lunes, 10 de febrero de 2014

El mar de Ansenuza.

Esperé más de 43 años para conocer el mar. Aunque lo tengo a unas tres horas desde mi casa en las sierras, no lo conocía. O mejor sería decir: la mar. Mar Chiquita, esa enorme laguna de agua salada en el noreste de Córdoba. La descubro, a Miramar, en uno de sus mejores momentos de esplendor turístico. Recuperada de dos inundaciones, hoy es uno de los principales centros turísticos de Córdoba.
Prolífica en opciones de alojamiento, gastronomía y recreación, Miramar tiene el encanto particular de ser un pueblo con mucha historia de gringos, criollos y “lunáticos”. Como no ser lunático en un sitio donde la luna aparece de abajo del agua y atrapa todas las miradas y emociones. Supe del calor y su sensación de agobio. De sus aguas tibias y saladas, del barro curativo, del sol en su máxima expresión húmeda. En este lugar te tratan bien. A pesar de que es mucha la gente y mucha la demanda de servicios, tienen la virtud de hacerte vivir la estadía con agrado y seguridad. Me subo al auto y recorro las inmediaciones que ofrecen distintas postales.
Hay mucha historia en este lugar. Una sensación, algo así como una luz infrarroja me delata que mucho ha pasado por este sitio. Los primigenios pobladores, los gringos que se aventuraron a la epopeya del turismo, los tozudos pobladores que se dieron a la tarea de reconstruir un lugar arrasado por la crecida de la laguna.
Un fascinante paisaje te envuelve desde la historia del Gran Hotel Viena, convertido en una ruina envuelta de misterios y sueños. Los escombros que recuerdan la pérdida de más de 100 establecimientos turísticos en la inundación de 1978.
Las viejas casas de campo, altas, húmedas, ruinosas, casi insoportables de habitar en el verano, pero que atesoran las risas, los gritos, las peleas de generaciones de trabajadores rurales. Hoy Miramar es uno de los principales centros turísticos de Córdoba. Tiene vida, tiene noche, juventud, la costanera, agua salada en cantidad, barros curativos, hoteles, hosterías, campings, restaurantes, peñas, boliches, atracciones para todo público. De todo tiene Miramar, pero a mí me atrajo su pasado. Caminar por sus calles de tierra me lleva a recuerdos que no son míos. Pude sentir la vibración del pasado de esa gente que tanto esfuerzo y sueños puso para hacer de ese lugar en el mundo. Por eso, a mí me suena, mejor que Miramar o Mar Chiquita, el mar de Ansenuza.
Era hermosísima la diosa india del agua, que habitaba en su palacio de cristal. Pero Ansenuza era una deidad cruel y egoísta, pues la única ofrenda que la volvía propicia era el primer amor de los mancebos. Se cuenta que un día vio llegar a la costa del lago, que era entonces de agua dulce un príncipe indio malherido en la guerra. Tristemente le sonrió a la diosa, lamentando el no poder sobrevivir para admirar su hermosura. Ella quedó suspensa, como sacudida por un rayo cósmico. Por vez primera el embeleso del amor conmovió su alma. Pero pronto sucumbió a la desesperación el comprender el destino de su amado. El cristalino espejo de agua se convulsionó. Un trueno, como un largo lamento, estremeció el cielo y las nubes lloraron con su diosa. El mar se convirtió en un furioso caos durante un día y una noche. Al amanecer, el joven se encontró en la playa. Sus heridas habían cicatrizado y al abrir los ojos, vio la increíble transformación que se había obrado en la naturaleza. La playa era blanca y las aguas se habían vuelto turbias y saladas. Atónito, el joven recordó a la hermosa mujer que la acariciaba cuando se le iban cerrando los ojos. Ahora se sentía sano y sus nervios tensos estaban sedientos de algo. Comenzó a avanzar por el agua, alejándose cada vez más de la costa, como si un imperativo lo impulsara. Cuando el agua cubrió su cintura comenzó a nadar. No nadaba, flotaba simplemente. Era como si unos brazos femeninos, con dulzura le penetraran por la piel bronceada, y le acariciaran el alma. Y siguió nadando, hasta que un tenue rayo rosado del amanecer lo fue transformando en el grácil flamenco, guardián eterno del amor de la diosa del mar. Desde entonces las aguas del Mar de Ansenuza son curativas, amorosamente curativas. Les juro, es verdad!

