miércoles, 21 de noviembre de 2012

Los 75 de Caminito

A Río Ceballos se le reconocen en su historia varios mojones: el Cristo de Ñú Porá, los Pozos Verdes, el ex cine Coliseo, la confitería El Colonial, el dique La Quebrada, los 7 vados y, Caminito Serrano. Desde hace más de siete décadas este conjunto filodramático es sinónimo de teatro popular y picaresco en las Sierras Chicas. Creado a partir de una reunión de amigos con el objetivo de hacer teatro vocacional, en éstos 75 años numerosas familias tradicionales aportaron actores a los sainetes o comedias que siempre se presentan a sala llena. En todos los casos las recaudaciones de la venta de entradas es a beneficio de distintas instituciones de Río Ceballos. Caminito Serrano nació el 12 de octubre de 1937, bajo la dirección de Pedro Migliavacca que permaneció en esa función durante 25 años. Sus primeros integrantes fueron Dora de Tonelli, María Fredes, Elvira Migliavacca, Teresita Vilar, Pedro Migliavacca, Antonio Tavella, Mario Migliavacca, Pedro Papi, Domingo Vallaro y Pablo Villar. También Margarita Bozoli y José Bozoli, quienes colaboraron en la pintura de los telones. En esa oportunidad presentaron la obra El jardín de la vida.
Luego se hizo cargo de la dirección Antonio Tavella, hasta su muerte en 1989. Desde entonces tomó la posta en la dirección del conjunto, su hijo, Víctor Hugo. La raíz del grupo es la gente común que integra sus elencos. El comerciante, un ama de casa, un estudiante, un mozo, un plomero, algún funcionario, un niño, desempleados, bohemios, aventureros o jubilados, por una noche se convierten en celebrados actores, mágicos vecinos. Desde la elección de las piezas hasta el estreno, los integrantes se ocupan del vestuario, la escenografía, los decorados, la venta de entradas y la ambientación de la sala. A pesar del éxito que obtienen en cada puesta el grupo nunca perdió el carácter vocacional y solidario, ni tampoco alguno de sus integrantes emprendió carrera en el ámbito artístico de la actuación. Aunque fueron invitados a presentarse en otras provincias, el grupo sólo actuó en localidades vecinas como Salsipuedes, La Calera o Villa Allende.
“Caminito Serrano tiene un duende especial porque siempre hay gente nueva que debuta y transmite esa alegría al resto de los compañeros y espectadores. Debe ser uno de los pocos grupos en el país que sostiene este género teatral, además de uno de los pocos casos en el país con tanta permanencia”, cuenta Víctor Tavella, el heredero que conduce esta tradición. En el transcurso del tiempo, el conjunto fue declarado de interés municipal, se le colocó su nombre a la única sala de teatro de la ciudad y también a una calle. Actualmente está integrado por: Omar Martínez, Juan Dinca, Zulema Tavella, María Cristina Rivas, Hugo Paz, Oscar Crespo, Antonio Rocchia, Laura De Paris, Mirta Peretti, Juan Oshiro y Angel Armagno. Completan la agrupación las apuntadoras Stella Ferrari y Gloria Ríos.
Para celebrar estos 75 años, el sábado 8 de diciembre repondrán la obra Dos señores atorrantes, en la sala de biblioteca popular Sarmiento, a partir de las 22.

