Puede pasar a cualquier hora, tanto a la mañana temprano, al mediodía o a la tarde.
Hay lugares a los que es preferible llegar a determinadas horas para aprovechar mejor sus atracciones. Al Cerro Colorado no hay hora predeterminada, cada período asegura un encanto particular. Quizás en otros sitios pase igual, pero a mí parece que es así.
Una ruta asfaltada te lleva a los pagos que hizo famosos Atahualpa Yupanqui. También caminos de tierra, completamente distintos, que diferencian a quienes llegan a este lugar pero que no separan, más bien lo contrario.
Por esas huellas llegan los paisanos, aventureros y algunos pasajeros de colectivos que tardan horas en dilatar el goce que luego disfrutarán. De a caballo también llegan, en sulkis o en viejos autos que ya no se ven en ciudades convencionales. Es una fiesta llegar a ese sitio diferente.
Desde la altura de su cerro el paisaje remite a una gran ventana de aridez y de historia.
Cómo no pensar en el viejo cementerio, en el camino a Rayo Cortado que a su paso conserva construcciones más que centenarias, el paso a Caminiaga que atesora El Pantano y las pircas de esas piedras coloradas que acompañan su paso. Desde esa cima cómo no pensar, además, en las cuevas que al conocerlas te vuelven habitante del lugar, las pinturas rupestres de altísimo valor histórico, los ríos, el de Los Tártagos en particular, las palmeras carandí, el ritmo cansino de una población estable que es inmutable, pero atenta a tus necesidades. El primer avistaje al poblado ofrece las postales del primer arroyo, el cerro en su postal característica, la iglesia, el almacén de Martínez, la carnicería, la casa de artesanías, el complejo de Argañaráz con todas sus variantes. El vado, lo de Hugo Mario, el camping municipal, los hospedajes intermedios, el cementerio antiguo, los corrales para proteger a las ovejas y las vacas de los pumas, la casa museo de Atahualpa, los diferentes cerros: Inti Huasi, Veladero, Colorado, el de La Juana que, también, ofrecen postales inolvidables, y muchos otros atractivos e historias que nunca se terminan de conocer.
El camino de Caminiaga y las palmeras carandí que completan el paisaje resultan un agregado incomparable. El clima también colabora para el disfrute y el descanso relajado. Apenas llega un solo ejemplar de diario al mediodía, no parece necesario, y casi ni hay señal de celulares. Conocí que las noches veraniegas son ruidosas y concurridas, que se puede disfrutar mucho con poco. Los árboles, los animales y los pájaros conviven en perfecta armonía; los caminos de tierra son una invitación a pensativas caminatas. Un orden natural acomoda los desacomodos que trasladamos hasta atravesar ese primer vado.
Cerro Colorado no forma parte del Camino Real, pero es un desvío irreemplazable del norte cordobés. A diferencia de otros destinos, las rutas te llevan directo a Totoral, Deán Funes, La Dormida, Tulumba, Chañar. Pero para llegar a Cerro Colorado hay que entrar, desviarse, internarse en caminos, algunos más amigables, otros más ariscos, pero de paisajes disímiles, según desde donde se los mires y es un punto de interconexión que mitiga las huellas áridas que te conducen al lugar.
Muchos podrán contar de la cantidad de festividades que se celebran en el lugar, del vínculo Yupanqui y el indio Pachi, de El Pantano, de las feroces internas pueblerinas que dividen familias, intereses e historias, de las riquezas pictóricas aún desconocidas, del encanto que produce en los visitantes, del calor que denuncian las chicharras y del sabor de los algarrobos que traducen en sabores algunos productores de la zona.
Otros muchos nativos y pobladores de la zona se referirán a la sequedad de las calles, la geografía agreste y solitaria por momentos enmudecedora, esa que Yupanqui reflejó en sus noches estrelladas a caballos por esos senderos. Las víboras, los lagartos, las iguanas, los pumas, las cabras, los chanchos, las vacas, los pájaros. El sabor tan particular de esa carne tan roja y tan serrana que jamás se encontrará en supermercados de gran escala, las siestas con temperatura de infierno que apenas se aplacan en alguna habitación con ventilador, y luego zambullido en el río, a costa de que las mojarritas te tiren mordiscos hasta en las orejas. Cerro Colorado ofrece mucho si uno no va de turista ocasional o coleccionista de postales.
Por eso es una gracia poder volver.

jueves, 15 de marzo de 2012

Ongamira, territorio de misterios y energía

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad del mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando al fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió al padre: "¡Ayúdame a mirar!" (Eduardo Galeano.)