jueves, 16 de enero de 2014

Río Seco, el pago de Lugones

El sol norteño, ése que enceguece y recalienta el ambiente me recibe en este lugar. Pocos minutos antes de las nueve, me encontraba en Santa Elena, camino a Cerro Colorado. Era un sábado de noviembre. Algo me inclinó a conocer Villa de María del Río Seco, un lugar del norte cordobés que tenía pendiente. Un sitio por el que pasó Jerónimo Luis de Cabrera antes de fundar Córdoba, al que denominó Quillovil, con el fin de demarcar a Córdoba con Santiago del Estero. Pero mi atención en particular era acercarme al aura de la figura de Leopoldo Lugones, aquel excelso poeta con tuvo devaneos ideológicos que lo terminaron llevando al suicidio en febrero de 1938 en un hotel de Tigre en Buenos Aires, y seguí derecho por la ruta 9 norte. Ese escritor que nació en este recóndito lugar, extremo del norte cordobés, llegó a Buenos Aires y se convirtió en una de las plumas más importantes de nuestra historia, codeándose con Rubén Darío y admirado por Jorge Luis Borges, sí Borges, el del Aleph, quien le dedicó un poema y prologó esa obra maravillosa obra que es Romances del Río Seco. Está claro que tiene muchas otras, quizás mejores, pero estamos en Villa María del Río Seco. En su casa museo hay documentos realmente valiosos, está bien atendido, con horarios amplios, y cuidado y limpieza en las instalaciones, como en el resto del casco céntrico del pequeño poblado. Pero no sólo tiene encanto, atracción y misterio la casa donde nació en 1874, y que hoy es museo provincial.
Río Seco también es la iglesia principal, la plaza del pueblo, el museo Manuel Ulla, en donde se exhiben distintas colecciones sobre arqueología y trabajos relacionados a las pictografías de Cerro Colorado, y el cerro del Romero que atesora una extraña ermita en donde se venera la virgen del Rosario, patrona del lugar, a quien los devotos denominan "La Cautivita".
A propósito de ella, Lugones escribió que hubo en 1747 un atroz malón de indios abipones. Tras la acometida, los invasores se llevaron la imagen, que luego fue restituida a su altar por los propios lugareños, cruenta lucha contra los aborígenes mediante. También acoge al mausoleo de Lugones. En verdad desde la breve cima del cerro se puede apreciar una vista encantadora. Sentís que el valle te rodea y que te envuelve. Lo sentís en los colores, en la brisa del aire, en la imaginación que podes formarte por todo lo que por ahí pasó.
Lo vi de mañana, los atardeceres deben ser formidables, y las noches incomparables por los desniveles que se dibujan en toda la circunferencia del paisaje. Lo subí por una ladera, en donde un perro lugareño me enseño que el estrés allí nunca llegará, que no tiene lugar. Al bajarlo me topé con una especie de monumento que recuerda que allí fue expuesta la cabeza del caudillo santafecino, Francisco “Pancho” Ramírez, ejecutado a pocos kilómetros en Chañar Viejo en 1821, por fuerzas santafesinas y cordobesas que lo venían persiguiendo después de su derrota en Fraile Muerto Para agregar encanto a esa historia (hoy la calificaríamos de cruel, pero casi dos siglos después quién puede juzgar las conductas y decisiones de esa época); hay que decir que Ramírez escapaba tratando de recuperar a su amada Delfina, capturada por Estanislao López. Ahí estaba yo, en el sitio donde los ejecutores decidieron mostrar la cabeza de aquel caudillo. Cuánta historia, cuánto paisaje, cuánto interior, cuánta identidad, cuánto calor también. Fue Lugones, además, quien en marzo de 1903 escribió una crónica en el diario La Nación sobre las pictografías del Cerro Colorado, descubiertas por Luis Brackebush en 1875, durante la presidencia de Sarmiento. Un motivo más para volver a visitar ese continente inacabable de historia y cultura que es el Norte Cordobés. En agenda están San Francisco del Chañar y la posta Las Piedritas, donde fue capturado el virrey Liniers. Me voy a descansar con otra postal de esos caminos y su gente, con otra alegría de ser un privilegiado por conocer estos lugares.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El Pantano, el festival en que se comparte la alegría