martes, 6 de noviembre de 2012

Territorios de personajes

Mientras la mayoría de nosotros vivimos pendientes de nuestras rutinas, oficios y trabajos, muchas personas, por instantes se convierten en personajes que viven una realidad, diametralmente distinta a las nuestras. Seguro tienen sus problemas, sus angustias, sus incertidumbres, pero encuentran puntos de fuga que los ayudan a vivir con sensaciones distintas. Aquí, les comparto cinco historias que publiqué en distintos medios, y que por las recomendaciones y los comentarios de los lectores, lograron perforar esos universos diarios que nos mantienen disconformes con nuestros territorios convencionales.
Rubén Vergara, el letrista de Salsipuedes
Daniel Lucca, el chico grande que mantiene la afición de los radioaficionados
Sergio Lartigue, el repartidor de volantes de Río Ceballos
Cristian Torosian, el empresario que se convierte en mago solidario
Carlos Leonangeli, el yuyero de las sierras En su casa del barrio El Pueblito de Salsipuedes, Carlos Leonangeli reconoce que es feliz. Mira por la ventana un día lluvioso y festeja la humedad que le ayudará a desarrollar sus plantas. En su vivero cuenta con más de 450 especies, que aprendió a combinar para llevar alivio a muchas personas. Se autocalifica como naturópata. “Las plantas nos dan todo”, afirma. Carlos quedó viudo hace más de 10 años, tiene varios nietos, vive solo y la casa que habita le ha quedado enorme. Sin embargo, reconoce que desde hace casi dos décadas su vida cambió, para bien, añade. En 1985 tuvo una grave crisis de salud que lo llevó al borde de la muerte. Era contador de una importante concesionaria de autos, tenía recursos, posibilidades económicas y atención médica de privilegio. Sin embargo, a los profesionales que lo atendían se le “quemaron” los libros y no consiguieron dar con el diagnóstico certero de la enfermedad que lo aquejaba. Fue entonces que se topó con el fenómeno que le cambiaría su vida, y también su enfermedad, las plantas y las hierbas medicinales. “Después de peregrinar por consultorios, clínicas y hospitales sin ningún resultado, decidí abandonar todo y buscar alguna solución en Cuba. Tuve la suerte de poder viajar y comenzar nuevos tratamientos que me ayudaron a mejorar, y fundamentalmente a aprender la importancia de las plantas”, cuenta Carlos, en lo que hoy se ha convertido en una especie de consultorio por el que pasaron miles de personas en estos últimos 15 años, en busca del alivio que no encontraron en las drogas de la medicina convencional. Así, de ser angustiado contador, pasó a tratar directamente con la naturaleza. “Después de muchos años aprendí a entender los prospectos de los remedios convencionales, que jamás hablan de curar, sino de aliviar, efecto que con el tiempo se vuelve contrario, porque el paciente se vuelve dependiente, y a medida que el tiempo pasa pierde efecto, y termina siendo rehén”, cuenta. A medida que se distanciaba de los tratamientos médicos, comenzó a escucharse a sí mismo y a su cuerpo. “Empecé a instruirme en conocimientos de medicina, propiedades de las plantas, terapias psicológicas y desde allí mi vida cambió. Me mudé a este lugar, y mis tiempos cambiaron radicalmente, estabilicé mi cabeza, aumenté 10 kilos, me doy tiempo para disfrutar de mis hijos y mis nietos, y me animé a desarrollar este centro de estudios de fitomedicina y antropología médica”, relata. Su método de atención se basa en la situación del sistema nervioso central y el aparato digestivo de las personas que lo consultan; y el tiempo que le dedica a cada uno para tratar de desgranar la causa de la dolencia que les aqueja. “La mayoría de las veces nos enfermamos por emociones”, describe. A partir de su diagnóstico les sugiere infusiones, tés, tisanas con plantas que cultiva en su propio herbario y que él mismo prepara, en algunos casos en combinaciones. “Las plantas sirven para regular y activar las reacciones en nuestros cuerpos, y posibilitan una mejor acción terapeútica, y menos dañina”, explica. En el herbario el 65 por ciento de las especies corresponde a plantas de la zona, un 25 por ciento de la zona de traslasierra, y el resto corresponde a hierbas importadas. “Cuando comencé con este desafío me nutrí de los conocimientos de un médico naturista peruano (Juan Carlos Alaniz)”. Una vez instalado acá corroboraba los efectos de las plantas con el uso que le dan los lugareños, y así fue desarrollando este método. “Hay que desarrollar una sensibilidad para descubrir la vida secreta de las plantas, sus ciclos, sus características, sus propiedades. Nos dan todo, y no son drogas ni están para adorno”. Así adoptó esta filosofía de vida el yuyero de El Pueblito, y es feliz.

