lunes, 26 de junio de 2017

Festicasa, el fracaso de querer revivir Festirama

A fines de 1999, un grupo de empresarios y comerciantes locales y de otros lugares se propusieron revivir Festirama, aquel festival que marcó parte de la historia más importante de Río Ceballos a fines de los ´60 y comienzos del ´70. La desaparición de Festirama, en 1973, también marcó el punto de caída libre más importante de la historia del Río Ceballos turístico hasta hoy.
Por eso, aquella gesta de 1999 aparecía como quijotesca y como era de esperar, no terminó bien. La iniciativa fue propuesta por la “Festi Casa” producciones, encabezada por Víctor Cáceres, ex integrante de Docta producciones, aquella productora que organizaba Festirama, y el empresario local José de la Iglesia.
El lugar elegido era el predio de Festirama, obvio, aunque no se utilizó el viejo escenario, si no que se montó uno especial en la cancha de fútbol. El compromiso era realizar el festival durante cuatro jornadas para su primera edición, y durante nueves jornadas para las ediciones posteriores. El riesgo era para la productora, que no podría suspender el festival a no ser por razones de fuerza mayor debidamente acreditadas. Entremedio del municipio, que aportaba con la cesión del lugar, y la productora, estaban los SRT, que a través de Canal 10 y radio Universidad iban a transmitir en directo todas las alternativas del festival. Este convenio despertó un entusiasmo contagioso por el alcance que podría tener la convocatoria. Además se había declarado al festival de interés municipal por el concejo deliberante.
En cada una de esas cuatro noches se iba a sortear una casa, que el grupo empresario había empezado a construir en unos terrenos que había comprado en barrio Loza. El festival Luego de varios días de armado del escenario, el sonido, las luces y el cerramiento del predio había llegado la hora del inicio del festival. Esa noche estaban programados Los Tekis que fueron los encargados de ser el grupo de apertura. Luego pasarían por el escenario Los Amigos (un incipiente Sergio Galleguillo), Sonkocanta, DNI folclore, el ballet Camin de Cosquín, el humorista Conejo Simón, y un cierre a todo cuarteto con Carlos “La Mona” Jiménez.
La Mona apareció en las diferentes publicidades en medios gráficos y en Canal 10, pero nunca se enteró que estaba contratado. Por supuesto no se presentó. Esa noche llegaron a venderse poco más de 600 entradas para un predio que esperaba alrededor de 10.000 espectadores. Los puestos de comidas y entretenimiento fueron los primeros en venir el fracaso, son siempre el pulso exacto de qué puede pasar en un evento así porque son los primeros en sufrir el engaño. La segunda noche caminaban por el predio no más de 200 personas. La presión ya no era sólo de los organizadores, que firmaban cheques voladores a destajo detrás del escenario para que subieran los artistas programados esa noche: Los Tucu Tucu, Jorge Arduh, Los Alonsitos y el Trío San Javier. A pocos metros de donde fracasaba rotundamente la fiesta que pretendía reposicionar a Río Ceballos como una de las plazas festivaleras más importantes, en el despacho del intendente municipal se urdía una salida de emergencia. Entonces intendente Sergio Spicogna, junto a su secretario de Coordinación, Eduardo ¨Pipo¨ Campos y responsables de la Lotería de Córdoba, acordaron que esa segunda noche se realizará el sorteo de las primeras dos casas, y que se suspendía el Festi Casa. Para no agigantar el escándalo, el municipio otorgó a los ganadores de los sorteos el valor en cheque proporcional a las viviendas que construía el grupo empresario, y minutos después los plomos comenzaban a desarmar todas las instalaciones. Mercedes Sosa
La gran cantora tucumana era la gran apuesta de los organizadores. Hacía varios años que no actuaba en Córdoba y ése verano no acordó con el festival de Cosquín ni con el de Jesús María, por eso su presentación en Río Ceballos generaba gran expectativa. Pero los organizadores nunca terminaron de cancelar el contrato, al que habían señado en Buenos Aires. En ese momento, uno de los empresarios, Jorge Caggiano, declaró a La Voz del Interior: “Nosotros entregamos a la señora Mercedes Sosa 20 mil pesos como anticipo a su actuación. Los problemas surgieron por ellos no quisieron aceptar el saldo con un cheque, manteniendo una posición intransigente muy difícil de conciliar”. “La Negra” estaba alojada en Córdoba ese viernes 4 de febrero de 2000, esperando esa cancelación del monto del contrato y esperó hasta entrada la tarde hasta decidir tomarse un avión y volverse a Buenos Aires. Lo mismo hizo Víctor Heredia, que la iba a acompañar en el escenario, donde también estaban programados Los Pericos, el ¨Sapo¨ Cativa y Síntesis.
También quedó pendiente la actuación el cuarto día de Horacio Guarany y otros artistas de reconocida trayectoria nacional. Un fracaso más Suspendido el festival, entregados los cheques a dos ganadores de ese sorteo, el municipio inició una demanda a los organizadores, que ante las primeras intimaciones decidieron pagar el monto de la demanda, que era de 60 mil dólares, y representaba el valor de los cheques y otros gastos que se erogaron para acondicionar el predio y el pago de horas extras a empleados que trabajaron en esas tareas. Pero esos cheques nunca llegarían a compensar el daño a la imagen de todo un pueblo que se ilusionó en revivir uno de sus íconos históricos y quedó en ridículo ante todo un país.