A seis kilómetros del Cerro Colorado en dirección a Caminiaga, asoma el paraje El Pantano, un muy pequeño caserío con todas las características de esos lugares donde prevalecen los ranchos, las taperas, y ese bosque tan exclusivo del norte cordobés. Grandes algarrobos, matas, palmas carandí, talas, espinillos y otras especies propias del lugar, adornan un camino de tierra que por algunos tramos es atravesado por los arroyos El Pantano, que luego se convierte en Los Tártagos y llega con manso caudal al cerro. En ese mismo lugar que atesora historias de campo y paisanada, todos los fines de semana del día de la Tradición, se desarrolla uno de los festivales más particulares y acogedores del país: el de El Pantano.
“Esta fiesta surgió de repente hace 13 años. Fue algo muy rápido, y a partir de una hermosa amistad con una maestra santafesina que conoció el lugar y luego volvió con sus alumnos, algunos padres y amigos. Se armó una gran reunión que se viene repitiendo todos los años con mucha más gente que llega de todo el país”, me cuenta, Ramón Bustos, el dueño del lugar en donde se desarrolla el festejo. Ramón sufre de mal de Parkinson, sin embargo nada le impidió salir adelante, y ser el espíritu y el esfuerzo de este festival.
“Aprovecho estos encuentros para reafirmar que la amistad es algo fundamental, y medicina para muchas cosas. Aquí nos reencontramos con las cosas simples de la vida”, añade Ramón, emocionado mientras cuenta y mira todo lo que sucede a su alrededor. Me agrega que El Pantano era el nombre de una de las viejas casas del lugar. El rancho de Ramón es conocido como el Puesto de los Bustos, y allí funcionó el boliche La Serranita, que Atahualpa Yupanqui retrató para la eternidad. Por el cerro de las cañas, Iba cantando un paisano, Despacito y cuesta arriba, Y en dirección del pantano. Cuando dio con el carril, Divisó una lucecita, Está de fiesta el boliche, Que llaman La Serranita. Lindo es ver fletes atados, Con la lonja palenquera, Y sentir una guitarra, Tocando la chacarera. Chacarera del pantano, Que me despierta un querer, Los paisanos zapateando, Mi caballo sin comer. Un criollo miraba al campo, Pidiendo al cielo que llueva, Y se queda mosqueteando, Como vizcacha en la cueva. Sirva vino doña Rocha, Sirva otra vuelta patrona, Ya se siente el olorcito, Del asau de cabrillona. Sirva vino doña Rocha, No me lo quiera cobrar, Con gatos y chacareras, Se lo hei saber pagar. Hoy, en ese lugar se monta el singular encuentro con la instalación de una gran carpa en donde se comparte la comida, charlas, presentaciones de libros, y la vida fluye en las costumbres sencillas que la mayoría de los asistentes perdemos en nuestros lugares de origen o de trabajo.
Afuera artesanos y productores dan forma a una improvisada feria, las familias se instalan en sus carpas y muchos llegan en casas rodantes durante los dos días que dura el festival. Los niños corren, juegan, se reconocen. Los grandes aspiramos ese aire con la seguridad de que es absolutamente sano. En el pequeñito ranchito original de piedra, adobe y paja se ofrece una muestra de fotos y objetos de los antiguos pobladores del caserío. En las lomas que rodean el lugar flamean las banderas de Argentina y de los Pueblos originarios, no en vano es esa elección. “El boliche La Serranita era el lugar de distensión de don Atahualpa en donde se juntaba con la paisanada. Acá se armaban las guitarreadas y los gauchos hacían el asado de cabrillona, una costumbre que en este festival tratamos de recuperar”. Por el escenario natural que se montó en una de las lomas desfilan artistas de la zona, casi todos desconocidos. El espíritu es reunir a la gente, compartir la amistad y reencontrarse con las raíces originarias de nuestros pueblos antiguos. No se trata de un festival que procura atraer a multitudes con artistas famosos, es todo lo contrario.
El nombre que le pusieron al escenario, es también toda una declaración de principios: El Aromo. “Nadie sabe cómo sufre este arbolito en sus raíces, pero hace flores de sus penas”, me revela Ramón, que también vive sus días de esa manera. “Hay que estar un poco loco para armar esta fiesta y venir desde muy lejos para pasar dos días con el rigor del frío y ninguna comodidad, pero hay muchos locos que compartimos este hermoso sueño. Creo que el secreto es comprender que la alegría si no es compartida, no es alegría”
Un amigo que hice en el lugar, después de contarme algunos secretos de las tradiciones que se comparten me dijo: Vas a poder decir que estuviste en El Pantano, como quien sabe con certeza que asistió a un hecho maravilloso.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Los 75 de Caminito