martes, 14 de agosto de 2012

Cascadas

Soñé que caminaba por senderos que me abrazaban con árboles, piedras, y pequeños arroyos que me conducían hacia una cascada con agua fresca. Entremedio las sombras de los árboles, la humedad creciente y la vegetación profusa me hacían confundir la hora en la que estaba atravesando esos senderos.
También soñé con subidas dificultosas entre ramas y piedras, soleados paisajes, cantos de pájaros y frescura vegetal. En realidad no eran sueños, sino recuerdos de pequeñas experiencias recorridas en mis Sierras Chicas. Los Hornillos Es uno de los saltos más atractivos de la zona. Hay que llegar a los pozos verdes por la margen izquierda del paredón del dique La Quebrada, y emprender una caminata de unos 45 minutos, cruzando el arroyo, pisando piedras, embarrándote en distintos cruces y peldaños.
Es recomendable emprender el recorrido por la parte alta de los Pozos Verdes para ver el zigzagueo del arroyo desde arriba y contemplar un paisaje que transmite armonía y tranquilidad. Ya en el curso del arroyo el sonido del golpe de las pequeñas olas que se forman a partir del choque con las piedras es encantador. La dimensión enfrentada con la rutina de nuestras actividades cotidianas.
Más cruces por el río entre piedras, sensación de aventura. La llegada a la olla principal y el salto resulta un premio a un mediano esfuerzo físico que nunca deberíamos abandonar. Los lugareños le agregan a esta visita el ascenso a la olla del puma, que es un sitio de indiscutible belleza y tranquilidad, además de que ofrece un espejo de agua incomparable para disfrutar en temporada. Bamba Hay una historia que conocer antes de llegar a esta cascada: la leyenda del indio Bamba. Ese mestizo que raptó a una mujer de la alta sociedad cordobesa como ocurre en las novelas de Florencia Bonelli. Fueron perseguidos, tuvieron hijos y él murió de manera trágica cayendo en esas aguas. Para acceder a esta cascada hay que llegar a la estación de Bamba en La Calera. Hacer una primera escala en el bar de Beto, siempreeee!!! y recorrer algunos metros a pie por la vías del ferrocarril que hoy utiliza el Tren de las Sierras.
A mano izquierda, en donde se advierten unas viejas ruinas hay que saltar un alambrado y emprender el recorrido a través de un sendero típico de nuestras sierras. La vegetación es atrapante, el agua completamente cristalina y las sombras de los árboles y las piedras te transportan a un paisaje de ensueño. Cómo no tejer historias o inventar leyendas en ese lugar?.
La primera impresión de la cercanía de la cascada te puede hacer incurrir en una equivocación. Es que justo antes del salto principal, otra caída de caudalosas dimensiones te hace pensar que llegaste. Pero aún falta un ascenso de casi 90 grados que te depositará en la pequeña olla y el salto que pocos llegan a conocer. Desde los rieles hasta el salto se deben caminar unos 50 minutos con exigencia media. Como en Los Hornillos, existe un sendero, muchas veces tapado por las malezas, que conduce arriba y ofrece otros encantos.
Aunque el caudal de la cascada no es tan impactante como otras, el recorrido para encontrarla es una aventura indiscutible. Los Cóndores Es quizás, junto a la de Bamba, una de las que ofrece mayor riqueza de vegetación. Para quienes vivimos en una ciudad semiurbana, esto es una selva. Paisajes que cambian de color según las sombras y la hondura de los árboles que llegan a taparlo todo. Pequeñas ollas intermedias a modo de piletas naturales con agua semicálida. Los helechos más lindos del mundo están acá, aunque alguien pueda sostener lo contrario.
Para llegar a la olla y el salto principal hay que atravesar una “noche” de piedras, árboles y agua fría que contrasta con el sol abrasador que podremos mirar una vez sentados en uno de los troncos desde los que se disfruta la cascada y, de fondo, la clásica postal de loma serrana.
El baño en sus aguas ofrece un refresco incomparable.
La vuelta se convierte en una fiesta entre frutales y cantares cadenciosos del arroyo, caballos a los costados y algunos baquianos que disfrutan ciertamente de esas bellezas cada día. Los Guindos De todas las cascadas de esta parte de las sierras de Córdoba es, quizás, una de las pocas que casi no derrama agua en su caída. Algo tendrán que ver las estancias reacondicionadas sobre el nuevo camino de El Cuadrado y los desvíos del curso natural que la abastecía aguas arriba. Para encontrarla hay que llegar hasta Colanchanga, pasar El Ombú y el Nido Gaucho, dos abastecimientos tradicionales del sector, y desviar por el camino que va a la izquierda apenas se pasa esa segunda pulpería.
Un sendero te conducirá hasta la caída de agua en medio de otra vegetación amigable y sorprendente. Se puede ascender a su curso por un sendero que está a la derecha y observar la típica vegetación serrana en contraste con el sol y las sombras. Aconsejo llevar un libro o una revista para leer mientras reposas en una de las piedras que está al pie de la cascada, la tranquilidad es trascendente en un lugar al que pocos llegan. La Estancita El salto de La Estancita es, quizás, el más fácil de acceder. En auto se llega prácticamente hasta su fuente sin mayor esfuerzo. Por el nuevo y pavimentado camino de El Cuadrado, se llega hasta el desvío hacia La Estancita, y el vehículo se puede dejar estacionado, con cuidado, a unos 500 metros de sendero de montaña hasta el salto de unos 14 metros de altura. Sin embargo, para mí, el mejor recorrido para disfrutar de ese lugar comienza unos dos kilómetros más adelante del desvío convencional de la cascada.
Hay que seguir de largo y llegar hasta la escuelita rural y la capilla que tan bien pintó José Malanca, bordear el arroyo, que ofrece hermosas ollitas a su paso, y disfrutar de los verdes más bonitos de las Sierras Chicas. Por esa cuestión de la facilidad del acceso es la que más gente recibe los días de calor. Un auténtico oasis de refresco, que te factura el regreso en su empinada subida, que al conocerla es una plácida bajada, pero al volver se vuelve una cumbre exigente. Pero el esfuerzo vale la pena.
Las cascadas son opciones para esos días en que todo parece estar bajo control y la vida se vuelve un aburrimiento. Un premio para quienes no vivimos en ciudades colmadas de cemento y luces artificiales.