Una emoción semejante viví la primera vez que pude ver el valle de Ongamira desde la Puerta del cielo. Un paisaje inmenso, atrapante, encantador. Un abanico de verdes que parece inexplicable por lo agreste que resulta el camino y esas inmensas formaciones de rocas rojas, una de las maravillas naturales de Córdoba. Ongamira fue mar.
Para descubrir el lugar lo mejor es hacerlo por la Puerta del cielo. Se llega allí a través de Santa Catalina, desde donde se desprenden dos caminos que pasan por pequeños parajes serranos que también encierran encantos particulares. Después de recorrer la imponente iglesia y su tajamar se puede llegar pasando por Colonia Hogar, San Peregrino y Todos los Santos.

El otro camino se lo encuentra pocos metros antes de llegar a la iglesia, hacia la derecha que lleva a Aguas de las Piedras y Cañada de río Pinto, en donde se puede hacer parada en las refrescantes ollas de sus ríos, visitar su capilla y reaprovisionarse en una típica despensa serrana. Poco más de media hora y ya en Ongamira, el ambiente y los paisajes te transportan a otra dimensión, donde te cruzás con visitantes, turistas y lugareños que saben perfectamente que viven en otro mundo.

Un primer y obligado paseo por las grutas, desde donde doña Supaga empieza a abrir las puertas de ese universo que encierra y sugiere mucho más que las clásicas postales de promoción que suelen identificar al lugar. Ya estás en Ongamira.
Armar la carpa en el complejo del Parque Natural es empezar a experimentar una experiencia única, irrepetible. Empezás a relajarte y a imaginar que vas a vivir una de las sensaciones más conmovedoras: mirar el inconmensurable cielo estrellado acostado sobre el pasto, o en una deesas grandes piedras que con las sombras dibujan imágenes inquietantes y abrasadoras. Tan cerca están las estrellas que podés estirar la mano convencido de que las vas a atrapar como si fueran granos de maíz. Irte a dormir en esa condición merece la experiencia y ese gozo.
A la mañana temprano te pueden despertar el canto de algunos pájaros, el grito de algún gallo o el mugir de alguna vaca que se replica en todo el valle. Una humedad intensa que se desvanecerá a las pocas horas será tu refresco vital.
Colchiquí.
Por mucho tiempo lo denominaron el cerro maldito, después fue Charalqueta como lo nombraban los antiguos pobladores del lugar.


“La historia se remonta a la época de la conquista de Córdoba. Ante el avance de los conquistadores los antiguos pobladores de la región, los comechingones, no pararon hasta matar en 1574 al capitán Blas de Rosales, primer encomendero de Ongamira , y compañero de aventuras de Jerónimo Luis de Cabrera. Así frustraron sus planes de consagrar la zona al cultivo de caña de azúcar y a la extracción de minerales. Según la tradición, los indios se refugiaron en lo alto del cerro Charalqueta, que les servía de oratorio. Desde allí, fuera del alcance de los arcabuces, se divirtieron burlándose del piquete punitivo. Pero los enfurecidos españoles rodearon el peñón y, por el poniente, dieron con la manera de asaltar las alturas a caballo. La refriega acabó en una impiadosa matanza, que apagó para siempre la resistencia nativa. Algunos de ellos, inclusive se despeñaron desde las alturas para no caer bajo el poder de la conquista. A consecuencia del desastre, los comechingones dejaron de venerar el cerro y lo rebautizaron Colchiqui (por Chiqui, el dios de la fatalidad”. (
Es tiempo, hora, de ascenderlo. Es temprano, la línea entre el crepúsculo y la claridad. Conviene subirlo a pie, bien temprano en la mañana, porque cuando el sol empieza a calentar las piedras el lugar es inclemente. Se trata de un ascenso de una hora y media que a medida que se avanza ofrece paisajes imponentes, largos, anchos, profundos. Períodos de meditación, de compenetración con esas vistas y con esa historia que en el silencio profundo de la caminata intimidan. Planicies verdes en temporada de lluvias; y amarronadas en invierno, con un viento frío y riguroso. Estamos a 1.650 metros de altura. De subirlo bien temprano, se garantiza además el espectáculo inigualable de cóndores sobrevolando tu solitaria presencia en señal de resguardo o de custodia.