A Río Ceballos se le reconocen en su historia varios mojones: el Cristo de Ñú Porá, los Pozos Verdes, el ex cine Coliseo, la confitería El Colonial, el dique La Quebrada, los 7 vados y, Caminito Serrano. Desde hace más de siete décadas este conjunto filodramático es sinónimo de teatro popular y picaresco en las Sierras Chicas. Creado a partir de una reunión de amigos con el objetivo de hacer teatro vocacional, en éstos 75 años numerosas familias tradicionales aportaron actores a los sainetes o comedias que siempre se presentan a sala llena. En todos los casos las recaudaciones de la venta de entradas es a beneficio de distintas instituciones de Río Ceballos. Caminito Serrano nació el 12 de octubre de 1937, bajo la dirección de Pedro Migliavacca que permaneció en esa función durante 25 años. Sus primeros integrantes fueron Dora de Tonelli, María Fredes, Elvira Migliavacca, Teresita Vilar, Pedro Migliavacca, Antonio Tavella, Mario Migliavacca, Pedro Papi, Domingo Vallaro y Pablo Villar. También Margarita Bozoli y José Bozoli, quienes colaboraron en la pintura de los telones. En esa oportunidad presentaron la obra El jardín de la vida.
Luego se hizo cargo de la dirección Antonio Tavella, hasta su muerte en 1989. Desde entonces tomó la posta en la dirección del conjunto, su hijo, Víctor Hugo. La raíz del grupo es la gente común que integra sus elencos. El comerciante, un ama de casa, un estudiante, un mozo, un plomero, algún funcionario, un niño, desempleados, bohemios, aventureros o jubilados, por una noche se convierten en celebrados actores, mágicos vecinos. Desde la elección de las piezas hasta el estreno, los integrantes se ocupan del vestuario, la escenografía, los decorados, la venta de entradas y la ambientación de la sala. A pesar del éxito que obtienen en cada puesta el grupo nunca perdió el carácter vocacional y solidario, ni tampoco alguno de sus integrantes emprendió carrera en el ámbito artístico de la actuación. Aunque fueron invitados a presentarse en otras provincias, el grupo sólo actuó en localidades vecinas como Salsipuedes, La Calera o Villa Allende.
“Caminito Serrano tiene un duende especial porque siempre hay gente nueva que debuta y transmite esa alegría al resto de los compañeros y espectadores. Debe ser uno de los pocos grupos en el país que sostiene este género teatral, además de uno de los pocos casos en el país con tanta permanencia”, cuenta Víctor Tavella, el heredero que conduce esta tradición. En el transcurso del tiempo, el conjunto fue declarado de interés municipal, se le colocó su nombre a la única sala de teatro de la ciudad y también a una calle. Actualmente está integrado por: Omar Martínez, Juan Dinca, Zulema Tavella, María Cristina Rivas, Hugo Paz, Oscar Crespo, Antonio Rocchia, Laura De Paris, Mirta Peretti, Juan Oshiro y Angel Armagno. Completan la agrupación las apuntadoras Stella Ferrari y Gloria Ríos.
Para celebrar estos 75 años, el sábado 8 de diciembre repondrán la obra Dos señores atorrantes, en la sala de biblioteca popular Sarmiento, a partir de las 22.