sábado, 15 de abril de 2017

Patear un córner

Patear un corner Julito se perfiló para darle con la zurda y tirar un centro abierto. Miró con atención el nido del área, y ahí lo invadió la indecisión.
Yo sé que hay gente que va a pensar que divagar por la importancia de patear un córner es una pelotudez, pero, sepan, no es fácil hacerse cargo de esa responsabilidad y menos en los partidos chivos, así que con el mismo respeto con que trato a ésa gente, espero que lean con discreción y aplomo las líneas siguientes, antes de emitir cualquier tipo de juicio, se entiende?; ni para bien, ni para mal, tamo?. Agrego: hacer un gol de córner, si no sos el Beto Alonzo y lo pateás olímpico, en la generalidad es una construcción colectiva, una seria estrategia de juego. No es cómo patear un penal o un tiro libre directo en el que el desafío se reduce a dos. El córner, como en el indirecto requiere que el shoteador tenga temple, cosmovisión, personalidad y espíritu de grupo. A las cosas. Decidir cómo se tira un córner no es cuestión de… así como así, ni, tampoco es para cualquiera. El que se apronta a efectuar esa clase de disparo sabe, a ciencia cierta, que está ante una instancia, probablemente, decisiva, final, definitiva, acaso también gloriosa. “Redimitoria!”, me faltó agregar, de acuerdo a éste caso. En esos momentos, la ilusión de que ése disparo termine en gol pasa a ser determinante, lo es todo, así nomás. Las almas de los hinchas no suspiran durante esos breves instantes, de los propios y los contrarios. El tiempo se detiene, el sol deja de alumbrar, el viento se apacigua, los ruidos ya no se escuchan, el río se aquieta, los pájaros quedan inmóviles en las ramas, las barras de hielo del bufet se descongelan y todo lo que quieran agregar. Sólo el sentido de la vista es el que mantiene plena atención en cada espectador. Volvamos. El código interno de cualquier equipo en los entrenamientos y charlas técnicas previos a un partido chivo establece quién sí y quién no está capacitado para tirar los córner. El tema no es para cualquiera, repito. Ahora, a los hechos!!!. Tercera fecha del campeonato regional; El Social venía de dos empates y una derrota; y jugaba contra Aleti; es decir… no se jugaba nada importante a primera vista, tampoco era un clásico de los bravos, pero era un partido y había que ganar. En ése córner se podía hacer la diferencia para que el Social ganara el primer partido del torneo y, ahora viene lo trascendente de éste relato: el equipo, con éste triunfo el equipo podría recuperar su autoestima y el clima de convivencia que se había vuelto hostil desde que el año pasado no llegaran a semifinales por la expulsión del Nacho Paredes que hizo ese penal injustificable y los dejó afuera con todas las ganas. A propósito, el Nacho no volvió a jugar ni volvió nunca a entrenar. 25 minutos del segundo tiempo. En cancha de once, en un partido cerrado, el valor de tener un córner a favor se entiende sin eufemismos: es o no es. Fool furioso del cuatro de ellos al Pulga, que la venía gastando pero no venía concretando. Para los córners, Cacucha, el técnico, les había marcado dos o tres jugadas de pizarrón que debían servir para despistar a los rivales en éste tipo de situaciones. Inútil agregar que nunca las aprendieron, a esas jugadas ni a otras en las que se devanaba el coco horas el entrenador consultando manuales de técnicas de fútbol local y europeo, y experiencias que divulgaban otros DT en entrevistas del Gráfico y programas de radio y televisión. Todo para aplicarlas en la cuarta del Social, para hacer ganar al equipo de su vida. En la cancha, adentro de la línea, para los jugadores las experiencias previas, charlas, conocimientos, reproches, se dispararon para otros lugares, cargadas de anécdotas ruidosas y alegres en otro sentido, oootro sentido. Bueno…, ante la consumación de la falta, Juancito fue el que tomó la determinación de hacerse cargo de tirar el córner, hasta pose hizo para ir a buscar la pelota. Cosa rara porque siempre fue respetuoso de las órdenes del cuerpo técnico. Ni siquiera lo miró al Cacucha, que gritaba otras instrucciones y quería que a ése corner lo pateara el Conejo Avellaneda, pero ésta vez la decisión la había tomado el Julito. Encaró para el banderín con el balón bajo el brazo derecho, como dicen los relatores que saben transmitir por radio los partidos de fulbo; decidido, firme, acaso esclarecido. Es pertinente también agregar que en muchas canchas no había banderín, apenas se marcaban las líneas con cal, pero en ésta sí había; otra circunstancia esencial para intentar comprender la importancia de esta historia. Julito se perfiló para darle con la zurda y tirar un centro abierto. Miró con atención el nido del área, y, ahí lo invadió la indecisión. En el área: cinco defensores del otro equipo y cuatro de sus compañeros; el Lucho, la Gata, Juancito y el Pulga. El sabía que si le tiraba el centro alto al Lucho era muy posible que terminara en gol. Pero el Lucho venía muy agrandado desde que en el campeonato pasado hizo seis goles en tres partidos clave y terminó levantándose a la Vero, la hija del presidente del club. O sea… se dijo que no: “si yo tengo el poder de decidir a quién le pateo el córner, al Lucho no se la paso ni bosta, que la vuelva a remar, muchas veces la encontró, pero ahora no, conmigo no”. Esa reflexión, tiempo después, cuando ya no jugaba ni tiraba centros, para Julito fue parte de su filosofía para enfrentar varios avatares de la vida. La Gata: astuto como siempre, fiel a su naturaleza, se entremezclaba entre el cuatro y el seis de los otros a los codazos, siempre ganando a fuerza de golpes, imponiéndose por actitud confrontativa, muchas veces favorecido por juicios inciertos del réfer, pero ahora ya parecía cansado. Levantaba la mano pidiendo el centro, pero era más por espamento que por convicción. Ya estaba en los treintados, sabía, internamente, que podía defraudar al conjunto porque no iba a llegar si se la tiraba alto. “La Gata ya está …, el campeonato que viene no va a ser titular, es al pedo que se lo tire a él, porque no la va a ir a buscar ni a pelear, no, a él no”, sentenció Julito, sabiendo que por ahí no iba a ir la cosa. Le quedaban el Juancito y el Pulga. Sin proponérselo, en el vértigo de las instancias propias del partido Julito estaba ante una jugada clave del encuentro que lo erigió como protagonista, tenía que tirar el córner, con todo lo que eso representaba. El Pulga era el crak del equipo; picante, veloz, astuto, oportuno, le pegaba bien con las dos, carismático con la hinchada, contaba chistes en los entrenamientos, calentaba más minutos que los otros antes del partido, el técnico le daba instrucciones secretas en medio de los partidos, y sabía gritar los goles de una manera ceremoniosa ante la hinchada como nadie; las tenía todas. Pero… se echaba algunos mocos con faltas innecesarias, de puro caliente que también era. Julito no podía arriesgarse a que al Pulga lo echaran por maniatar de manera indebida en el área y dejar al equipo con uno menos. Entonces, tomó su tercera resolución: No; “al Pulga no va a ir este centro”, se dijo, sabiendo los reproches que le iban a llegar al final del partido, pero sólo él estaba ahí y sólo él podía decidir. Lo miró al Juancito. A él dirigiría el centro de ése partido inane. Al Juancito, al tres; al que pegaba como un animal porque no soportaba que el 7 de Alambra siempre lo pasara como a un poste, al que lo habían echado el año pasado hasta desde el vestuario, al que no podía hacer tres jueguitos seguidos, al que no entendía qué era el off side, al que no sabía cómo engrasasar el fulbo, al que se distraía si la Vale, la sobrina del cuidador de la cancha estaba mirando el partido, al que no miraba a la hinchada porque sabía que lo puteaban por lo yerros en el área propia, al que se caía porque tenía los regastados los tapones de los botines, al que la tiraba al fondo del orto cuando le gritaban desde el arco “Sacala”; a ése, Julito sentenció que iba le iba a dirigir el centro. A decir verdad, la decisión la tomó en el momento en el que giró la vista hacia la hinchada propia para contagiarse de ése espíritu ganador y vio a la mamá de Juancito entre la multitud. La podía reconocer porque más de una vez lo había ido a buscar al Juancito cuando no estaba firme en su convicción de jugar y la madre lo invitaba a tomar la leche y ver la tele, no cuento nada que no sepan que pasa en todas las canchas del país. Pero ese día no era uno más. La Laura nunca había ido ni había acompañado al Juancito a ningún partido, como hacían el resto de los padres. Verla esa siesta en la cancha lo conmovió, vaya a saber porqué. Sí comprendió que no importaba el partido, no importaba el resultado, no importaban los hinchas, ni el cuerpo técnico, ni los anunciantes, ni los vendedores de choripán, ni los colectiveros, ni la Vale, ni nada, la nada contundente; era él, el Juancito y su vieja, y a la bosta! Decidido: el centro tenía que ser para Juancito, para que se luciera ese domingo y le sacara una sonrisa a su vieja, tan maltratada por la vida en otras instancias que no vienen al caso. “Vá para vos Juancito”, le gritó, levantando la mano derecha. De zurda buscó el marote del tres, los otros lo reputiaron porque alevosamente estaba violando códigos implacables de equipo, tácticas ya pactadas, ilusiones individuales, pero eso no importaba en ese momento. “Ustedes no entienden nada”, les dijo después, en lo que se suponía era un vestuario, pero no pasaba de tapera. El centro salió pasado. Julito se agarró la cabeza con las dos manos porque sabía que le había de más, Juancito empezó a retroceder rápido para volver a su puesto, los otros tres lo reputiaron con esa furia propia de los despojados de un triunfo certero por culpa de un mal envío no convenido. El técnico se puso las manos en los bolsillos, la hinchada ni dijo uuuhhh, y el juego prosiguió. En definitiva, luego de aquel episodio impropio, para las reglas convencionales de los códigos fútbol, no había pasado nada importante. Excepto que Julito sintió que había ascendido un escalón. Le habían dado el poder de decidir a quién asistir en el juego de la vida, y estaba satisfecho de haber hecho lo correcto. A la noche, en el bar de la Betty, adonde se juntaban todos los domingos después de los partidos, un boló descolocado, como tantos otros de aquella banda que no habían estado en la cancha, pregunto: “Y?…maestro, cómo terminó el partido? El Julito, en paz con la decisión que había tomado, respondió: “Empatamos, pero qué importa?”

jueves, 6 de abril de 2017

Romper vidrios

Uno quiere romper, pero no siempre puede, y cuando ocurre se siente diferente.
Ir, ver, merodear, tentarse, aunque arrepentirse al principio. Así puede describirse esa primera impresión que lo afectó hasta consumar el hecho sin considerar el destino posterior. Una vieja casa grande abandonada, en una terraza fue la escena. Vieja, pero vieja, viejaza. Empezó por entrar al patio desolado, no había plantas, ni macetas, ni faroles, nada como suele decirse, ni siquiera telarañas. Imaginó que por allí pudieron pasar miles de personas con miles de historias en más de ochenta años, qué se yo…, tantas anécdotas como quienes pasaron por el lugar y sus alrededores. A medida que pasaban los minutos perdió la dimensión de los tiempos y no pudo seguir reconstruyendo lo que su imaginación le iba señalando hasta que decidió volver, como un angelito, a su casa, pero con la idea fija. Otro día se atrevió a entreabrir una ventana y animarse a ver que podría haber en el lugar. Era una casa grande, no llegaba a casona porque no tenía patio verde, pensaba entonces, pero ya le había ganado la curiosidad por ver más, agudizar la observación, agrandar el porqué tenía que seguir. Sólo no se animaba a entrar al lugar, así que buscó a un amigo para hacerlo cómplice de la aventura/travesura y daño posterior, definitivo. Pactaron el día en secreto y por una ventana ya marcada entraron a la casa. Con temeroso cuidado empezaron a recorrerla y a descubrirla, con una candidez infantil que luego pasó a ser conducta dolosa sin castigo eficiente. En el interior de la casa no había nada, pero nada de nada. No llegaban a imaginar cuándo se habrían llevado todo, ni cuánto, ni qué hubiera habido, pero no podían parar un frenesí irrefrenable de ocurrencias propias en esa edad. Tocaron las paredes, las puertas y sus marcos de madera para calcular la temperatura de sus palpitaciones nerviosas mientras caminaban con sigilo, quizás esperando un hecho o aparición infausta, pero no pasó nada paranormal. Patearon algunas piedras que había en el piso, con cuidado de no hacer ruido y alertar a vecinos quisquillosos. Cómplices en esa historia que siempre mantuvieron en secreto -hasta hoy- en silencioso código de barrio pergeñaron el desenlace. La casa, más allá del enigma indescifrable del resto de la banda, era de ellos. Estaban seguros de que nadie iba, lo habían constatado en varias irrupciones; apenas algunos gatos hambrientos que atravesaban por el patio para cruzar a otra vivienda. La cuestión principal de la justificación de esta narración fue ésta: tenía que ser a la tardecita, cuando el ruido del paso de los autos y colectivos amortiguaban los sonidos menos trascendentes de las casas y los negocios aledaños. El objetivo: terminar con todo, no debía quedar nada a medias, nada. Se vistieron para la ocasión, con buzos de mangas largas y pantalones largos también, y las zapatillas con las suelas más duras que tenían para evitar dejar señales inexcusables en sus cuerpos. “Bueno, empezá vos, - no… dale vos” se desafiaron, pero, en realidad, no se dieron tiempo para discutir inútilmente. “Vos aquella, a mí déjame ésta”, y comenzaron la ceremonia. Aquellas piedras que habían pateado la primera vez que entraron en la casa, se convirtieron en proyectiles infalibles que no dejaron ninguno a salvo. “No quedó ninguno”, se confesaron con orgullo. La sensación de adrenalina, ahora aprendieron a definir esa situación de entonces, los volvió seres insaciables, elefantes en un bazar, bestias descarriladas en la selva, vampiros en un banco de sangre, cangrejos en una playa de Panaholma. El ruido de los impactos, exactos y precisos, en cada uno de los vidrios de todas las ventanas y puertas de la casa, menos los del frente, obvio porque daban a la calle; les provocaba un éxtasis indescriptible. Cada estallido representaba un sueño incumplido, una materia pendiente, la señal de los desafíos por venir, el porqué de los no sé porqué, pero así se sentía. Como tirarse en un parapente con los ojos cerrados, hacer un salto en garrocha de tres metros, tirarse de un trampolín de nueve metros de cabeza, acelerar un karting en bajada a 20 kilómetros, tocar el timbre de la casa de la vieja más enculada de la cuadra, entrar al cementerio abandonado de noche, robarle caramelos al gordo del kiosco; en fin, eran todas esas sensaciones juntas hechas triza, literalmente: trizas. No parecía, pero la “travesura” los hizo terminar agitados. Nunca imaginaron cuánta energía les podía consumir esa aventura a la que se habían dado sin medir las consecuencias. Muchos años después, recordada como anécdota; y luego de atravesar distintas experiencias en el transcurso de sus vidas, aquella infantil historia les resultó aleccionadora. Uno quiere romper vidrios para atravesar sensaciones extremas, pero no siempre se puede. Cuando ocurre; uno se siente diferente. Ahora, sólo, puso las manos en los bolsillos delanteros del vaquero, miró al cielo que estaba nublado y se fue caminando para el otro lado de aquella vieja casa, de la que hoy, desconoce, qué suerte tuvo luego de aquella travesura.