Verlos volar debajo de la cima en la que estás contemplando esa inmensidad te vuelve por momentos pájaro quieto, agraciado espectador, alma viva en las alturas.
El peñasco mayor desde donde se divisa una enormidad redonda inevitablemente remonta a quien conozca la historia, a esos momentos trágicos que terminaron con centenares de indios y sus familias, arrojados al vacío ante la posibilidad de perder su libertad.

En cada visita, Ongamira encierra misterios y sorpresas, lejanías y una memoria viva de la que no podes pasar de largo, aunque te parezca que estás detenido en el tiempo.

jueves, 24 de junio de 2010

La Calera: a 40 años del copamiento por Montoneros

La Calera, a 40 años del golpe de Montoneros

La predecible madrugada del primero de julio de 1970, además de un frío amanecer con más de cinco grados bajo cero no presagiaba mayores cambios en la rutina de la localidad. Sin embargo al filo de las siete informaciones cruzadas daban cuenta que un grupo comando estaba asaltando la sucursal del banco de Córdoba. En un principio todo fue confusión y nerviosismo. Corridas, gritos y disparos en pleno centro de la ciudad. A muy pocos metros de la sede del banco otro foco delictivo había tomado el edificio municipal y obligaba, bajo amenaza de pistolas y fusiles a los empleados a cantar la marcha Los muchachos peronistas. Simultáneamente pintaban consignas en el frente del municipio, y depositaban una caja negra que simulaba una bomba. Mientras eso ocurría otros comentarios referían que la subcomisaría en barrio 25 de mayo también había sido tomada, como el edificio de correo y telecomunicaciones, y la oficina de telégrafos.
El contexto en que se dio el copamiento estaba teñido por un duro reclamo de los trabajadores de IKA Renault y el prolongado conflicto estudiantil en las facultades de Arquitectura, Ciencias Exactas y Derecho. Además, un año atrás el Cordobazo había modificado las estructuras de las bases trabajadoras y sociales. El movimiento obrero en el centro del país tenía fuerza propia, y a su alrededor se gestaban columnas de resistencia contra el régimen de Onganía que afianzaban un clima agitado de militancia y protesta social. De ese riñón salieron los jóvenes de entre 22 y 24 años que comandaron el operativo de La Calera.

La elección del lugar
La elección de La Calera para efectuar la acción armada no fue adrede. Según cuenta, Cecilio Salguero, que participó como apoyo logístico del operativo, tenía que ver con la raigambre peronista del lugar: había sido el último foco de resistencia del peronismo durante la Revolución Libertadora. Además, la cercanía a la base del Regimiento de Infantería Aerotransportada de Córdoba, cuyo personal era incapaz de reaccionar con suficiente rapidez, fue deliberadamente calculada para afectar la moral del Ejército.
En la reconstrucción del hecho Luis Losada, que fue uno de los primeros heridos y detenidos en el operativo, recuerda que casi un año antes, el 3 de octubre de 1969 La Calera había vivido un casi perfecto clima de guerra: novecientos paracaidistas, se habían lanzado desde aviones Hércules C 130 y Douglas DC 3 para rodear la localidad, ante la posibilidad de que un grupo guerrillero pudiera actuar en la zona. El hecho del 1 de julio de 1970 desbarató esa presunción de invulnerabilidad.