martes, 6 de noviembre de 2012

Territorios de personajes

Mientras la mayoría de nosotros vivimos pendientes de nuestras rutinas, oficios y trabajos, muchas personas, por instantes se convierten en personajes que viven una realidad, diametralmente distinta a las nuestras. Seguro tienen sus problemas, sus angustias, sus incertidumbres, pero encuentran puntos de fuga que los ayudan a vivir con sensaciones distintas. Aquí, les comparto cinco historias que publiqué en distintos medios, y que por las recomendaciones y los comentarios de los lectores, lograron perforar esos universos diarios que nos mantienen disconformes con nuestros territorios convencionales.
Rubén Vergara, el letrista de Salsipuedes
Daniel Lucca, el chico grande que mantiene la afición de los radioaficionados
Sergio Lartigue, el repartidor de volantes de Río Ceballos
Cristian Torosian, el empresario que se convierte en mago solidario
Carlos Leonangeli, el yuyero de las sierras En su casa del barrio El Pueblito de Salsipuedes, Carlos Leonangeli reconoce que es feliz. Mira por la ventana un día lluvioso y festeja la humedad que le ayudará a desarrollar sus plantas. En su vivero cuenta con más de 450 especies, que aprendió a combinar para llevar alivio a muchas personas. Se autocalifica como naturópata. “Las plantas nos dan todo”, afirma. Carlos quedó viudo hace más de 10 años, tiene varios nietos, vive solo y la casa que habita le ha quedado enorme. Sin embargo, reconoce que desde hace casi dos décadas su vida cambió, para bien, añade. En 1985 tuvo una grave crisis de salud que lo llevó al borde de la muerte. Era contador de una importante concesionaria de autos, tenía recursos, posibilidades económicas y atención médica de privilegio. Sin embargo, a los profesionales que lo atendían se le “quemaron” los libros y no consiguieron dar con el diagnóstico certero de la enfermedad que lo aquejaba. Fue entonces que se topó con el fenómeno que le cambiaría su vida, y también su enfermedad, las plantas y las hierbas medicinales. “Después de peregrinar por consultorios, clínicas y hospitales sin ningún resultado, decidí abandonar todo y buscar alguna solución en Cuba. Tuve la suerte de poder viajar y comenzar nuevos tratamientos que me ayudaron a mejorar, y fundamentalmente a aprender la importancia de las plantas”, cuenta Carlos, en lo que hoy se ha convertido en una especie de consultorio por el que pasaron miles de personas en estos últimos 15 años, en busca del alivio que no encontraron en las drogas de la medicina convencional. Así, de ser angustiado contador, pasó a tratar directamente con la naturaleza. “Después de muchos años aprendí a entender los prospectos de los remedios convencionales, que jamás hablan de curar, sino de aliviar, efecto que con el tiempo se vuelve contrario, porque el paciente se vuelve dependiente, y a medida que el tiempo pasa pierde efecto, y termina siendo rehén”, cuenta. A medida que se distanciaba de los tratamientos médicos, comenzó a escucharse a sí mismo y a su cuerpo. “Empecé a instruirme en conocimientos de medicina, propiedades de las plantas, terapias psicológicas y desde allí mi vida cambió. Me mudé a este lugar, y mis tiempos cambiaron radicalmente, estabilicé mi cabeza, aumenté 10 kilos, me doy tiempo para disfrutar de mis hijos y mis nietos, y me animé a desarrollar este centro de estudios de fitomedicina y antropología médica”, relata. Su método de atención se basa en la situación del sistema nervioso central y el aparato digestivo de las personas que lo consultan; y el tiempo que le dedica a cada uno para tratar de desgranar la causa de la dolencia que les aqueja. “La mayoría de las veces nos enfermamos por emociones”, describe. A partir de su diagnóstico les sugiere infusiones, tés, tisanas con plantas que cultiva en su propio herbario y que él mismo prepara, en algunos casos en combinaciones. “Las plantas sirven para regular y activar las reacciones en nuestros cuerpos, y posibilitan una mejor acción terapeútica, y menos dañina”, explica. En el herbario el 65 por ciento de las especies corresponde a plantas de la zona, un 25 por ciento de la zona de traslasierra, y el resto corresponde a hierbas importadas. “Cuando comencé con este desafío me nutrí de los conocimientos de un médico naturista peruano (Juan Carlos Alaniz)”. Una vez instalado acá corroboraba los efectos de las plantas con el uso que le dan los lugareños, y así fue desarrollando este método. “Hay que desarrollar una sensibilidad para descubrir la vida secreta de las plantas, sus ciclos, sus características, sus propiedades. Nos dan todo, y no son drogas ni están para adorno”. Así adoptó esta filosofía de vida el yuyero de El Pueblito, y es feliz.