sábado, 30 de junio de 2012

Tulumba, a las once

Por el lado en que le entres a la ruta, resulta anodina. A mitad de camino entre Deán Funes y San José de la Dormida, por la ruta 9 norte, Tulumba empieza a mostrar su belleza inconmensurable a pocos kilómetros de su ingreso; antes es pavimento, llanura y lomas bajas que se confunden con el común del camino del norte cordobés. En sus entrañas se halla el esplendor de la zona. Un desvío de casi 90 grados en desnivel te hace ingresar a su poblado. En bajada ya sentís que estás en un lugar completamente distinto. Un mantenido empedrado histórico te recibirá, algunas casas viejas a los costados en donde las gallinas duermen en autos abandonados te transportan a un tiempo que si viviste no recordás, y que si no, nunca entenderás.
Casonas señoriales, la plaza, la iglesia principal, la calle Real, las luminarias de época. Tulumba declarada villa en 1803, fue una las primeras tierras que pisaron los conquistadores en el 1500. Los nativos del lugar tienen la cara de la villa: gestos antiguos, profundos, atentos, generosos, predispuestos. A quienes nos gusta mirar, relacionar y valorar la historia, encontramos en este lugar una auténtica veta prolífica.
El primer paso por la calle Real inevitablemente remonta a las lecturas de las historias del hijo del hijo de Jerónimo Luis, los Reinafé, fray Mamerto Esquiú, los indios sanavirones y comechingones, granaderos, combatientes de Malvinas y los actuales pobladores que pugnan por convertirla en una localidad vivible.
La recuperación del Camino Real permitió la instalación en el lugar de un centro de interpretación que resulta útil para comprender la ubicación en que uno se encuentra, aunque no la profundidad del suelo está pisando. Después de descansar de la primera jornada en una habitación para turistas, el ejercicio es caminar las calles interiores en donde se amontonan viejas edificaciones de la edad colonial que aún conservan la impronta de una época en que todo se hacía a caballo, a carreta, y de manera muy pausada.
Una caminata hacia el cristo del poblado permite observar desde una altura mediana la belleza de un valle inesperado por lo árido que parece el territorio.
De mañana, bien temprano, caminar por la vera del arroyo que alguna vez debe haber sido caudaloso también remonta a morteros, cuevas, encuentros bajo los sauces, y senderos húmedos plagados de anhelos e ilusiones inconclusas. 200 años después, Tulumba es escenario de novelas históricas y románticas de escritoras consagradas. Los paisanos del bar de enfrente de la iglesia son toda una postal del lugar: llegan en autos prehistóricos, visten camperas desusadas, pantalones sucios, calzado gastado. Saben pedir exactamente el trago tradicional al que paladean con la experiencia de los ciertos; y se toman un tiempo inmemorial para disfrutarlo.
Por la noche Tulumba no descansa; hay peñas en el local del CCI, reuniones en el bar de la nueva terminal, guitarreadas en los comedores, apuestas clandestinas en un local de bailes, discusiones cuchilleras en algún almacén que atiende de sol a sol. A la mañana temprano sólo prevalece el olor de las panaderías y algún almacén. Es frío el despertar en Tulumba, sereno también, y solitario; muy solitario. Ser turista en esta población del norte cordobés es una condición privilegiada porque son pocos, y especialmente considerados y atendidos. Eso sí, a la villa hay que llegar o levantarse después de las 11, porque el reloj histórico del lugar recién se enciende a esa hora.
Antes, todo es historia, identidad, pausa, reflexión, paz interior; armonía, aunque para los visitantes ocasionales que estamos de paso. El infierno, para los residentes, también persiste allí. Tulumba 2012.

jueves, 3 de mayo de 2012

Ser, de Cerro Colorado

Puede pasar a cualquier hora, tanto a la mañana temprano, al mediodía o a la tarde.
Hay lugares a los que es preferible llegar a determinadas horas para aprovechar mejor sus atracciones. Al Cerro Colorado no hay hora predeterminada, cada período asegura un encanto particular. Quizás en otros sitios pase igual, pero a mí parece que es así.
Una ruta asfaltada te lleva a los pagos que hizo famosos Atahualpa Yupanqui. También caminos de tierra, completamente distintos, que diferencian a quienes llegan a este lugar pero que no separan, más bien lo contrario.
Por esas huellas llegan los paisanos, aventureros y algunos pasajeros de colectivos que tardan horas en dilatar el goce que luego disfrutarán. De a caballo también llegan, en sulkis o en viejos autos que ya no se ven en ciudades convencionales. Es una fiesta llegar a ese sitio diferente.
Desde la altura de su cerro el paisaje remite a una gran ventana de aridez y de historia.
Cómo no pensar en el viejo cementerio, en el camino a Rayo Cortado que a su paso conserva construcciones más que centenarias, el paso a Caminiaga que atesora El Pantano y las pircas de esas piedras coloradas que acompañan su paso. Desde esa cima cómo no pensar, además, en las cuevas que al conocerlas te vuelven habitante del lugar, las pinturas rupestres de altísimo valor histórico, los ríos, el de Los Tártagos en particular, las palmeras carandí, el ritmo cansino de una población estable que es inmutable, pero atenta a tus necesidades. El primer avistaje al poblado ofrece las postales del primer arroyo, el cerro en su postal característica, la iglesia, el almacén de Martínez, la carnicería, la casa de artesanías, el complejo de Argañaráz con todas sus variantes. El vado, lo de Hugo Mario, el camping municipal, los hospedajes intermedios, el cementerio antiguo, los corrales para proteger a las ovejas y las vacas de los pumas, la casa museo de Atahualpa, los diferentes cerros: Inti Huasi, Veladero, Colorado, el de La Juana que, también, ofrecen postales inolvidables, y muchos otros atractivos e historias que nunca se terminan de conocer.
El camino de Caminiaga y las palmeras carandí que completan el paisaje resultan un agregado incomparable. El clima también colabora para el disfrute y el descanso relajado. Apenas llega un solo ejemplar de diario al mediodía, no parece necesario, y casi ni hay señal de celulares. Conocí que las noches veraniegas son ruidosas y concurridas, que se puede disfrutar mucho con poco. Los árboles, los animales y los pájaros conviven en perfecta armonía; los caminos de tierra son una invitación a pensativas caminatas. Un orden natural acomoda los desacomodos que trasladamos hasta atravesar ese primer vado.
Cerro Colorado no forma parte del Camino Real, pero es un desvío irreemplazable del norte cordobés. A diferencia de otros destinos, las rutas te llevan directo a Totoral, Deán Funes, La Dormida, Tulumba, Chañar. Pero para llegar a Cerro Colorado hay que entrar, desviarse, internarse en caminos, algunos más amigables, otros más ariscos, pero de paisajes disímiles, según desde donde se los mires y es un punto de interconexión que mitiga las huellas áridas que te conducen al lugar.
Muchos podrán contar de la cantidad de festividades que se celebran en el lugar, del vínculo Yupanqui y el indio Pachi, de El Pantano, de las feroces internas pueblerinas que dividen familias, intereses e historias, de las riquezas pictóricas aún desconocidas, del encanto que produce en los visitantes, del calor que denuncian las chicharras y del sabor de los algarrobos que traducen en sabores algunos productores de la zona.
Otros muchos nativos y pobladores de la zona se referirán a la sequedad de las calles, la geografía agreste y solitaria por momentos enmudecedora, esa que Yupanqui reflejó en sus noches estrelladas a caballos por esos senderos. Las víboras, los lagartos, las iguanas, los pumas, las cabras, los chanchos, las vacas, los pájaros. El sabor tan particular de esa carne tan roja y tan serrana que jamás se encontrará en supermercados de gran escala, las siestas con temperatura de infierno que apenas se aplacan en alguna habitación con ventilador, y luego zambullido en el río, a costa de que las mojarritas te tiren mordiscos hasta en las orejas. Cerro Colorado ofrece mucho si uno no va de turista ocasional o coleccionista de postales.
Por eso es una gracia poder volver.