La logística y el factor sorpresa
El copamiento general de la ciudad, en verdad debió concretarse una semana antes. Pero hubo una falla en la coordinación y se postergó. “El compañero que debía conducir uno de los autos tuvo un inconveniente, salió retrasado y redujo a un taxista al que encerró en el baúl. Por eso desistimos de continuar con la operación, existía mucho riesgo”, recuerda Losada. Una semana después el acto guerrillero se concretó. Empezó muy temprano en diferentes casas operativas de los alrededores para confluir en los accesos de La Calera.
Cecilio Salguero vivía en la ciudad y se encargó de la logística previa junto a su cuñado, Jorge Piotti. Un mes antes habían realizado un estudio del movimiento de los sitios claves, además de monitorear el tráfico vehicular, la rutina de los cuarteles, qué ruta era la más correcta para entrar, salir y por dónde se podía obstruir el camino con clavos miguelitos para evitar las persecuciones. Tenían que actuar rápido, con efectividad y por sorpresa.
A las siete, cuatro autos, un Fiat 1500, un Torino, una R4 y una camioneta, con cuatro integrantes cada uno ingresaron a La Calera provenientes de Villa Rivera Indarte y de Villa Allende. El más importante era el Torino que se había camuflado como patrullero y que se usó para tomar la subcomisaría.
El operativo comenzó cuando el agente Manuel Moyano y el subcomisario Eustaquio Larrahona que estaban en un jeep de custodia que controlaba la apertura del banco sintieron un fuerte impacto. Habían sido atropellados de atrás por una pickup Chevrolet que simuló quedarse sin frenos en la pendiente de la avenida San Martín. Sin posibilidad de reacción inmediata fueron rodeados por cuatro hombres y una mujer armados con ametralladoras y pistolas calibre 45 que los redujeron, los llevaron frente al municipio y los hicieron paran junto a los pilares de acceso. Mientras tanto otro de los asaltantes, que llevaba un brazalete celeste y blanco en que se leía Montoneros, se introdujo al edificio donde ya había gente trabajando. Desde adentro se comunicaba a través de walkie talkies con sus compañeros, a los que nombraba con apodos. En la oficina de telégrafos los atacantes redujeron a la encargada Blanca de Falavigna y al guardahilos Antonio Juárez, cortaron cables y destruyeron la central de comunicaciones.

A cantar la marcha peronista
En el caso de la comisaría y el banco los grupos, tras amenazar a los presentes con pistolas y fusiles, los obligaban a cantar la marcha de Los muchachos peronistas.
En el interior del banco los guerrilleros le ordenaron al gerente de entonces, Miguel Broca que abriera el tesoro de la entidad. “Este dinero se usará para la liberación argentina y saciar el hambre de los empleados de Smata”, explicaron. El botín fue de cuatro millones de pesos de la época.
A muchos les sorprendió el mecanismo con el que actuaba Montoneros, y el momento de exigir que cantaran era muy particular: “A la gente le teníamos que decir que hicieran algo bajo amenaza. Teníamos muchos nervios. Para nosotros era un conflicto empuñar un arma, pero si estábamos dispuestos a morir por la causa, debíamos estar dispuestos a matar”, refiere Losada.
Uno de los impactos más fuertes del copamiento se vivió en la subcomisaría del barrio 25 de mayo. En ese momento el oficial a cargo era Ramón Silvio Salvatierra. Era apenas un agente de 22 años el día en que se produjo el copamiento. “Estaba en la guardia junto al oficial Antonio Djanikián, cuando irrumpió una pareja a denunciar un suceso menor en la zona del viejo Matadero. Minutos después apareció un Torino camuflado como patrullero del que se bajaron cuatro personas. Cuando los veo llegar, por las insignias de sus uniformes, parecían oficiales con jerarquía, todos armados, con mucha actitud y muy buena presencia. Uno de ellos me saludó con la mano izquierda y me comunicó que venían a hacer un allanamiento en barrio La Isla”, describe Salvatierra. Inmediatamente los asaltantes desenfundaron sus armas, los obligaron a levantar las manos y los encerraron en la celda. Según Salvatierra, no hubo violencia: “Pintaron, revolvieron papeles, hicieron algunos destrozos y nos dijeron que si queríamos salvar nuestras vidas, teníamos que cantar la marcha peronista. Dentro del susto, fue muy divertido verlo cantar a Djanikián que era muy radical, y la entonaba mejor que el propio Hugo del Carril”, agrega con simpatía a 40 años de distancia del tenso momento que le tocó vivir.