martes, 14 de agosto de 2012

Cascadas

Soñé que caminaba por senderos que me abrazaban con árboles, piedras, y pequeños arroyos que me conducían hacia una cascada con agua fresca. Entremedio las sombras de los árboles, la humedad creciente y la vegetación profusa me hacían confundir la hora en la que estaba atravesando esos senderos.
También soñé con subidas dificultosas entre ramas y piedras, soleados paisajes, cantos de pájaros y frescura vegetal. En realidad no eran sueños, sino recuerdos de pequeñas experiencias recorridas en mis Sierras Chicas. Los Hornillos Es uno de los saltos más atractivos de la zona. Hay que llegar a los pozos verdes por la margen izquierda del paredón del dique La Quebrada, y emprender una caminata de unos 45 minutos, cruzando el arroyo, pisando piedras, embarrándote en distintos cruces y peldaños.
Es recomendable emprender el recorrido por la parte alta de los Pozos Verdes para ver el zigzagueo del arroyo desde arriba y contemplar un paisaje que transmite armonía y tranquilidad. Ya en el curso del arroyo el sonido del golpe de las pequeñas olas que se forman a partir del choque con las piedras es encantador. La dimensión enfrentada con la rutina de nuestras actividades cotidianas.
Más cruces por el río entre piedras, sensación de aventura. La llegada a la olla principal y el salto resulta un premio a un mediano esfuerzo físico que nunca deberíamos abandonar. Los lugareños le agregan a esta visita el ascenso a la olla del puma, que es un sitio de indiscutible belleza y tranquilidad, además de que ofrece un espejo de agua incomparable para disfrutar en temporada. Bamba Hay una historia que conocer antes de llegar a esta cascada: la leyenda del indio Bamba. Ese mestizo que raptó a una mujer de la alta sociedad cordobesa como ocurre en las novelas de Florencia Bonelli. Fueron perseguidos, tuvieron hijos y él murió de manera trágica cayendo en esas aguas. Para acceder a esta cascada hay que llegar a la estación de Bamba en La Calera. Hacer una primera escala en el bar de Beto, siempreeee!!! y recorrer algunos metros a pie por la vías del ferrocarril que hoy utiliza el Tren de las Sierras.
A mano izquierda, en donde se advierten unas viejas ruinas hay que saltar un alambrado y emprender el recorrido a través de un sendero típico de nuestras sierras. La vegetación es atrapante, el agua completamente cristalina y las sombras de los árboles y las piedras te transportan a un paisaje de ensueño. Cómo no tejer historias o inventar leyendas en ese lugar?.
La primera impresión de la cercanía de la cascada te puede hacer incurrir en una equivocación. Es que justo antes del salto principal, otra caída de caudalosas dimensiones te hace pensar que llegaste. Pero aún falta un ascenso de casi 90 grados que te depositará en la pequeña olla y el salto que pocos llegan a conocer. Desde los rieles hasta el salto se deben caminar unos 50 minutos con exigencia media. Como en Los Hornillos, existe un sendero, muchas veces tapado por las malezas, que conduce arriba y ofrece otros encantos.