viernes, 16 de diciembre de 2016

La Magia del festival de San Antonio de Arredondo en Punilla

A mediados de cada diciembre desde hace 26 años, San Antonio de Arredondo reúne a gente y artistas de todo el país. Este singular encuentro fue pergeñado, entonces, por el celador de la escuela del pueblo, el Negro Valdivia. La idea era reunir a la comunidad educativa y darle espacio a expresiones artísticas del lugar y de la zona. En ese primer encuentro participaron poco menos de 200 personas en un descampado cercano al río. El año siguiente ya fueron unos 500, y desde entonces no dejó de parar su crecimiento. El despegue extralocal se dio cuando Raly Barrionuevo aceptó ser padrino del Encuentro nacional y cultural de San Antonio de Arredondo. Así, se fueron agregando artistas de todo el país que participan sin cobrar un solo peso. En la última edición de este fin de semana no se podía calcular la cantidad de gente que concurrió porque no se cobra entrada, pero algunos especulan que durante los cuatro días pasaron por el lugar unas 15 personas. Cientos de carpas se convierten en el refugio temporario de miles de asistentes que pueden disfrutar de actividades de todo tipo en tres fogones musicales, espacios abiertos para talleres culturales de distintas opciones, carpas para proyecciones de películas, presentación de libros, charlas con pintores, muestras de fotografías, puestas de teatro, actividades para los niños, y mucho más. En cualquier rincón te puede sorprender un malabarista que desafía a una artista que hace destrezas en tela, o varios jóvenes que buscan formas novedosas del manejo de los aros. Al pensar resulta inabarcable describir todo lo que allí ocurre.
La gente camina, se encuentra, planifica todo el año la llegada a San Antonio para reencontrarse. Emociona llegar al predio y empezar a encontrarte con conocidos que hace tiempo no veías, y hacer nuevos conocidos. Durante el día las actividades son múltiples. El río es un aliado inestimable para atemperar algunas horas de sofocación y trasladar a ese ambiente otras actividades. Por la noche, cuando empiezan las presentaciones de artistas en el escenario principal Jacinto Piedra, la magia llega a su momento de éxtasis. La conducción armoniosa del Negro Valdivia, y el respeto de cada artista a sus tiempos de actuación, habla también del espíritu del encuentro. Este año se logró un momento mágico y emocionante la madrugada del domingo, cuando en el marco de la actuación del grupo La Pacota, artistas que miraban desde abajo del escenario subieron a acompañarlo en la interpretación de Vamos mi negra. "Encuentristas" como Mery Murúa, Ramiro González, Raly, José Luis Aguirre y Valvidia junto a la enorme bailarina Silvia Zervini, lo acompañaron en esa canción que procura darle fuerza a su compañera que sufre una enfermedad severa. Después la apoteosis llegó en el final de la actuación de José Luis Aguirre, cuando todos esos artistas, más Paola Bernal, integrantes del Presenta trío y una multitud que copó el escenario para bailar, preanunciaron lo que fue un cierre completado con Bicho Díaz, Raly, y otros más hasta la luz del amanecer ganó el lugar. Resumir la experiencia de haber estado en el encuentro de San Antonio es tarea imposible. Muchas emociones irán floreciendo a medida que vaya recordando momentos, saludos y conversaciones. Los ojos no pueden parar de mirar, el cuerpo no puede parar de moverse, las emociones no dejan de sorprenderte, no podés dejar de sentirte feliz. En fin, hablé con el Negro Valvidia y le pregunté qué explicación tenía éste fenómeno que no trasciende a escala de grandes medios, y no supo contestarme, o sí; me dijo: "No tiene explicación, es un hecho mágico". Cuando intenté averiguar cuánta gente disfrutaba de este encuentro, agregó: "Algunos pueden decir que vinieron unas 20 mil personas, yo que digo que son 20 mil abrazos", tomá. PD: El Negro Valdivia es un consagrado bailarín al que invitan los principales artistas cuando quieren agredecer a los asistentes a sus espectáculos, y también un agradecido que puede participar en cualquier cumpleaños, aniversario, reunión de amigos en parajes en donde se baila en patio de piso. Este hombre fue el que tuvo la idea inicial del Encuentro y en uno de los primeros encuentros, Raly, que es una especie de padrino, consiguió que llegaran a tocar un par de temas León Gieco y Gustavo Santaolalla. Esa noche, cuentan, fue interminable, y Santaolalla se fue hechizado con la experiencia. Así fue que terminó escribiendo la canción Celador de sueños, que alude a ese celador que 26 años atrás empezara a movilizar a una comunidad escolar y hoy es un fenómeno "inexplicable". No sé si cabe agregar que la Negra Sosa grabó ese tema en su disco póstumo "Cantora". PD2: Un compañero del diario, Augusto Laros, me preguntó hace un rato qué me había parecido el encuentro y por teléfono le contesté que no podía terminar de procesar la experiencia, y el guanaco me escribió: "Me siento un poco en deuda con el encuentro. Le saqué más de lo que le dejé. Colaboraré el año que viene". Se va entendiendo porqué resulta imposible resumir esta cuestión. Gracias Encuentro!.