jueves, 15 de marzo de 2012

Ongamira, territorio de misterios y energía

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad del mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando al fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió al padre: "¡Ayúdame a mirar!" (Eduardo Galeano.)


Una emoción semejante viví la primera vez que pude ver el valle de Ongamira desde la Puerta del cielo. Un paisaje inmenso, atrapante, encantador. Un abanico de verdes que parece inexplicable por lo agreste que resulta el camino y esas inmensas formaciones de rocas rojas, una de las maravillas naturales de Córdoba. Ongamira fue mar.
Para descubrir el lugar lo mejor es hacerlo por la Puerta del cielo. Se llega allí a través de Santa Catalina, desde donde se desprenden dos caminos que pasan por pequeños parajes serranos que también encierran encantos particulares. Después de recorrer la imponente iglesia y su tajamar se puede llegar pasando por Colonia Hogar, San Peregrino y Todos los Santos.

El otro camino se lo encuentra pocos metros antes de llegar a la iglesia, hacia la derecha que lleva a Aguas de las Piedras y Cañada de río Pinto, en donde se puede hacer parada en las refrescantes ollas de sus ríos, visitar su capilla y reaprovisionarse en una típica despensa serrana. Poco más de media hora y ya en Ongamira, el ambiente y los paisajes te transportan a otra dimensión, donde te cruzás con visitantes, turistas y lugareños que saben perfectamente que viven en otro mundo.

Un primer y obligado paseo por las grutas, desde donde doña Supaga empieza a abrir las puertas de ese universo que encierra y sugiere mucho más que las clásicas postales de promoción que suelen identificar al lugar. Ya estás en Ongamira.
Armar la carpa en el complejo del Parque Natural es empezar a experimentar una experiencia única, irrepetible. Empezás a relajarte y a imaginar que vas a vivir una de las sensaciones más conmovedoras: mirar el inconmensurable cielo estrellado acostado sobre el pasto, o en una deesas grandes piedras que con las sombras dibujan imágenes inquietantes y abrasadoras. Tan cerca están las estrellas que podés estirar la mano convencido de que las vas a atrapar como si fueran granos de maíz. Irte a dormir en esa condición merece la experiencia y ese gozo.
A la mañana temprano te pueden despertar el canto de algunos pájaros, el grito de algún gallo o el mugir de alguna vaca que se replica en todo el valle. Una humedad intensa que se desvanecerá a las pocas horas será tu refresco vital.
Colchiquí.
Por mucho tiempo lo denominaron el cerro maldito, después fue Charalqueta como lo nombraban los antiguos pobladores del lugar.


“La historia se remonta a la época de la conquista de Córdoba. Ante el avance de los conquistadores los antiguos pobladores de la región, los comechingones, no pararon hasta matar en 1574 al capitán Blas de Rosales, primer encomendero de Ongamira , y compañero de aventuras de Jerónimo Luis de Cabrera. Así frustraron sus planes de consagrar la zona al cultivo de caña de azúcar y a la extracción de minerales. Según la tradición, los indios se refugiaron en lo alto del cerro Charalqueta, que les servía de oratorio. Desde allí, fuera del alcance de los arcabuces, se divirtieron burlándose del piquete punitivo. Pero los enfurecidos españoles rodearon el peñón y, por el poniente, dieron con la manera de asaltar las alturas a caballo. La refriega acabó en una impiadosa matanza, que apagó para siempre la resistencia nativa. Algunos de ellos, inclusive se despeñaron desde las alturas para no caer bajo el poder de la conquista. A consecuencia del desastre, los comechingones dejaron de venerar el cerro y lo rebautizaron Colchiqui (por Chiqui, el dios de la fatalidad”. (
Es tiempo, hora, de ascenderlo. Es temprano, la línea entre el crepúsculo y la claridad. Conviene subirlo a pie, bien temprano en la mañana, porque cuando el sol empieza a calentar las piedras el lugar es inclemente. Se trata de un ascenso de una hora y media que a medida que se avanza ofrece paisajes imponentes, largos, anchos, profundos. Períodos de meditación, de compenetración con esas vistas y con esa historia que en el silencio profundo de la caminata intimidan. Planicies verdes en temporada de lluvias; y amarronadas en invierno, con un viento frío y riguroso. Estamos a 1.650 metros de altura. De subirlo bien temprano, se garantiza además el espectáculo inigualable de cóndores sobrevolando tu solitaria presencia en señal de resguardo o de custodia.