Aunque el caudal de la cascada no es tan impactante como otras, el recorrido para encontrarla es una aventura indiscutible. Los Cóndores Es quizás, junto a la de Bamba, una de las que ofrece mayor riqueza de vegetación. Para quienes vivimos en una ciudad semiurbana, esto es una selva. Paisajes que cambian de color según las sombras y la hondura de los árboles que llegan a taparlo todo. Pequeñas ollas intermedias a modo de piletas naturales con agua semicálida. Los helechos más lindos del mundo están acá, aunque alguien pueda sostener lo contrario.
Para llegar a la olla y el salto principal hay que atravesar una “noche” de piedras, árboles y agua fría que contrasta con el sol abrasador que podremos mirar una vez sentados en uno de los troncos desde los que se disfruta la cascada y, de fondo, la clásica postal de loma serrana.
El baño en sus aguas ofrece un refresco incomparable.
La vuelta se convierte en una fiesta entre frutales y cantares cadenciosos del arroyo, caballos a los costados y algunos baquianos que disfrutan ciertamente de esas bellezas cada día. Los Guindos De todas las cascadas de esta parte de las sierras de Córdoba es, quizás, una de las pocas que casi no derrama agua en su caída. Algo tendrán que ver las estancias reacondicionadas sobre el nuevo camino de El Cuadrado y los desvíos del curso natural que la abastecía aguas arriba. Para encontrarla hay que llegar hasta Colanchanga, pasar El Ombú y el Nido Gaucho, dos abastecimientos tradicionales del sector, y desviar por el camino que va a la izquierda apenas se pasa esa segunda pulpería.
Un sendero te conducirá hasta la caída de agua en medio de otra vegetación amigable y sorprendente. Se puede ascender a su curso por un sendero que está a la derecha y observar la típica vegetación serrana en contraste con el sol y las sombras. Aconsejo llevar un libro o una revista para leer mientras reposas en una de las piedras que está al pie de la cascada, la tranquilidad es trascendente en un lugar al que pocos llegan. La Estancita El salto de La Estancita es, quizás, el más fácil de acceder. En auto se llega prácticamente hasta su fuente sin mayor esfuerzo. Por el nuevo y pavimentado camino de El Cuadrado, se llega hasta el desvío hacia La Estancita, y el vehículo se puede dejar estacionado, con cuidado, a unos 500 metros de sendero de montaña hasta el salto de unos 14 metros de altura. Sin embargo, para mí, el mejor recorrido para disfrutar de ese lugar comienza unos dos kilómetros más adelante del desvío convencional de la cascada.
Hay que seguir de largo y llegar hasta la escuelita rural y la capilla que tan bien pintó José Malanca, bordear el arroyo, que ofrece hermosas ollitas a su paso, y disfrutar de los verdes más bonitos de las Sierras Chicas. Por esa cuestión de la facilidad del acceso es la que más gente recibe los días de calor. Un auténtico oasis de refresco, que te factura el regreso en su empinada subida, que al conocerla es una plácida bajada, pero al volver se vuelve una cumbre exigente. Pero el esfuerzo vale la pena.
Las cascadas son opciones para esos días en que todo parece estar bajo control y la vida se vuelve un aburrimiento. Un premio para quienes no vivimos en ciudades colmadas de cemento y luces artificiales.