Fuga y tiroteo
Entretanto en el banco hubo un tiroteo con un policía de civil, Manuel Arguello, pero el comando que actuaba en el lugar logró escapar. En la sede municipal, había quedado reducido el comisario Eustaquio Larrahona que observaba atónito como los Montoneros pintaban con aerosol las leyendas: ‘Perón o muerte, Montoneros’ y consignas que reivindicaban a la organización rebelde y otras agrupaciones como Uturuncos, general San Martín y Eva Perón, colocaban una caja negra simulando una bomba y tiraban panfletos con una proclama que era rápidamente recogida por los curiosos. El operativo general duró menos de una hora. Durante ese lapso la vecindad siguió boquiabierta y con curiosidad los acontecimientos. Cuando los periodistas cordobeses llegaron al lugar los vecinos les preguntaban si estaba ocurriendo lo mismo en el resto de la Provincia porque la acción guerrillera los había dejado incomunicados.
Después de la agitada operación, todos los autos se retiraron hacia Saldán y dos activistas, Losada y Fierro, se bajaron en villa Rivera Indarte para esconderse en una vivienda que estaba en la calle Monte de los Gauchos. Allí se produjo un intercambio de disparos y los detuvieron. “Al general Jorge Carcagno que fue el que recuperó la ciudad le avisó lo que ocurría un policía que llegó corriendo al cuartel y regresó con dos camiones repletos de soldados. Losada, que resultó herido en esa refriega, recuerda cómo fue su detención: “En la huida se rompió un Fiat 1500 que no era el nuestro y tuvimos que modificar los planes sobre la marcha. Al primer auto que vimos pasar obligamos a bajar al conductor y nos fugamos”. En ese trayecto y por instinto o sospecha Losada decidió que debían bajarse 100 metros antes de otra casa operativa que tenían en villa Belgrano. No sabía que el auto estaba marcado por algunos vecinos que pasaron el dato a la Policía. Con Fierro bajaron sus pesados bolsos recargados con armamento. Fue en ese momento que apareció una F100 con tres personas y les preguntaron por un domicilio de Villa Allende. “Después de darles las indicaciones, me agaché para alzar los bolsos y siento un “crack” de la puerta del acompañante que se abre. Fierro ya estaba golpeado, y un tipo se apoyó en el capot y me apuntó. Teníamos la consigna de no entregarnos vivos, entonces me tiré a un costado para desempuñar un arma y sentí que me disparaba, pero en vez de apuntarme al pecho me tiró para herirme” añade en su relato Losada. El efecto del disparo le hizo perder por segundos la conciencia. Luego los pusieron uno sobre el otro. “En ese momento pensé que me moría porque tenía un balazo a la altura del hígado, y veía que perdía mucha sangre. No sabía que la bala había patinado en una costilla y salido por atrás. A él lo trasbordaron por el camino y a mí me llevaron a La Calera, después al Hospital Militar donde me curaron, y luego a la Federal con otros detenidos donde me torturaron con picana eléctrica” concluyó su testimonio Losada, que mientras era trasladado gritaba desencajado y sin pausa viva Perón.
Recuperada la ciudad por las fuerzas militares desplegaron el operativo de desactivación de la presunta bomba depositada en el parque de la Municipalidad. La caja tenía unos 50 centímetros de cada lado. Se presumía un infernal artefacto destructivo. Con suavidad se lo llevó a un sitio alejado y allí se lo abrió. Para sorpresa del oficial encargado de la tarea y de los curiosos que lo rodeaban, se comprobó que contenía un grabador, que al ponerlo en funcionamiento reprodujo la marcha Los muchachos peronistas.

Detenido y bajo tortura, Fierro reveló la dirección de la principal casa operativa en barrio Los Naranjos.
Allí, en horas de la siesta del mismo día se produjo un allanamiento y hubo un tiroteo en el que resultaron capturados Ignacio Vélez, Emilio Maza, y el resto del comando. En la vivienda la policía encontró un fichero con una lista de colaboradores escritas en clave, que fue descifrada con facilidad y una autorización para manejar un Renault 4 otorgada por Norma Arrostito a favor de Emilio Maza. Según las pericias, el documento se había confeccionado con la misma máquina de escribir con que se tipiaron los comunicados del secuestro de Aramburu. De esa manera, las fuerzas de seguridad dieron con una pista certera para descubrir a la célula porteña del grupo fundador de Montoneros.
A raíz de esos operativos resultaron detenidos prácticamente todos los integrantes del copamiento: José María Breganti, Felipe Nicolás Defrancesco, Luis Lozada, Ignacio Vélez Carreras, Cristina Liprandi de Velez, Emilio Maza, Juan Carlos Sorati Martínez, Heber AIbornoz y José Antonio Fierro. De esos nueve detenidos resultaron heridos Losada, Vélez Carreras y Emilio Maza que falleció una semana después en el hospital San Roque. Ese error, que los integrantes no debían conocer el nombre ni las casas operativas para evitar que los obligaran a delatar si eran detenidos, desnudó la falta de extrema organización que demandaba la arriesgada operación.