Verlos volar debajo de la cima en la que estás contemplando esa inmensidad te vuelve por momentos pájaro quieto, agraciado espectador, alma viva en las alturas.
El peñasco mayor desde donde se divisa una enormidad redonda inevitablemente remonta a quien conozca la historia, a esos momentos trágicos que terminaron con centenares de indios y sus familias, arrojados al vacío ante la posibilidad de perder su libertad.

En cada visita, Ongamira encierra misterios y sorpresas, lejanías y una memoria viva de la que no podes pasar de largo, aunque te parezca que estás detenido en el tiempo.

jueves, 24 de junio de 2010

La Calera: a 40 años del copamiento por Montoneros

La Calera, a 40 años del golpe de Montoneros

La predecible madrugada del primero de julio de 1970, además de un frío amanecer con más de cinco grados bajo cero no presagiaba mayores cambios en la rutina de la localidad. Sin embargo al filo de las siete informaciones cruzadas daban cuenta que un grupo comando estaba asaltando la sucursal del banco de Córdoba. En un principio todo fue confusión y nerviosismo. Corridas, gritos y disparos en pleno centro de la ciudad. A muy pocos metros de la sede del banco otro foco delictivo había tomado el edificio municipal y obligaba, bajo amenaza de pistolas y fusiles a los empleados a cantar la marcha Los muchachos peronistas. Simultáneamente pintaban consignas en el frente del municipio, y depositaban una caja negra que simulaba una bomba. Mientras eso ocurría otros comentarios referían que la subcomisaría en barrio 25 de mayo también había sido tomada, como el edificio de correo y telecomunicaciones, y la oficina de telégrafos.
El contexto en que se dio el copamiento estaba teñido por un duro reclamo de los trabajadores de IKA Renault y el prolongado conflicto estudiantil en las facultades de Arquitectura, Ciencias Exactas y Derecho. Además, un año atrás el Cordobazo había modificado las estructuras de las bases trabajadoras y sociales. El movimiento obrero en el centro del país tenía fuerza propia, y a su alrededor se gestaban columnas de resistencia contra el régimen de Onganía que afianzaban un clima agitado de militancia y protesta social. De ese riñón salieron los jóvenes de entre 22 y 24 años que comandaron el operativo de La Calera.

La elección del lugar
La elección de La Calera para efectuar la acción armada no fue adrede. Según cuenta, Cecilio Salguero, que participó como apoyo logístico del operativo, tenía que ver con la raigambre peronista del lugar: había sido el último foco de resistencia del peronismo durante la Revolución Libertadora. Además, la cercanía a la base del Regimiento de Infantería Aerotransportada de Córdoba, cuyo personal era incapaz de reaccionar con suficiente rapidez, fue deliberadamente calculada para afectar la moral del Ejército.
En la reconstrucción del hecho Luis Losada, que fue uno de los primeros heridos y detenidos en el operativo, recuerda que casi un año antes, el 3 de octubre de 1969 La Calera había vivido un casi perfecto clima de guerra: novecientos paracaidistas, se habían lanzado desde aviones Hércules C 130 y Douglas DC 3 para rodear la localidad, ante la posibilidad de que un grupo guerrillero pudiera actuar en la zona. El hecho del 1 de julio de 1970 desbarató esa presunción de invulnerabilidad.

La logística y el factor sorpresa
El copamiento general de la ciudad, en verdad debió concretarse una semana antes. Pero hubo una falla en la coordinación y se postergó. “El compañero que debía conducir uno de los autos tuvo un inconveniente, salió retrasado y redujo a un taxista al que encerró en el baúl. Por eso desistimos de continuar con la operación, existía mucho riesgo”, recuerda Losada. Una semana después el acto guerrillero se concretó. Empezó muy temprano en diferentes casas operativas de los alrededores para confluir en los accesos de La Calera.
Cecilio Salguero vivía en la ciudad y se encargó de la logística previa junto a su cuñado, Jorge Piotti. Un mes antes habían realizado un estudio del movimiento de los sitios claves, además de monitorear el tráfico vehicular, la rutina de los cuarteles, qué ruta era la más correcta para entrar, salir y por dónde se podía obstruir el camino con clavos miguelitos para evitar las persecuciones. Tenían que actuar rápido, con efectividad y por sorpresa.
A las siete, cuatro autos, un Fiat 1500, un Torino, una R4 y una camioneta, con cuatro integrantes cada uno ingresaron a La Calera provenientes de Villa Rivera Indarte y de Villa Allende. El más importante era el Torino que se había camuflado como patrullero y que se usó para tomar la subcomisaría.
El operativo comenzó cuando el agente Manuel Moyano y el subcomisario Eustaquio Larrahona que estaban en un jeep de custodia que controlaba la apertura del banco sintieron un fuerte impacto. Habían sido atropellados de atrás por una pickup Chevrolet que simuló quedarse sin frenos en la pendiente de la avenida San Martín. Sin posibilidad de reacción inmediata fueron rodeados por cuatro hombres y una mujer armados con ametralladoras y pistolas calibre 45 que los redujeron, los llevaron frente al municipio y los hicieron paran junto a los pilares de acceso. Mientras tanto otro de los asaltantes, que llevaba un brazalete celeste y blanco en que se leía Montoneros, se introdujo al edificio donde ya había gente trabajando. Desde adentro se comunicaba a través de walkie talkies con sus compañeros, a los que nombraba con apodos. En la oficina de telégrafos los atacantes redujeron a la encargada Blanca de Falavigna y al guardahilos Antonio Juárez, cortaron cables y destruyeron la central de comunicaciones.