domingo, 1 de marzo de 2015

EL DESPRENDIMIENTO DE LAS RAICES

REFLEXION. A 2 semanas de la trágica tormenta EL DESPRENDIMIENTO DE LAS RAICES
El domingo 15 de febrero a la siesta, después de almorzar, salí al patio de mi casa para atender una llamada del diario y mientras hablaba, escuchaba el ruido potente del arroyo que pasa por la costanera, en Río Ceballos. Terminé la llamada y bajé a ver lo que pasaba, y por primera vez sentí el estremecimiento que aún hoy, 1 de marzo, me sobresalta cada vez que recorro los lugares y las caras con gestos arrasados. El ruido fue lo que más me llamó la atención, y no lo olvidaré. Después fue ver la destrucción, la desesperación, el desconcierto, la angustia, impotencia. La noticia de los primeros muertos comunicada con fría naturalidad y a velocidad de rayo. Como el resto, bomberos, defensa civil, municipales, policías, actuaba con desconcierto ante un hecho del que no teníamos la menor idea de la dimensión que representó. La noche del domingo tampoco la voy a olvidar. Las calles cortadas y oscuras, los puentes destruidos, máquinas descontroladas intentando reparar algo, agua y barro por todos lados, y miedo, mucho miedo. Gente temerosa que, en el centro, no sabía ni podía imaginar lo que estaba pasando en Ñú Porá y barrio Loza, o en La Quebrada y Los Manantiales; y en el resto de las localidades vecinas. Incomunicados en la expresión más extrema. Siguió lloviendo parte de la noche, y el lunes amaneció semidespejado, con algo de sol. Camino a la radio comencé a confirmar el temor con el que me había ido a dormir: la postal tremenda que podía llegar a imaginar y que anhelaba sólo fuera otra pesadilla de las que a veces abruman. Pero no fue así, era la realidad. La avenida San Martín copada por camiones del Ejército y Gendarmería, autobombas de bomberos, el municipio convertido en un cuartel de operaciones. Desde la radio empezamos a confeccionar el mapa del desastre con descripciones que nos hacían los oyentes, mientras escuchábamos afuera las sirenas, helicópteros, y muchos camiones que empezaban a llegar con mercadería para los centros de evacuados. Y después, más o menos lo mismo que ustedes conocen. Los destrozos irreparables, las pérdidas económicas, los nueve muertos, la solidaridad, la falta de agua, la urgencia, el manejo del dique La Quebrada, el miedo a las crecientes porque no para de precipitar, el récord de lluvias, las historias rotas en cada esquina, el cambio de la geografía que nos daba identidad, las polémicas que vendrán mientras nos damos a la reconstrucción y todo lo que trae aparejado un escenario de post destrucción de una zona como la nuestra. Pero, el ruido fue lo que más me llamó la atención, y no lo olvidaré. Acaso encontré una explicación cuando hablé con Carmen Peñaloza, una vecina de Cerro Azul, que junto a su familia quedaron aisladas en el lugar. “Nunca vi algo así en mi vida. El río que era una hermosura, cambio totalmente su cauce. Los árboles caían como si fueran yuyos y era estremecedor el ruido del desprendimiento de las raíces. No dan ganas ni de salir a mirar”. En las palabras de esta mujer empiezo a comprender la tragedia desde mi forma de sentir: “estremecedor el ruido del desprendimiento de las raíces”.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Santa Patricia

Santa Patricia Patricia era su nombre. La descubrí al verla caminar con el paso intenso de las mujeres que viven a la velocidad de las hormigas en temporada, es decir…: con un hormiguero en el culo, como le dicen. Esas mujeres te dejan la impresión de que siempre tienen algo por hacer y que el tiempo nunca les alcanza. Ese fragor las hace distintas, por eso te llaman la atención. Además, tenía un rostro agradable, una mirada entradora, gestos delicados, buen culo, … pocas tetas. Nunca conocí a una mujer con todos los atributos juntos, y las que ví, y me gustaron nunca me conocieron, pero creo me estoy yendo de contexto. Fue una tarde, en la ferretería del pueblo. Ella, después lo supe, era diseñadora de interiores, y se ganaba la vida vendiendo diseño y publicidad para una revista de turismo. Yo era, entonces, un experto en mantenimiento de parques y jardines, aunque todos me conocían como “Luisito”. Así las cosas cualquiera podría pensar: porqué dos personas de extracciones sociales y culturales tan distintas llegarían a conocerse en una ferretería de pueblo e imaginar que se daría una futura historia de amor, sufrimiento, pasión y desgano. Sin embargo, ese encuentro tiene muchas explicaciones, digamos, más prácticas. Simple: el dueño de la ferretería quería hacer publicidad en una revista un nuevo modelo de desmalezadora Sthil, algo así de fs 500, qué se yo. Ya les conté que ella hacía ese trabajo: vender publicidad para una revista, y yo, sudar la gota gorda en parques, praderas y grandes loteos a la hora de la siesta. Mientras escuchaba la conversación entre el dueño de la ferretería y Patricia, con discreción, pero también con determinación, me acerqué, y dije: “Los productos Sthill son los mejores, consumen poco combustible, tienen durabilidad y su garantía es segura, además de contar con varias bocas de reparación oficial en Córdoba, Villa Allende y en Jesús María”. Ahora que lo escribo me parece que no fui yo el que dijo eso, pero lo dije. Jorge me miró con sorpresa: “Hola Luisito, ya estoy con vos”. Sentí que me ponía una montaña de distancia, a pesar de que al otro día volvería ser el Luisito que conoce desde niño. Mientras divagaba sobre estas cuestiones, ella interrumpió: “No…, espere, lo que dijiste es muy importante y puede servir para la publicidad: garantía, bajo costo, atención. Perdón, me llamo Patricia, vos trabajás con estas máquinas?”. Le dije que sí, que tenía una pequeña empresa de preservación de áreas naturales y parques cerrados, que había aprendido el oficio de mi padre, y que me perfeccioné con asesores de complejos habitacionales de medianas dimensiones en la periferia de la capital, hasta que conseguí algunos contratos en casas de countries. Jorge permaneció un minuto y medio callado durante la conversación, hasta que decidió atender a otra clienta que acababa de ingresar al comercio. Una vez escuché a Dolina, Alejandro, el del programa de radio que lleva a miles de personas y el del libro Crónicas del Angel Gris, y Lo que le costó el amor de Laura, que todo lo que hacemos los guasos es sólo para conquistar minas. Eso fue lo que me propuse esa tarde en la ferretería, qué no, ni no. Es en esos momentos en que nos justificamos el porqué del porqué de lo que, a veces, hacemos, sabiendo que nada vamos a conseguir. Entonces supe que a ella también le gustaban las plantas y los jardines, que adoraba la vida en la naturaleza, el verde, las montañas, las grandes casas sin patios, que le fastidiaba la falta de espacios para que los perros puedan jugar con los niños, y veneraba los cumpleaños de ahijados con muchos chicos correteando alrededor de un pino. Y yo, a todo asentía con gesto exagerado, cuando sólo pensaba: “Te parto en ocho”. Por suerte siempre supe disimular mis pensamientos, así que no eché a perder de manera inane esa oportunidad. Retorné a la situación y dije: “Respecto a la Sthill te puedo asegurar que se vende sola, las marcas traccionan por sí solas y, aunque no necesitan publicidad, jerarquizan a quien las vende. Si te hace falta una foto la podemos producir en uno de nuestros trabajos, y yo puedo posar como modelo”, bromée, sabiendo que estaba yendo al fondo del hueso. Sonrió con firmeza y terminó de conquistarme. Me dijo “nos vemos”, pero no se despidió. Encaró hacia la caja y se puso a conversar con Jorge. A la final yo me había olvidado para qué había ido a la ferretería. Con disimulo hurgué por estantes de productos de limpieza, de plomería, de pesca, pinturas misteriosas, termos de aluminio, adornos de cocina, lampazos, hasta que me paré frente a los cajones de tornillos y arandelas. Se acercó uno de los hijos de Jorge y me preguntó: “Luisito, qué te hace falta?”, “Una tuerca de medio y una arandela para ajustar una pieza de la máquina de cortar pasto”, le dije, al pedo, porque no necesitaba nada. “Algo más?”, insistió, “No…, qué te debo”, “Nada, llevalas”, “Bueno, gracias”, agradecí, todo al reverendo pedo y los dos sabíamos. Cuando tomé la bolsita y me dí vuelta, ella, la Patricia ya no estaba. Ni siquiera se despidió, o si lo hizo no la escuché, y si lo hizo y no la escuché quedé como un tremendo pelotudo. Ahora que lo pienso me remuerdo. Pero siempre es al pedo. Siempre echando moco, cómo no me dí cuenta?, Ella quería despedirse o pedirme algún consejo y yo concentrado en una puta tuerca y una reputa arandela que no necesitaba ni tampoco quería. Acababa de perder a la mujer que por años había soñado, así, así. La tuve a la distancia de una tuerca y no pude tomarla. Me toco los bolsillos para ver si tengo las tuercas y la arandela, y ni la bolsita está, seguro me la olvidé en la estantería. Otra vez lo mismo. Tonto de toda tontería, me perjuro que ya no volveré a esa ferretería, pero sé que es al pedo.

lunes, 25 de agosto de 2014

Tincunacuy (Encuentro, en quechua) Los Cerrillos, Santiago del Estero, grupo Tincunacuy.