Los largos meses en cárcel les permitieron a los militantes continuar con el análisis social y político de la época. De allí surgió la reflexión autocrítica del Documento Verde en donde declararon claras diferencias con la conducción foquista que encabezaba Mario Firmenich. A partir de entonces afianzaron su participación en la fuerza guerrillera a través de la columna Sabino Navarro que tenía lazos más afines con el sector de los curas obreros y la militancia social. “Ese foquismo pretendió imprimir desde afuera y desde arriba de las masas una metodología de lucha suponiendo idealmente que iba a influir directamente. Entendíamos a esa vanguardia en términos militares más que políticos”, reflexionaron los detenidos que fueron liberados en 25 de mayo de 1973.

A 40 años de ese suceso que conmovió al país, la memoria de los calerenses lo retiene como un hecho ajeno e inesperado que encontró rasgos de simpatía en el osado accionar de esos jóvenes que reivindicaban la figura de Perón y eligieron la opción de la lucha armada para conseguir su regreso. Sin embargo al tratar de reconstruir el operativo muy pocas cosas parecen tenerlo fijado en el acerbo cotidiano de la población. La ex comisaría es una ruina abandonada, el ex correo es una vivienda de familia, la ex central de telégrafo se convirtió en una tradicional carnicería, en donde funcionaba el banco hay un supermercado chino, y la Municipalidad no conserva ningún vestigio de los intensos minutos que se vivieron en su patio y en su interior.


PROCLAMA DISTRIBUIDA EN LA CIUDAD EL DIA DE LA TOMA
Compañeros: los hombres y mujeres que componemos los Montoneros, brazo armado del movimiento peronista, hemos asestado un golpe a la oligarquía gorila, ocupando militarmente la localidad de La Calera y recuperando armas y dinero, que serán destinados a la lucha por construir una Nación Libre, Justa y Soberana. Lo hemos hecho para demostrar nuestra solidaridad combativa con el Pueblo Peronista, que ha ganado la calle, que pelea desde las fábricas, en defensa de legítimas aspiraciones y derechos y como repudio ala farsa gobernante de turno. Los Montoneros prevenimos al pueblo de Córdoba contra las maniobras de los gorilas que dentro y fuera del gobierno quieren embarcarnos en un nuevo fraude electoral, en el que no podamos votar por Peron acompañados de algunos tránsfugas de siempre, que se dicen dirigentes peronistas y que repudian la resistencia armada del pueblo y que quieren elecciones porque saben entonces que el queso será más grande. El pueblo debe unirse, sin partidismos sectarios, en torno a las banderas intransigentes de la resistencia, buscando prepararse, organizarse, armarse y que sepan los traidores, los vendidos, los torturadores, los enemigos de la clase obrera, que el pueblo ya no recibirá solamente los golpes, porque ahora esta dispuesto a devolverlos y golpear donde duela. Solo peleando conseguiremos recuperar lo nuestro. Los Montoneros llamamos a la resistencia armada por una Patria Libre, Justa y Soberana. Con Peron en la Patria. PERON O MUERTE. MONTONEROS.

sábado, 17 de octubre de 2009

Qué es una montaña?



19 de agosto 2009, dijo el profe Gimenez: “Voy a responder lo mismo que Edmund Hillary cuando le preguntaron porqué había ascendido al Everest?: porque la montaña esta ahí". El profe Gimenez lo es de Educación Física, y junto a Pedro Nievas y otro grupo de amigos del Grupo de montaña de la escuela San José, hace 25 años que hacen cima en el cerro Champaquí. Este año, a través de la mediación de mi amigo Marcos Díaz y con el acompañamiento de otro grupo de amigos de Río Ceballos (el gringo Suarez, Marcelo Fassi, Nancy Ró, Heri Loza y Gabriela Toniotti), me embarqué en la aventura de ascenderlo por primera vez, en lo que se conoce como la travesía del indio Comechingón, que empieza en villa Alpina (Calamuchita) y concluye en San Javier (Traslasierra). Son más de 50 kilómetros de caminata y tres noches en carpa. Para hacer la travesía me prepare unos 20 días antes. Aunque la mente puede jugar a favor, siempre es necesario acompañarla con un poco de buen estado físico, factor que vengo descuidando desde hace un tiempo. Pero así y todo el compromiso estaba asumido con mis amigos y conmigo, claro está.