A cantar la marcha peronista
En el caso de la comisaría y el banco los grupos, tras amenazar a los presentes con pistolas y fusiles, los obligaban a cantar la marcha de Los muchachos peronistas.
En el interior del banco los guerrilleros le ordenaron al gerente de entonces, Miguel Broca que abriera el tesoro de la entidad. “Este dinero se usará para la liberación argentina y saciar el hambre de los empleados de Smata”, explicaron. El botín fue de cuatro millones de pesos de la época.
A muchos les sorprendió el mecanismo con el que actuaba Montoneros, y el momento de exigir que cantaran era muy particular: “A la gente le teníamos que decir que hicieran algo bajo amenaza. Teníamos muchos nervios. Para nosotros era un conflicto empuñar un arma, pero si estábamos dispuestos a morir por la causa, debíamos estar dispuestos a matar”, refiere Losada.
Uno de los impactos más fuertes del copamiento se vivió en la subcomisaría del barrio 25 de mayo. En ese momento el oficial a cargo era Ramón Silvio Salvatierra. Era apenas un agente de 22 años el día en que se produjo el copamiento. “Estaba en la guardia junto al oficial Antonio Djanikián, cuando irrumpió una pareja a denunciar un suceso menor en la zona del viejo Matadero. Minutos después apareció un Torino camuflado como patrullero del que se bajaron cuatro personas. Cuando los veo llegar, por las insignias de sus uniformes, parecían oficiales con jerarquía, todos armados, con mucha actitud y muy buena presencia. Uno de ellos me saludó con la mano izquierda y me comunicó que venían a hacer un allanamiento en barrio La Isla”, describe Salvatierra. Inmediatamente los asaltantes desenfundaron sus armas, los obligaron a levantar las manos y los encerraron en la celda. Según Salvatierra, no hubo violencia: “Pintaron, revolvieron papeles, hicieron algunos destrozos y nos dijeron que si queríamos salvar nuestras vidas, teníamos que cantar la marcha peronista. Dentro del susto, fue muy divertido verlo cantar a Djanikián que era muy radical, y la entonaba mejor que el propio Hugo del Carril”, agrega con simpatía a 40 años de distancia del tenso momento que le tocó vivir.

Fuga y tiroteo
Entretanto en el banco hubo un tiroteo con un policía de civil, Manuel Arguello, pero el comando que actuaba en el lugar logró escapar. En la sede municipal, había quedado reducido el comisario Eustaquio Larrahona que observaba atónito como los Montoneros pintaban con aerosol las leyendas: ‘Perón o muerte, Montoneros’ y consignas que reivindicaban a la organización rebelde y otras agrupaciones como Uturuncos, general San Martín y Eva Perón, colocaban una caja negra simulando una bomba y tiraban panfletos con una proclama que era rápidamente recogida por los curiosos. El operativo general duró menos de una hora. Durante ese lapso la vecindad siguió boquiabierta y con curiosidad los acontecimientos. Cuando los periodistas cordobeses llegaron al lugar los vecinos les preguntaban si estaba ocurriendo lo mismo en el resto de la Provincia porque la acción guerrillera los había dejado incomunicados.
Después de la agitada operación, todos los autos se retiraron hacia Saldán y dos activistas, Losada y Fierro, se bajaron en villa Rivera Indarte para esconderse en una vivienda que estaba en la calle Monte de los Gauchos. Allí se produjo un intercambio de disparos y los detuvieron. “Al general Jorge Carcagno que fue el que recuperó la ciudad le avisó lo que ocurría un policía que llegó corriendo al cuartel y regresó con dos camiones repletos de soldados. Losada, que resultó herido en esa refriega, recuerda cómo fue su detención: “En la huida se rompió un Fiat 1500 que no era el nuestro y tuvimos que modificar los planes sobre la marcha. Al primer auto que vimos pasar obligamos a bajar al conductor y nos fugamos”. En ese trayecto y por instinto o sospecha Losada decidió que debían bajarse 100 metros antes de otra casa operativa que tenían en villa Belgrano. No sabía que el auto estaba marcado por algunos vecinos que pasaron el dato a la Policía. Con Fierro bajaron sus pesados bolsos recargados con armamento. Fue en ese momento que apareció una F100 con tres personas y les preguntaron por un domicilio de Villa Allende. “Después de darles las indicaciones, me agaché para alzar los bolsos y siento un “crack” de la puerta del acompañante que se abre. Fierro ya estaba golpeado, y un tipo se apoyó en el capot y me apuntó. Teníamos la consigna de no entregarnos vivos, entonces me tiré a un costado para desempuñar un arma y sentí que me disparaba, pero en vez de apuntarme al pecho me tiró para herirme” añade en su relato Losada. El efecto del disparo le hizo perder por segundos la conciencia. Luego los pusieron uno sobre el otro. “En ese momento pensé que me moría porque tenía un balazo a la altura del hígado, y veía que perdía mucha sangre. No sabía que la bala había patinado en una costilla y salido por atrás. A él lo trasbordaron por el camino y a mí me llevaron a La Calera, después al Hospital Militar donde me curaron, y luego a la Federal con otros detenidos donde me torturaron con picana eléctrica” concluyó su testimonio Losada, que mientras era trasladado gritaba desencajado y sin pausa viva Perón.
Recuperada la ciudad por las fuerzas militares desplegaron el operativo de desactivación de la presunta bomba depositada en el parque de la Municipalidad. La caja tenía unos 50 centímetros de cada lado. Se presumía un infernal artefacto destructivo. Con suavidad se lo llevó a un sitio alejado y allí se lo abrió. Para sorpresa del oficial encargado de la tarea y de los curiosos que lo rodeaban, se comprobó que contenía un grabador, que al ponerlo en funcionamiento reprodujo la marcha Los muchachos peronistas.