En agradecimiento a Cristián (que me invitó a vivir esta experiencia), y a Jorge (que me contó la historia profunda del proyecto). A unos 360 kilómetros de Córdoba capital, en la provincia de Santiago del Estero, se encuentra un inhóspito paraje: Los Cerrillos. Está a 12 kilómetros de Salavina. Para llegar a ese lugar hay que sortear caminos de guadales, tierra, polvo y un calor “abrasador”. Allí se encuentra la escuela nacional 534 Ricardo Ramírez, construida en 1940. Un viejo edificio derruido al que concurren unos 20 alumnos al jardín, y 60 a la primaria.
En sus inmediaciones unas pocas casitas de adobe y algunas de bloques que se levantan a 300 o 400 metros de distancia de la calle de tierra, y a las que se accede a través de senderos rodeados de cactus, matas, molles, piquillines, algarrobos y otras especies nativas. No hace falta aclarar que no hay luz eléctrica, ni agua potable. El punto principal de abastecimiento de agua es el viejo aljibe de la escuela. Los pocos que habitan el lugar viven criando cabras o unas pocas vacas. La mayoría de los hombres son peones golondrina y pasan cuatro o cinco meses fuera del hogar, mientras las mujeres crían como pueden a los hijos. Un lugar que no aparece en los mapas, ni tampoco en la agenda de preocupación de las autoridades. Hace más de 20 años, un grupo de profesionales y residentes santiagueños, cordobeses y catamarqueños, decidieron conformar un grupo que, en misiones solidarias, ayudara a paliar las necesidades de esas pocas personas olvidadas en medio del bosque santiagueño, al borde del río Dulce. Al grupo lo llamaron Tincunacuy, que en idioma quecha significa “encuentro”. Me aclaran que en quecha las palabras son muy precisas y tienen un único significado, que no admiten dobles interpretaciones. Quizás esa sea la explicación de la parquedad de los paisanos. Desde entonces, casi todos los años, porque alguna vez atendieron en otros parajes cercanos, se concentran en Los Cerrillos.
Allí, en un fin de semana se realizan en la escuela atención y controles médicos, de odontología, de vista y se llevan alimentos, ropa; y se organiza el festejo del día del niño, al que acuden familias de los parajes más cercanos de la zona. El grupo está integrado por unos 50 miembros, pero los que suelen viajar son entre 15 y 20 unas tres veces al año. A ellos se les suma el mago Cristian Sahratián, que se ocupa de atrapar la fascinación de niños y adultos que nunca vieron un truco de ilusión, ni siquiera por televisión. Roque Maldonado tiene 68 años. Se dedica al negocio de provisión a las carnicerías, y formó parte del grupo inicial. Hoy es el presidente, pero, remarca, es una cuestión de antigüedad, no de jerarquía. No ha faltado a ninguna de las visitas, incluso en varias oportunidades concurrió sólo a auxiliar a alguna familia de la zona que necesitaba ayuda, y los lugareños inmediatamente pensaron en él, y hacia allí partió, dejando familia y obligaciones. El vigor de él y sus compañeros para hacer el viaje que lleva más de seis horas, costearse el combustible, buscar las donaciones, hablar con empresas y mostrar lo que hacen para conseguir ayuda; además de llegar al lugar y organizar todo para que la gente sólo tenga que ir a la escuela y recibir la ayuda; es conmovedor. Es un día entero infatigable para esta gente. “En el grupo asumimos esta actitud porque estamos convencidos que se trata de nuestras raíces y no podemos desentendernos de las necesidades de esta gente. Mientras siga teniendo fuerzas voy a seguir viniendo, no tiene precio ver la cara de esta gente cuando llegamos y nos esperan como si fuéramos viejos amigos o familiares queridos”, cuenta Roque. Jorge Acosta, también integrante del grupo, aporta una anécdota que expresa la importancia de estos cruces de culturas. “Cuando empezamos a venir, los grandes les decían a los chicos que no hablaran en quechua porque les daba vergüenza, cuando es un rasgo de identidad esencial de estos pueblos. Hoy somos nosotros los que fomentamos que se recupere su enseñanza y también colaboramos para recuperar el festival del Tanicu, que dejó de hacerse durante muchos años y sirve para reencontrarse en un ámbito de alegría y celebración. Y si podemos, también trabajaremos para hacer un encuentro de teleras, porque hay muchas y muy buenas en la zona y no son reconocidas”, se entusiasma Acosta. Los vecinos de la zona son muy agradecidos con esta gente.
Cecilio Corvalán es el presidente de la comisión de la escuela de Los Cerrillos, y es una muestra de la confianza que se le otorga al proyecto. “Cuando ellos nos avisan que van a venir, organizamos la escuela, la limpiamos y tratamos de ofrecerles nuestras mejores comodidades para que puedan hacer las cosas bien. Es muy importante también para nuestra gente porque hablan con otras personas y conocen cosas nuevas. Mucha gente de acá apenas sale una o dos veces al año a hacer las compras en Salavina. Desde tanto que hace que vienen ya nos conocemos bien y nos hacemos bromas de cómo vamos envejeciendo juntos”, cuenta Cecilio. Belén Rodríguez y Marcelo Bruno, tienen tres hijos y viven en una de las pocas casas que hay en la zona. También manifiestan su gratitud: “Estamos muy contentos con esta gente que viene de afuera y se preocupa por nosotros. Ellos traen y organizan todo, cada vez que vienen es una fiesta para nosotros”. Es verdad que a éstos santiagueños les faltan muchas “cosas” materiales, pero atesoran tranquilidad, inocencia, identidad, idioma: el quechua, y el cielo estrellado más impactante que hasta ahora vi en mi vida, a la vera del río Dulce. Hay recompensa.

domingo, 3 de agosto de 2014

Alina imaginó

En la intensidad de su noche, Alina imaginó. Bandadas de cuervos oscurecieron su domingo, una brisa de viento sur le anunció el camino que transitaría el resto de la semana. “No me harán sentir miedo”, se dijo, mientras cerraba con fuerza la ventana de la cocina y se aferraba a su amuleto natal: una vieja taza de té que usaba todas las mañanas su abuela Lucrecia. Aunque le costaba aceptar esos espacios de oscuridad y encierro, ya estaba acostumbrada a vivir esos días en los que sólo sabía resistir. De niña padeció esas jornadas con febriles noches de llanto y de angustia. Atravesó días en soledad, sin la cercanía de su madre, sin padre, sin hermanos, sin tías, ni primas, ni amigos; encerrada en una vieja y húmeda pieza de campo. Fue entonces que comenzó a edificar su espíritu fuerte de sangre, y de espíritu. Su primera vez fue en verano. Recuerda que luego de una abundante sobremesa de una fiesta pueblerina volvieron a dejarla sola. Mientras sus lejanos padres y conocidos se dedicaban a la tradicional sobremesa de domingo, con taba, gritos, chinchón y pastelitos, Alina no se encontraba en el lugar. Al principio buscó alejarse con discreción, nadie lo notó. Después, la curiosidad la llevó a internarse en un pequeño bosquecito de siempreverdes y pinos, y tampoco nadie lo notó, en el fragor de sus ensimismamientos. Algunos pasos después ya no escuchaba las voces que la empujaron hacia ese lugar. Sólo percibía los sonidos de las hojas, los grillos, los insectos, las palomas torcazas. Cuando reaccionó estaba oscureciendo. En los pequeños bosquecitos la luz del día se pierde más temprano. Nadie lo notó. Con tranquilidad y disfrutando cada descubrimiento de su nueva niñez Alina intentó emprender el regreso. Ya no escuchaba voces, creyó reconocer algunas señales que la guiarían para volver, pero la luz de esos bosquecitos suelen confundir a los seres ingenuos que se internan en sus profundidades. De manera repentina una vieja angustia, hasta ese momento desconocida para ella, la invadió. Se desesperó, tuvo miedo, empezó a correr sin dirección precisa. Los seres inseguros tienen, como primer reflejo ante situaciones angustiosas, el reflejo de correr. La velocidad, el escape, la negación de un espacio y de un tiempo son, para ellos, la llave que puede abrir el cofre de la tranquilidad, de la seguridad, del abrigo momentáneo. Nada más alejado, se diría después. Los diablos, esos seres oscuros, se aprovechan de sus víctimas a través de esas reacciones. Así, Alina fue víctima por primera vez. Corrió, lloró, se desesperó, gritó, se arropó debajo de un pino. Tuvo pánico ante el cambio de posición de la luna que por momentos la abrigaba, y en otros le dibujaba con las sombras imágenes que ya habían soñado sus espíritus anteriores. El miedo de los otros se transforma en nuestro propio miedo en esas ocasiones que parecen no tener explicación. Raras nubes nos transforman en seres misteriosos y vulnerables en esas circunstancias. Entonces, exageramos, y nos parece que vamos a desaparecer. Una voz quebrada de mujer atravesó esos miedos, esos árboles y la distancia, para dar con ella. Era la voz de Marta, su madre. Alina la reconoció, pero no pudo pronunciar una palabra, hasta intentó hacer gestos que acompañaran esa locuacidad silenciosa; las cuerdas vocales se le atoraron. Entonces corrió, decidida, persiguiendo el sendero de ese sonido familiar. El crujir del rocío y de las hojas se hizo más intenso. Alina intentó gritar, pero no pudo. La ráfaga de luz de una linterna apareció como un rayo entre las siluetas de los árboles. Corrió más fuerte, y antes de caer se aferró a un par de piernas que conocía con el inconfundible afecto de cuando era niña. Era Marta, su madre, esa voz de intensa tonalidad familiar que le llegaba desde la memoria de aquel vientre oscuro, tan parecido a esos bosquecitos en que le gustaba internarse. Por fin se miraron y se abrazaron con auténtica emoción. No hubo reproches, no hubo reclamos ni viejas reprimendas. Así, Alina tuvo su primera vez. Por eso la intensidad de esa noche no le resultó refractaria, la asimiló con la naturalidad de los cambios que nos ayudan a madurar. Como a Alina, el destino nos traza ranuras que creemos inexplicables, pero que ya están prefijadas por algún orden que no alcanzamos a comprender. Alina esa noche, durmió tranquila.

viernes, 30 de mayo de 2014

Para qué sirve leer libros?