Viaje sin vuelta atrás


Cuando te bajás en villa Alpina, con una mochila que pesa unos 18 kilos y un camino que desconocés pero imaginás exigente, te preguntás por primera vez: qué hago acá? . Qué es una montaña? A tu alrededor mirás cómo tus acompañantes entran en calor y pelan sus equipos, bastones incluídos, y vos: humilde aspirante de mochilero, je. Los primeros pasos no parecen muy exigentes, el pinar, la primera cresta de montaña, la vista larga hacia abajo, el sol, las paradas. Pueden ser una o dos horas hasta que el cuerpo te empieza a tirar. Qué es una montaña?. Empezás a despojarte de ropa y a consumir el agua que te debe acompañar de manera indefectible. Me llevé el MP3 para escuchar música en el camino pero casi ni lo usé, concentrado como estaba en completar la primera y eterna etapa. Siempre tuve miedo de que me pudieran dar fuertes calambres, por eso llevé un juego de corchos para apretar con fuerza en las manos, me dijeron que con eso los evitaba. No puedo afirmar con solvencia que sea así, pero algo me ayudaron, aunque los calambres llegaron. Hasta llegar al puesto de Moisés la cosa parecía que iba bien. La partida hacia el refugio de doña Nena fue lo peor que viví en los últimos tiempos.


Empezar desde el puesto de Moisés ascendiendo un enfilado sendero recubierto de guano de cabras demanda un esfuerzo que hay que completarlo con calma. Como otros, fue lo que no hice. Al llegar al próximo filo de montaña el cansancio empieza a hacerse notar. Los grupos empiezan a separarse y vos que ibas cerca de los que encabezaban la delegación empezás a retrasarte. Tus amigos te tomaron distancia. Vas solo, mirás alrededor, cambias tu respiración, pensás: estoy acá, no me puedo volver y no sé todavía cuánto falta ni adonde debo llegar. Qué es una montaña?. En las masas de piedras te detenés una vez y otra. Los calambres se anuncian y pensas que no debés esforzarte para poder llegar, pero llega un punto en que no aguantás. Te dejás caer y tirás la mochila. En la vida, a veces te pasa lo mismo. Pero pocos minutos después te la volvés a calzar y reemprendés el viaje.


Mientras te reponés pasan a tu lado muchas personas. No te da envidia porque estás tan concentrado en tus limitaciones y posibilidades. Tu andar se hace más lento, y cuando creés que te quedas solo y sin fuerzas un amigo te está esperando en una tranquera porque notó que no venías. Se ofrece a acompañarte disminuyendo su marcha. En la vida suele pasar lo mismo, verdad? Hay un punto en que tus fuerzas flaquea, apretás los dientes y decís que no podés. Tu amigo se ofrece a cargar con tu mochila algún tramo para que recuperes fuerzas, y para que no detengas. Vienen muy pocos detrás y empezas a creer que te vas a quedar al último. Estás lejos de casa, lejos de villa Alpina, lejos del refugio, te das cuenta que no te podés volver, todo es para adelante. Qué es una montaña? Casi al frente del refugio de doña Nena me resbalo en el cauce de un pequeño arroyo, trastabillo con el peso de la mochila y me dan calambres hasta en las orejas, pará pará le grito a Marcos que me acompañaba. En la espera nos alcanza el Gato. Los tres retomamos el camino y en una pirca nos detenemos a fumar un hermoso faso. A los pocos minutos arribamos al refugio en el que ya estaban de hace rato los otros integrantes del grupo. Para sorpresa de algunos, averiado es cierto, llegué. Nos tocó una noche increíble, sin frío y con cielo limpio. Disfrutar las estrellas en esas condiciones al pie del Champaquí es un regalo, merece un trago, venga, me digo recostado en soledad, también le pego un mordiscón a un chocolate. El cansancio me quitó todo el hambre. A dormir en la carpa, porque al otro día vendrá el ascenso a la cima del Champa.

Camino a la meta

El amanecer es oscuro, está cubierto y la temperatura bajó varios grados, y hasta llovizna. El campamento empieza a movilizarse. Los guías miran hacia el cerro y esperan que se despeje un tanto para iniciar la marcha. De pronto la bruma empieza a despejarse y ultimamos los preparativos para iniciar el ascenso.


Mientras lo hacemos con los chicos de Río Ceballos nos sacamos fotos frente a la escuelita rural que funciona sólo cuatro meses al año. Con muy poco emprendemos la marcha para arribar a la cima. Extensiones de pedregales, el cruce del río Tabaquillo, pajonales, una cascada, la cueva de los 40 jinetes van acortando el camino y fijando imágenes inolvidables. Después de la cueva empieza una tremenda subida que pone a prueba la resistencia física. Piedras, y más piedras en subida interminable. Extenuado casi al límite me detengo en más de una oportunidad. Cuando reemprendo el camino alzo la vista y veo otra empinada cuesta, y otra. Me alcanza el Gato y para eludir alguna posibilidad de consuelo me dice: Lehmann, después de una gran subida viene otra gran subida. Qué es una montaña? El gran acarreo se llama una de las últimas cuestas que te demanda todo el oxígeno.