sábado, 30 de junio de 2012

Tulumba, a las once

Por el lado en que le entres a la ruta, resulta anodina. A mitad de camino entre Deán Funes y San José de la Dormida, por la ruta 9 norte, Tulumba empieza a mostrar su belleza inconmensurable a pocos kilómetros de su ingreso; antes es pavimento, llanura y lomas bajas que se confunden con el común del camino del norte cordobés. En sus entrañas se halla el esplendor de la zona. Un desvío de casi 90 grados en desnivel te hace ingresar a su poblado. En bajada ya sentís que estás en un lugar completamente distinto. Un mantenido empedrado histórico te recibirá, algunas casas viejas a los costados en donde las gallinas duermen en autos abandonados te transportan a un tiempo que si viviste no recordás, y que si no, nunca entenderás.
Casonas señoriales, la plaza, la iglesia principal, la calle Real, las luminarias de época. Tulumba declarada villa en 1803, fue una las primeras tierras que pisaron los conquistadores en el 1500. Los nativos del lugar tienen la cara de la villa: gestos antiguos, profundos, atentos, generosos, predispuestos. A quienes nos gusta mirar, relacionar y valorar la historia, encontramos en este lugar una auténtica veta prolífica.
El primer paso por la calle Real inevitablemente remonta a las lecturas de las historias del hijo del hijo de Jerónimo Luis, los Reinafé, fray Mamerto Esquiú, los indios sanavirones y comechingones, granaderos, combatientes de Malvinas y los actuales pobladores que pugnan por convertirla en una localidad vivible.
La recuperación del Camino Real permitió la instalación en el lugar de un centro de interpretación que resulta útil para comprender la ubicación en que uno se encuentra, aunque no la profundidad del suelo está pisando. Después de descansar de la primera jornada en una habitación para turistas, el ejercicio es caminar las calles interiores en donde se amontonan viejas edificaciones de la edad colonial que aún conservan la impronta de una época en que todo se hacía a caballo, a carreta, y de manera muy pausada.
Una caminata hacia el cristo del poblado permite observar desde una altura mediana la belleza de un valle inesperado por lo árido que parece el territorio.
De mañana, bien temprano, caminar por la vera del arroyo que alguna vez debe haber sido caudaloso también remonta a morteros, cuevas, encuentros bajo los sauces, y senderos húmedos plagados de anhelos e ilusiones inconclusas. 200 años después, Tulumba es escenario de novelas históricas y románticas de escritoras consagradas. Los paisanos del bar de enfrente de la iglesia son toda una postal del lugar: llegan en autos prehistóricos, visten camperas desusadas, pantalones sucios, calzado gastado. Saben pedir exactamente el trago tradicional al que paladean con la experiencia de los ciertos; y se toman un tiempo inmemorial para disfrutarlo.
Por la noche Tulumba no descansa; hay peñas en el local del CCI, reuniones en el bar de la nueva terminal, guitarreadas en los comedores, apuestas clandestinas en un local de bailes, discusiones cuchilleras en algún almacén que atiende de sol a sol. A la mañana temprano sólo prevalece el olor de las panaderías y algún almacén. Es frío el despertar en Tulumba, sereno también, y solitario; muy solitario. Ser turista en esta población del norte cordobés es una condición privilegiada porque son pocos, y especialmente considerados y atendidos. Eso sí, a la villa hay que llegar o levantarse después de las 11, porque el reloj histórico del lugar recién se enciende a esa hora.
Antes, todo es historia, identidad, pausa, reflexión, paz interior; armonía, aunque para los visitantes ocasionales que estamos de paso. El infierno, para los residentes, también persiste allí. Tulumba 2012.