El escabroso laberinto de la literatura Gracias Liliana Argiró. Hacía muchos años que un artículo de diario no me avivaba reflexiones acerca de uno de los universos que me rodea en lo cotidiano ni me provocaba síntomas tan similares, excepto la ceguera: http://www.lavoz.com.ar/opinion/los-peligros-insospechados-de-la-lectura Empiezo por el riesgo de considerar amigos a los libros y a sus autores. Uno llega a encariñarse tanto con algunos que los va acumulando en la biblioteca o los busca en otros sitios, y puede reconocer el pulso cambiante de una obra a otra con una clara mirada, como quien observa las conductas cambiantes de un niño o el crecimiento de una planta. Así me pasa con obras ordenadas de manera cronológica de autores como Borges, Saramago, Vargas Llosa, García Márquez, Soriano, Fontanarrosa, Sábato, Conti, y muchos otros que frecuento o frecuenté. Incluso puedo adelantarme a las obras que luego publicarán cuando leo o veo entrevistas que trascienden a través de los diarios o televisión. Así, podemos darnos el lujo de saber en qué andan porque somos seguidores atentos y, a veces, obsesivos de cada uno de sus pasos. Es entonces cuando uno llega a imaginarse que mantiene fluidas, entretenidas y largas conversaciones con ellos porque ya forman parte directa de nuestro entorno más querible y cercano. Sin embargo, el engaño resulta porque fueron ellos quienes nos sembraron esos valores, historias y consideraciones mientras los leíamos; y nos arrastraron a ese adorable fango que nos mantiene entusiasmados y agradecidos.
Cómo le explico a otra persona que no soy amigo de Vargas Llosa si me escucha hablar con tanta convicción del barrio de Miraflores en el centro de Lima, cuando nunca estuve allí, pero puedo describir cada rincón como cualquier residente de ese lugar? Porque sin estar físicamente allí, Marito con sus palabras me puso en sus calles, en sus casonas, en sus bares. O la certeza con que puedo relatar las últimas horas de la vida en la noche de Juan Manuel de Rosas en Southampton que me contó con claras y profundas descripciones Tomás Eloy Martínez en Lugar común la muerte; o el desierto seco y alucinado en que transcurre la historia de Pedro Páramo, en un México indescriptible, que Juan Rulfo supo incrustarme como una cuña imborrable; o el escenario histórico de Zama, de Antonio Di Benedetto, o …, y muchos otros o… Es verdad, también, que uno llega a rozar en la locura porque el ensimismamiento en la lectura de algunos libros nos lleva a la abstracción y la compenetración absoluta con sus argumentos narrativos. A medida que uno avanza en las páginas de Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, por ejemplo, se puede sentir y pensar como Martín. El mundo alrededor de esa lectura ya no es nuestro, se apropió de nuestra realidad rutinaria y pasamos a pensar y a sentir como Martín. Y ya no somos los mismos a partir de ese texto. Algo parecido a ser otro, algo parecido a la locura, la alienación, el enajenamiento. Ni que hablar del sufrimiento psicológico a que nos arrastra Oliveira en su relación con La Maga. Con la lectura también se puede crear un mundo, imaginario, inverosímil, soñado. Te suena Italo Calvino en El vizconde demediado?
Es verdad, un párrafo iluminado nos puede hacer construir paisajes, pueblos, ciudades, universos inexistentes en territorios firmes, pero fecundos en nuestras emociones. Allí, donde no vemos nada aparentemente, se tejen historias y relaciones probables e improbables, lícitas o no, tristes o felices, intensas o desganadas, cercanas o de lejanía, en fin, historias de imaginación de torrente irrefrenable. El hechizo que nos provoca algún libro cuando nos atrapa nos vuelve definitivamente diferentes, extraños, atractivos también, porque quien observa el comportamiento de un lector empedernido se vuelve un bicho raro que exige atención. Aclaro que no es una novedad. Comparto en que implica riesgos imposibles de mensurar, y transitar por arenas movedizas o visitar territorios desconocidos. La vida, en fin, también es eso. Pero, indiscutiblemente, es mejor atravesarlos en compañía de esos castillos edificados con palabras de quienes construyeron e imaginan mundos mejores a sus vidas convencionales, a partir del uso de las palabras. Tengo un secreto que revelarles: hace tiempo aprendí a hacer malabares con tres pelotitas. Y me especialicé en algunas figuras. Pero en realidad, cuando me pongo a jugar con ellas, siento que no son pelotitas, para mí son palabras. Y ese equilibrio que mantienen en el aire y la sensación de un acto mágico que provocan, no son más que combinaciones de palabras buscando encantar la atención del espectador o del lector cuando escribo algún texto. Por eso es importante que comprendamos que la cantidad de palabras, sus usos y sus combinaciones ensanchan definitivamente nuestros mundos y nuestros sueños. Por la ruta me cruzo con un camión, pero estoy convencido de que es una vaca. Así volvemos al mismo lugar, felices de que así sean, por algunos minutos u horas, nuestros días en la tierra.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Hojas y arbolitos

Saco una foto y, arriba, abajo o a las márgenes siempre la invade la rama de un árbol o alguna hoja caprichosa. Desde hace tiempo me llama la atención que busque esos enfoques y capture las imágenes de esa manera.
Me parece que resultan incompletas si no aparecen en la escena. Y, particularmente se trata de árboles autóctonos, molles, espinillos, talas, algarrobos, acacias, garabatos, que surgen preferentemente en zonas deshabitadas.
Una extraña fascinación me lleva a inmortalizarlos graciosamente en las fotos. No sé nada de éstas conductas que me arrastran a que las tome así, pero quiero creer que es una forma de integrarme a esos sanos sistemas que tanto me dan en goce, en silencio, en alegría y en descanso. Son parte del territorio que ocupan “naturalmente”. Crecen y se desarrollan en condiciones extremas sin la atención de la mano del hombre. Abonan de manera prolífica la tierra, dan sombra generosa y son protectoras cuando uno las necesita. Sus hojas son particularmente bonitas porque adoptan formas caprichosas moldeadas por duras intemperies.
A través de ellas el cielo, el mundo, el universo, se ven distintos. Parecen inofensivas, pero se pueden volver hostiles con sus espinas, y son resistentes cuando las quieren desterrar. Tardan muchos años para mostrarse en su esplendor, porque tienen un lento proceso de crecimiento. Dan ásperos frutos y flores y sus raíces son profundas. Los aromitos, por ejemplo, pueden salir en las grietas de espacios empedrados, en altura, con fuertes vientos y sequías, pero no mueren.
Es emocionante verlas agradecer cuando uno las toca, trata de acomodarlas y las riega un poco, porque notan que alguien las tiene en cuenta, las descubre y las valora. Porqué, me vuelvo a preguntar, invaden los paisajes que tomo cuando estoy en contacto entre ellas? Creo que es porque mucho de ellas tengo en mis raíces, de sus comportamientos aprendo a vivir cada día; porque me aceptan en sus sistemas armoniosos, y me siento seguro y sereno cuando me cobijan.
PD: gracias Haroldo Conti por haber escrito La balada del álamo carolina, y gracias también al viento que me llevó a leerlo.

lunes, 10 de febrero de 2014

El mar de Ansenuza.

Esperé más de 43 años para conocer el mar. Aunque lo tengo a unas tres horas desde mi casa en las sierras, no lo conocía. O mejor sería decir: la mar. Mar Chiquita, esa enorme laguna de agua salada en el noreste de Córdoba. La descubro, a Miramar, en uno de sus mejores momentos de esplendor turístico. Recuperada de dos inundaciones, hoy es uno de los principales centros turísticos de Córdoba.
Prolífica en opciones de alojamiento, gastronomía y recreación, Miramar tiene el encanto particular de ser un pueblo con mucha historia de gringos, criollos y “lunáticos”. Como no ser lunático en un sitio donde la luna aparece de abajo del agua y atrapa todas las miradas y emociones. Supe del calor y su sensación de agobio. De sus aguas tibias y saladas, del barro curativo, del sol en su máxima expresión húmeda. En este lugar te tratan bien. A pesar de que es mucha la gente y mucha la demanda de servicios, tienen la virtud de hacerte vivir la estadía con agrado y seguridad. Me subo al auto y recorro las inmediaciones que ofrecen distintas postales.
Hay mucha historia en este lugar. Una sensación, algo así como una luz infrarroja me delata que mucho ha pasado por este sitio. Los primigenios pobladores, los gringos que se aventuraron a la epopeya del turismo, los tozudos pobladores que se dieron a la tarea de reconstruir un lugar arrasado por la crecida de la laguna.
Un fascinante paisaje te envuelve desde la historia del Gran Hotel Viena, convertido en una ruina envuelta de misterios y sueños. Los escombros que recuerdan la pérdida de más de 100 establecimientos turísticos en la inundación de 1978.
Las viejas casas de campo, altas, húmedas, ruinosas, casi insoportables de habitar en el verano, pero que atesoran las risas, los gritos, las peleas de generaciones de trabajadores rurales. Hoy Miramar es uno de los principales centros turísticos de Córdoba. Tiene vida, tiene noche, juventud, la costanera, agua salada en cantidad, barros curativos, hoteles, hosterías, campings, restaurantes, peñas, boliches, atracciones para todo público. De todo tiene Miramar, pero a mí me atrajo su pasado. Caminar por sus calles de tierra me lleva a recuerdos que no son míos. Pude sentir la vibración del pasado de esa gente que tanto esfuerzo y sueños puso para hacer de ese lugar en el mundo. Por eso, a mí me suena, mejor que Miramar o Mar Chiquita, el mar de Ansenuza.
Era hermosísima la diosa india del agua, que habitaba en su palacio de cristal. Pero Ansenuza era una deidad cruel y egoísta, pues la única ofrenda que la volvía propicia era el primer amor de los mancebos. Se cuenta que un día vio llegar a la costa del lago, que era entonces de agua dulce un príncipe indio malherido en la guerra. Tristemente le sonrió a la diosa, lamentando el no poder sobrevivir para admirar su hermosura. Ella quedó suspensa, como sacudida por un rayo cósmico. Por vez primera el embeleso del amor conmovió su alma. Pero pronto sucumbió a la desesperación el comprender el destino de su amado. El cristalino espejo de agua se convulsionó. Un trueno, como un largo lamento, estremeció el cielo y las nubes lloraron con su diosa. El mar se convirtió en un furioso caos durante un día y una noche. Al amanecer, el joven se encontró en la playa. Sus heridas habían cicatrizado y al abrir los ojos, vio la increíble transformación que se había obrado en la naturaleza. La playa era blanca y las aguas se habían vuelto turbias y saladas. Atónito, el joven recordó a la hermosa mujer que la acariciaba cuando se le iban cerrando los ojos. Ahora se sentía sano y sus nervios tensos estaban sedientos de algo. Comenzó a avanzar por el agua, alejándose cada vez más de la costa, como si un imperativo lo impulsara. Cuando el agua cubrió su cintura comenzó a nadar. No nadaba, flotaba simplemente. Era como si unos brazos femeninos, con dulzura le penetraran por la piel bronceada, y le acariciaran el alma. Y siguió nadando, hasta que un tenue rayo rosado del amanecer lo fue transformando en el grácil flamenco, guardián eterno del amor de la diosa del mar. Desde entonces las aguas del Mar de Ansenuza son curativas, amorosamente curativas. Les juro, es verdad!