La vista hacia abajo es maravillosa, hacia arriba es intimidante. Estamos cerca, muchos ya hicieron cima. Me alcanza otro grupo de chicos que me ofrecen caramelos y pasas de uvas, me esperan. Tramamos un plan de avance para caminar de manera empinada cada 50 metros. Llegamos hasta un Cristo y desde ahí podemos ver la cima. Un esfuerzo más y llegamos. Arribo con los brazos en alto, conseguí el objetivo. Me abrazo con mis amigos, me emociono y trato de disfrutar una inmensidad que no es clara porque está neblinoso, pero por dentro estoy muy claro. Feliz, así estoy. Qué es una montaña. Permanecemos en el lugar mas o menos una hora y nos lanzamos al descenso que como dice Marcos es un “carnaval”, porque ya conquistamos la meta. De regreso nos cansamos de sacar fotos, conocer nueva gente y bromear todo el trayecto, cosas que en la subida no nos permitimos hacer, concentrados en el esfuerzo de llegar. El descanso es reparador en el refugio, aunque tuve que animarme a dar una ducha helada porque no soportaba la transpiración y el cansancio. Pero sereno. Al otro día el desafío era traspasar el valle de Calamuchita, otra jornada de esfuerzo.


Cruce de valles

Con cierto temor y desconfianza hacia mi resistencia inicio la marcha, con el peso de la mochila y algún síntoma de flaqueza en las piernas. En la primera parada pienso en volverme. La mirada de un amigo me obliga a rehusar esa posibilidad y darle para adelante. Otros caminantes empiezan a flaquear y yo sigo, parece inexplicable pero siento que tengo fuerzas suficientes y reservas. Me alejo del grupo mayoritario, hago algunos kilómetros en soledad y a buen paso. Casi sin darme cuenta ya estoy en el puesto del mítico “Marquitos” Dominguez.


Hace frío y hay viento. Con mis amigos los guías me meto en la cocina del lugar y escucho las anécdotas de innumerables viajes, mientras comparto unas exquisitas y calientes empanadas con un vinito. Es un lugar para quedarse pero está mitad de todo, y no se puede tentar la suerte si hay que seguir para algún lado. Sé que viene la cuesta de la Totora, uno de los tramos más exigentes de la travesía, por lo que trato de ser consciente y no excederme en el consumo.


Iniciamos el camino en fila. Un acompañante me dice que la cuesta es muy dura pero que no hay que mirarla mucho. Eso hago, camino lento, aprendo a manejar el peso y el paso, subo, subo y cuando me doy cuenta y miro hacia atrás me sorprendo de lo que estoy haciendo. Y subo más, controlo el aire, adelante preguntan por mí y cómo voy. No contesto porque voy bien. Y de pronto arribo al fin de la cuesta que divide a un valle del otro. A partir de allí todo es bajada hasta el puesto Ojos de agua, un refugio abandonado que se utiliza para dormir hasta emprender el último tramo. Tengo la suerte ver la puesta del sol desde una montaña que añado al recorrido ya hecho y pautado. El sitio está rodeado de enormes y hermosos tabaquillos que son un plus.


Afuera arman un clásico fogón campamentero, pero elijo irme a dormir porque estoy efectivamente cansado. Llega el último día, todo es bajada, lo más duro es el cementerio de lajas. Comenzamos atravesar vegetación de Traslasierra, tan parecida a la mía de las Sierras Chicas. Estamos muy alto y podemos ver como un charquito el dique La Viña en Villa Dolores, pasan cóndores y los senderos son muy pronunciados hacia abajo, pero ya no siento cansancio. Llegamos al río Los Hornillos y vamos hacia un camping en San Javier donde nos espera el colectivo que nos traerá de vuelta a casa y un asado, sí asado caliente, y gaseosa. Misión cumplida, nos sacamos las últimas fotos, me entregan el pin que acredita el cumplimiento de la travesía y siento verdadera emoción, agradezco. Nos subimos al bondi. Qué es una montaña? Una meta, un desafío, esfuerzo, amistad, amor propio, tenacidad, eso me respondo que es.