Detenido y bajo tortura, Fierro reveló la dirección de la principal casa operativa en barrio Los Naranjos.
Allí, en horas de la siesta del mismo día se produjo un allanamiento y hubo un tiroteo en el que resultaron capturados Ignacio Vélez, Emilio Maza, y el resto del comando. En la vivienda la policía encontró un fichero con una lista de colaboradores escritas en clave, que fue descifrada con facilidad y una autorización para manejar un Renault 4 otorgada por Norma Arrostito a favor de Emilio Maza. Según las pericias, el documento se había confeccionado con la misma máquina de escribir con que se tipiaron los comunicados del secuestro de Aramburu. De esa manera, las fuerzas de seguridad dieron con una pista certera para descubrir a la célula porteña del grupo fundador de Montoneros.
A raíz de esos operativos resultaron detenidos prácticamente todos los integrantes del copamiento: José María Breganti, Felipe Nicolás Defrancesco, Luis Lozada, Ignacio Vélez Carreras, Cristina Liprandi de Velez, Emilio Maza, Juan Carlos Sorati Martínez, Heber AIbornoz y José Antonio Fierro. De esos nueve detenidos resultaron heridos Losada, Vélez Carreras y Emilio Maza que falleció una semana después en el hospital San Roque. Ese error, que los integrantes no debían conocer el nombre ni las casas operativas para evitar que los obligaran a delatar si eran detenidos, desnudó la falta de extrema organización que demandaba la arriesgada operación.

Los largos meses en cárcel les permitieron a los militantes continuar con el análisis social y político de la época. De allí surgió la reflexión autocrítica del Documento Verde en donde declararon claras diferencias con la conducción foquista que encabezaba Mario Firmenich. A partir de entonces afianzaron su participación en la fuerza guerrillera a través de la columna Sabino Navarro que tenía lazos más afines con el sector de los curas obreros y la militancia social. “Ese foquismo pretendió imprimir desde afuera y desde arriba de las masas una metodología de lucha suponiendo idealmente que iba a influir directamente. Entendíamos a esa vanguardia en términos militares más que políticos”, reflexionaron los detenidos que fueron liberados en 25 de mayo de 1973.

A 40 años de ese suceso que conmovió al país, la memoria de los calerenses lo retiene como un hecho ajeno e inesperado que encontró rasgos de simpatía en el osado accionar de esos jóvenes que reivindicaban la figura de Perón y eligieron la opción de la lucha armada para conseguir su regreso. Sin embargo al tratar de reconstruir el operativo muy pocas cosas parecen tenerlo fijado en el acerbo cotidiano de la población. La ex comisaría es una ruina abandonada, el ex correo es una vivienda de familia, la ex central de telégrafo se convirtió en una tradicional carnicería, en donde funcionaba el banco hay un supermercado chino, y la Municipalidad no conserva ningún vestigio de los intensos minutos que se vivieron en su patio y en su interior.


PROCLAMA DISTRIBUIDA EN LA CIUDAD EL DIA DE LA TOMA
Compañeros: los hombres y mujeres que componemos los Montoneros, brazo armado del movimiento peronista, hemos asestado un golpe a la oligarquía gorila, ocupando militarmente la localidad de La Calera y recuperando armas y dinero, que serán destinados a la lucha por construir una Nación Libre, Justa y Soberana. Lo hemos hecho para demostrar nuestra solidaridad combativa con el Pueblo Peronista, que ha ganado la calle, que pelea desde las fábricas, en defensa de legítimas aspiraciones y derechos y como repudio ala farsa gobernante de turno. Los Montoneros prevenimos al pueblo de Córdoba contra las maniobras de los gorilas que dentro y fuera del gobierno quieren embarcarnos en un nuevo fraude electoral, en el que no podamos votar por Peron acompañados de algunos tránsfugas de siempre, que se dicen dirigentes peronistas y que repudian la resistencia armada del pueblo y que quieren elecciones porque saben entonces que el queso será más grande. El pueblo debe unirse, sin partidismos sectarios, en torno a las banderas intransigentes de la resistencia, buscando prepararse, organizarse, armarse y que sepan los traidores, los vendidos, los torturadores, los enemigos de la clase obrera, que el pueblo ya no recibirá solamente los golpes, porque ahora esta dispuesto a devolverlos y golpear donde duela. Solo peleando conseguiremos recuperar lo nuestro. Los Montoneros llamamos a la resistencia armada por una Patria Libre, Justa y Soberana. Con Peron en la Patria. PERON O MUERTE. MONTONEROS.