jueves, 16 de enero de 2014

Río Seco, el pago de Lugones

El sol norteño, ése que enceguece y recalienta el ambiente me recibe en este lugar. Pocos minutos antes de las nueve, me encontraba en Santa Elena, camino a Cerro Colorado. Era un sábado de noviembre. Algo me inclinó a conocer Villa de María del Río Seco, un lugar del norte cordobés que tenía pendiente. Un sitio por el que pasó Jerónimo Luis de Cabrera antes de fundar Córdoba, al que denominó Quillovil, con el fin de demarcar a Córdoba con Santiago del Estero. Pero mi atención en particular era acercarme al aura de la figura de Leopoldo Lugones, aquel excelso poeta con tuvo devaneos ideológicos que lo terminaron llevando al suicidio en febrero de 1938 en un hotel de Tigre en Buenos Aires, y seguí derecho por la ruta 9 norte. Ese escritor que nació en este recóndito lugar, extremo del norte cordobés, llegó a Buenos Aires y se convirtió en una de las plumas más importantes de nuestra historia, codeándose con Rubén Darío y admirado por Jorge Luis Borges, sí Borges, el del Aleph, quien le dedicó un poema y prologó esa obra maravillosa obra que es Romances del Río Seco. Está claro que tiene muchas otras, quizás mejores, pero estamos en Villa María del Río Seco. En su casa museo hay documentos realmente valiosos, está bien atendido, con horarios amplios, y cuidado y limpieza en las instalaciones, como en el resto del casco céntrico del pequeño poblado. Pero no sólo tiene encanto, atracción y misterio la casa donde nació en 1874, y que hoy es museo provincial.
Río Seco también es la iglesia principal, la plaza del pueblo, el museo Manuel Ulla, en donde se exhiben distintas colecciones sobre arqueología y trabajos relacionados a las pictografías de Cerro Colorado, y el cerro del Romero que atesora una extraña ermita en donde se venera la virgen del Rosario, patrona del lugar, a quien los devotos denominan "La Cautivita".
A propósito de ella, Lugones escribió que hubo en 1747 un atroz malón de indios abipones. Tras la acometida, los invasores se llevaron la imagen, que luego fue restituida a su altar por los propios lugareños, cruenta lucha contra los aborígenes mediante. También acoge al mausoleo de Lugones. En verdad desde la breve cima del cerro se puede apreciar una vista encantadora. Sentís que el valle te rodea y que te envuelve. Lo sentís en los colores, en la brisa del aire, en la imaginación que podes formarte por todo lo que por ahí pasó.
Lo vi de mañana, los atardeceres deben ser formidables, y las noches incomparables por los desniveles que se dibujan en toda la circunferencia del paisaje. Lo subí por una ladera, en donde un perro lugareño me enseño que el estrés allí nunca llegará, que no tiene lugar. Al bajarlo me topé con una especie de monumento que recuerda que allí fue expuesta la cabeza del caudillo santafecino, Francisco “Pancho” Ramírez, ejecutado a pocos kilómetros en Chañar Viejo en 1821, por fuerzas santafesinas y cordobesas que lo venían persiguiendo después de su derrota en Fraile Muerto Para agregar encanto a esa historia (hoy la calificaríamos de cruel, pero casi dos siglos después quién puede juzgar las conductas y decisiones de esa época); hay que decir que Ramírez escapaba tratando de recuperar a su amada Delfina, capturada por Estanislao López. Ahí estaba yo, en el sitio donde los ejecutores decidieron mostrar la cabeza de aquel caudillo. Cuánta historia, cuánto paisaje, cuánto interior, cuánta identidad, cuánto calor también. Fue Lugones, además, quien en marzo de 1903 escribió una crónica en el diario La Nación sobre las pictografías del Cerro Colorado, descubiertas por Luis Brackebush en 1875, durante la presidencia de Sarmiento. Un motivo más para volver a visitar ese continente inacabable de historia y cultura que es el Norte Cordobés. En agenda están San Francisco del Chañar y la posta Las Piedritas, donde fue capturado el virrey Liniers. Me voy a descansar con otra postal de esos caminos y su gente, con otra alegría de ser un privilegiado por conocer estos lugares.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El Pantano, el festival en que se comparte la alegría

A seis kilómetros del Cerro Colorado en dirección a Caminiaga, asoma el paraje El Pantano, un muy pequeño caserío con todas las características de esos lugares donde prevalecen los ranchos, las taperas, y ese bosque tan exclusivo del norte cordobés. Grandes algarrobos, matas, palmas carandí, talas, espinillos y otras especies propias del lugar, adornan un camino de tierra que por algunos tramos es atravesado por los arroyos El Pantano, que luego se convierte en Los Tártagos y llega con manso caudal al cerro. En ese mismo lugar que atesora historias de campo y paisanada, todos los fines de semana del día de la Tradición, se desarrolla uno de los festivales más particulares y acogedores del país: el de El Pantano.
“Esta fiesta surgió de repente hace 13 años. Fue algo muy rápido, y a partir de una hermosa amistad con una maestra santafesina que conoció el lugar y luego volvió con sus alumnos, algunos padres y amigos. Se armó una gran reunión que se viene repitiendo todos los años con mucha más gente que llega de todo el país”, me cuenta, Ramón Bustos, el dueño del lugar en donde se desarrolla el festejo. Ramón sufre de mal de Parkinson, sin embargo nada le impidió salir adelante, y ser el espíritu y el esfuerzo de este festival.
“Aprovecho estos encuentros para reafirmar que la amistad es algo fundamental, y medicina para muchas cosas. Aquí nos reencontramos con las cosas simples de la vida”, añade Ramón, emocionado mientras cuenta y mira todo lo que sucede a su alrededor. Me agrega que El Pantano era el nombre de una de las viejas casas del lugar. El rancho de Ramón es conocido como el Puesto de los Bustos, y allí funcionó el boliche La Serranita, que Atahualpa Yupanqui retrató para la eternidad. Por el cerro de las cañas, Iba cantando un paisano, Despacito y cuesta arriba, Y en dirección del pantano. Cuando dio con el carril, Divisó una lucecita, Está de fiesta el boliche, Que llaman La Serranita. Lindo es ver fletes atados, Con la lonja palenquera, Y sentir una guitarra, Tocando la chacarera. Chacarera del pantano, Que me despierta un querer, Los paisanos zapateando, Mi caballo sin comer. Un criollo miraba al campo, Pidiendo al cielo que llueva, Y se queda mosqueteando, Como vizcacha en la cueva. Sirva vino doña Rocha, Sirva otra vuelta patrona, Ya se siente el olorcito, Del asau de cabrillona. Sirva vino doña Rocha, No me lo quiera cobrar, Con gatos y chacareras, Se lo hei saber pagar. Hoy, en ese lugar se monta el singular encuentro con la instalación de una gran carpa en donde se comparte la comida, charlas, presentaciones de libros, y la vida fluye en las costumbres sencillas que la mayoría de los asistentes perdemos en nuestros lugares de origen o de trabajo.
Afuera artesanos y productores dan forma a una improvisada feria, las familias se instalan en sus carpas y muchos llegan en casas rodantes durante los dos días que dura el festival. Los niños corren, juegan, se reconocen. Los grandes aspiramos ese aire con la seguridad de que es absolutamente sano. En el pequeñito ranchito original de piedra, adobe y paja se ofrece una muestra de fotos y objetos de los antiguos pobladores del caserío. En las lomas que rodean el lugar flamean las banderas de Argentina y de los Pueblos originarios, no en vano es esa elección. “El boliche La Serranita era el lugar de distensión de don Atahualpa en donde se juntaba con la paisanada. Acá se armaban las guitarreadas y los gauchos hacían el asado de cabrillona, una costumbre que en este festival tratamos de recuperar”. Por el escenario natural que se montó en una de las lomas desfilan artistas de la zona, casi todos desconocidos. El espíritu es reunir a la gente, compartir la amistad y reencontrarse con las raíces originarias de nuestros pueblos antiguos. No se trata de un festival que procura atraer a multitudes con artistas famosos, es todo lo contrario.
El nombre que le pusieron al escenario, es también toda una declaración de principios: El Aromo. “Nadie sabe cómo sufre este arbolito en sus raíces, pero hace flores de sus penas”, me revela Ramón, que también vive sus días de esa manera. “Hay que estar un poco loco para armar esta fiesta y venir desde muy lejos para pasar dos días con el rigor del frío y ninguna comodidad, pero hay muchos locos que compartimos este hermoso sueño. Creo que el secreto es comprender que la alegría si no es compartida, no es alegría”
Un amigo que hice en el lugar, después de contarme algunos secretos de las tradiciones que se comparten me dijo: Vas a poder decir que estuviste en El Pantano, como quien sabe con certeza que asistió a un hecho maravilloso.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Los 75 de Caminito

A Río Ceballos se le reconocen en su historia varios mojones: el Cristo de Ñú Porá, los Pozos Verdes, el ex cine Coliseo, la confitería El Colonial, el dique La Quebrada, los 7 vados y, Caminito Serrano. Desde hace más de siete décadas este conjunto filodramático es sinónimo de teatro popular y picaresco en las Sierras Chicas. Creado a partir de una reunión de amigos con el objetivo de hacer teatro vocacional, en éstos 75 años numerosas familias tradicionales aportaron actores a los sainetes o comedias que siempre se presentan a sala llena. En todos los casos las recaudaciones de la venta de entradas es a beneficio de distintas instituciones de Río Ceballos. Caminito Serrano nació el 12 de octubre de 1937, bajo la dirección de Pedro Migliavacca que permaneció en esa función durante 25 años. Sus primeros integrantes fueron Dora de Tonelli, María Fredes, Elvira Migliavacca, Teresita Vilar, Pedro Migliavacca, Antonio Tavella, Mario Migliavacca, Pedro Papi, Domingo Vallaro y Pablo Villar. También Margarita Bozoli y José Bozoli, quienes colaboraron en la pintura de los telones. En esa oportunidad presentaron la obra El jardín de la vida.
Luego se hizo cargo de la dirección Antonio Tavella, hasta su muerte en 1989. Desde entonces tomó la posta en la dirección del conjunto, su hijo, Víctor Hugo. La raíz del grupo es la gente común que integra sus elencos. El comerciante, un ama de casa, un estudiante, un mozo, un plomero, algún funcionario, un niño, desempleados, bohemios, aventureros o jubilados, por una noche se convierten en celebrados actores, mágicos vecinos. Desde la elección de las piezas hasta el estreno, los integrantes se ocupan del vestuario, la escenografía, los decorados, la venta de entradas y la ambientación de la sala. A pesar del éxito que obtienen en cada puesta el grupo nunca perdió el carácter vocacional y solidario, ni tampoco alguno de sus integrantes emprendió carrera en el ámbito artístico de la actuación. Aunque fueron invitados a presentarse en otras provincias, el grupo sólo actuó en localidades vecinas como Salsipuedes, La Calera o Villa Allende.
“Caminito Serrano tiene un duende especial porque siempre hay gente nueva que debuta y transmite esa alegría al resto de los compañeros y espectadores. Debe ser uno de los pocos grupos en el país que sostiene este género teatral, además de uno de los pocos casos en el país con tanta permanencia”, cuenta Víctor Tavella, el heredero que conduce esta tradición. En el transcurso del tiempo, el conjunto fue declarado de interés municipal, se le colocó su nombre a la única sala de teatro de la ciudad y también a una calle. Actualmente está integrado por: Omar Martínez, Juan Dinca, Zulema Tavella, María Cristina Rivas, Hugo Paz, Oscar Crespo, Antonio Rocchia, Laura De Paris, Mirta Peretti, Juan Oshiro y Angel Armagno. Completan la agrupación las apuntadoras Stella Ferrari y Gloria Ríos.
Para celebrar estos 75 años, el sábado 8 de diciembre repondrán la obra Dos señores atorrantes, en la sala de biblioteca popular Sarmiento, a partir de las 22.

martes, 6 de noviembre de 2012

Territorios de personajes

Mientras la mayoría de nosotros vivimos pendientes de nuestras rutinas, oficios y trabajos, muchas personas, por instantes se convierten en personajes que viven una realidad, diametralmente distinta a las nuestras. Seguro tienen sus problemas, sus angustias, sus incertidumbres, pero encuentran puntos de fuga que los ayudan a vivir con sensaciones distintas. Aquí, les comparto cinco historias que publiqué en distintos medios, y que por las recomendaciones y los comentarios de los lectores, lograron perforar esos universos diarios que nos mantienen disconformes con nuestros territorios convencionales.
Rubén Vergara, el letrista de Salsipuedes
Daniel Lucca, el chico grande que mantiene la afición de los radioaficionados
Sergio Lartigue, el repartidor de volantes de Río Ceballos
Cristian Torosian, el empresario que se convierte en mago solidario
Carlos Leonangeli, el yuyero de las sierras En su casa del barrio El Pueblito de Salsipuedes, Carlos Leonangeli reconoce que es feliz. Mira por la ventana un día lluvioso y festeja la humedad que le ayudará a desarrollar sus plantas. En su vivero cuenta con más de 450 especies, que aprendió a combinar para llevar alivio a muchas personas. Se autocalifica como naturópata. “Las plantas nos dan todo”, afirma. Carlos quedó viudo hace más de 10 años, tiene varios nietos, vive solo y la casa que habita le ha quedado enorme. Sin embargo, reconoce que desde hace casi dos décadas su vida cambió, para bien, añade. En 1985 tuvo una grave crisis de salud que lo llevó al borde de la muerte. Era contador de una importante concesionaria de autos, tenía recursos, posibilidades económicas y atención médica de privilegio. Sin embargo, a los profesionales que lo atendían se le “quemaron” los libros y no consiguieron dar con el diagnóstico certero de la enfermedad que lo aquejaba. Fue entonces que se topó con el fenómeno que le cambiaría su vida, y también su enfermedad, las plantas y las hierbas medicinales. “Después de peregrinar por consultorios, clínicas y hospitales sin ningún resultado, decidí abandonar todo y buscar alguna solución en Cuba. Tuve la suerte de poder viajar y comenzar nuevos tratamientos que me ayudaron a mejorar, y fundamentalmente a aprender la importancia de las plantas”, cuenta Carlos, en lo que hoy se ha convertido en una especie de consultorio por el que pasaron miles de personas en estos últimos 15 años, en busca del alivio que no encontraron en las drogas de la medicina convencional. Así, de ser angustiado contador, pasó a tratar directamente con la naturaleza. “Después de muchos años aprendí a entender los prospectos de los remedios convencionales, que jamás hablan de curar, sino de aliviar, efecto que con el tiempo se vuelve contrario, porque el paciente se vuelve dependiente, y a medida que el tiempo pasa pierde efecto, y termina siendo rehén”, cuenta. A medida que se distanciaba de los tratamientos médicos, comenzó a escucharse a sí mismo y a su cuerpo. “Empecé a instruirme en conocimientos de medicina, propiedades de las plantas, terapias psicológicas y desde allí mi vida cambió. Me mudé a este lugar, y mis tiempos cambiaron radicalmente, estabilicé mi cabeza, aumenté 10 kilos, me doy tiempo para disfrutar de mis hijos y mis nietos, y me animé a desarrollar este centro de estudios de fitomedicina y antropología médica”, relata. Su método de atención se basa en la situación del sistema nervioso central y el aparato digestivo de las personas que lo consultan; y el tiempo que le dedica a cada uno para tratar de desgranar la causa de la dolencia que les aqueja. “La mayoría de las veces nos enfermamos por emociones”, describe. A partir de su diagnóstico les sugiere infusiones, tés, tisanas con plantas que cultiva en su propio herbario y que él mismo prepara, en algunos casos en combinaciones. “Las plantas sirven para regular y activar las reacciones en nuestros cuerpos, y posibilitan una mejor acción terapeútica, y menos dañina”, explica. En el herbario el 65 por ciento de las especies corresponde a plantas de la zona, un 25 por ciento de la zona de traslasierra, y el resto corresponde a hierbas importadas. “Cuando comencé con este desafío me nutrí de los conocimientos de un médico naturista peruano (Juan Carlos Alaniz)”. Una vez instalado acá corroboraba los efectos de las plantas con el uso que le dan los lugareños, y así fue desarrollando este método. “Hay que desarrollar una sensibilidad para descubrir la vida secreta de las plantas, sus ciclos, sus características, sus propiedades. Nos dan todo, y no son drogas ni están para adorno”. Así adoptó esta filosofía de vida el yuyero de El Pueblito, y es feliz.