sábado, 15 de abril de 2017

Patear un córner

Patear un corner Julito se perfiló para darle con la zurda y tirar un centro abierto. Miró con atención el nido del área, y ahí lo invadió la indecisión.
Yo sé que hay gente que va a pensar que divagar por la importancia de patear un córner es una pelotudez, pero, sepan, no es fácil hacerse cargo de esa responsabilidad y menos en los partidos chivos, así que con el mismo respeto con que trato a ésa gente, espero que lean con discreción y aplomo las líneas siguientes, antes de emitir cualquier tipo de juicio, se entiende?; ni para bien, ni para mal, tamo?. Agrego: hacer un gol de córner, si no sos el Beto Alonzo y lo pateás olímpico, en la generalidad es una construcción colectiva, una seria estrategia de juego. No es cómo patear un penal o un tiro libre directo en el que el desafío se reduce a dos. El córner, como en el indirecto requiere que el shoteador tenga temple, cosmovisión, personalidad y espíritu de grupo. A las cosas. Decidir cómo se tira un córner no es cuestión de… así como así, ni, tampoco es para cualquiera. El que se apronta a efectuar esa clase de disparo sabe, a ciencia cierta, que está ante una instancia, probablemente, decisiva, final, definitiva, acaso también gloriosa. “Redimitoria!”, me faltó agregar, de acuerdo a éste caso. En esos momentos, la ilusión de que ése disparo termine en gol pasa a ser determinante, lo es todo, así nomás. Las almas de los hinchas no suspiran durante esos breves instantes, de los propios y los contrarios. El tiempo se detiene, el sol deja de alumbrar, el viento se apacigua, los ruidos ya no se escuchan, el río se aquieta, los pájaros quedan inmóviles en las ramas, las barras de hielo del bufet se descongelan y todo lo que quieran agregar. Sólo el sentido de la vista es el que mantiene plena atención en cada espectador. Volvamos. El código interno de cualquier equipo en los entrenamientos y charlas técnicas previos a un partido chivo establece quién sí y quién no está capacitado para tirar los córner. El tema no es para cualquiera, repito. Ahora, a los hechos!!!. Tercera fecha del campeonato regional; El Social venía de dos empates y una derrota; y jugaba contra Aleti; es decir… no se jugaba nada importante a primera vista, tampoco era un clásico de los bravos, pero era un partido y había que ganar. En ése córner se podía hacer la diferencia para que el Social ganara el primer partido del torneo y, ahora viene lo trascendente de éste relato: el equipo, con éste triunfo el equipo podría recuperar su autoestima y el clima de convivencia que se había vuelto hostil desde que el año pasado no llegaran a semifinales por la expulsión del Nacho Paredes que hizo ese penal injustificable y los dejó afuera con todas las ganas. A propósito, el Nacho no volvió a jugar ni volvió nunca a entrenar. 25 minutos del segundo tiempo. En cancha de once, en un partido cerrado, el valor de tener un córner a favor se entiende sin eufemismos: es o no es. Fool furioso del cuatro de ellos al Pulga, que la venía gastando pero no venía concretando. Para los córners, Cacucha, el técnico, les había marcado dos o tres jugadas de pizarrón que debían servir para despistar a los rivales en éste tipo de situaciones. Inútil agregar que nunca las aprendieron, a esas jugadas ni a otras en las que se devanaba el coco horas el entrenador consultando manuales de técnicas de fútbol local y europeo, y experiencias que divulgaban otros DT en entrevistas del Gráfico y programas de radio y televisión. Todo para aplicarlas en la cuarta del Social, para hacer ganar al equipo de su vida. En la cancha, adentro de la línea, para los jugadores las experiencias previas, charlas, conocimientos, reproches, se dispararon para otros lugares, cargadas de anécdotas ruidosas y alegres en otro sentido, oootro sentido. Bueno…, ante la consumación de la falta, Juancito fue el que tomó la determinación de hacerse cargo de tirar el córner, hasta pose hizo para ir a buscar la pelota. Cosa rara porque siempre fue respetuoso de las órdenes del cuerpo técnico. Ni siquiera lo miró al Cacucha, que gritaba otras instrucciones y quería que a ése corner lo pateara el Conejo Avellaneda, pero ésta vez la decisión la había tomado el Julito. Encaró para el banderín con el balón bajo el brazo derecho, como dicen los relatores que saben transmitir por radio los partidos de fulbo; decidido, firme, acaso esclarecido. Es pertinente también agregar que en muchas canchas no había banderín, apenas se marcaban las líneas con cal, pero en ésta sí había; otra circunstancia esencial para intentar comprender la importancia de esta historia. Julito se perfiló para darle con la zurda y tirar un centro abierto. Miró con atención el nido del área, y, ahí lo invadió la indecisión. En el área: cinco defensores del otro equipo y cuatro de sus compañeros; el Lucho, la Gata, Juancito y el Pulga. El sabía que si le tiraba el centro alto al Lucho era muy posible que terminara en gol. Pero el Lucho venía muy agrandado desde que en el campeonato pasado hizo seis goles en tres partidos clave y terminó levantándose a la Vero, la hija del presidente del club. O sea… se dijo que no: “si yo tengo el poder de decidir a quién le pateo el córner, al Lucho no se la paso ni bosta, que la vuelva a remar, muchas veces la encontró, pero ahora no, conmigo no”. Esa reflexión, tiempo después, cuando ya no jugaba ni tiraba centros, para Julito fue parte de su filosofía para enfrentar varios avatares de la vida. La Gata: astuto como siempre, fiel a su naturaleza, se entremezclaba entre el cuatro y el seis de los otros a los codazos, siempre ganando a fuerza de golpes, imponiéndose por actitud confrontativa, muchas veces favorecido por juicios inciertos del réfer, pero ahora ya parecía cansado. Levantaba la mano pidiendo el centro, pero era más por espamento que por convicción. Ya estaba en los treintados, sabía, internamente, que podía defraudar al conjunto porque no iba a llegar si se la tiraba alto. “La Gata ya está …, el campeonato que viene no va a ser titular, es al pedo que se lo tire a él, porque no la va a ir a buscar ni a pelear, no, a él no”, sentenció Julito, sabiendo que por ahí no iba a ir la cosa. Le quedaban el Juancito y el Pulga. Sin proponérselo, en el vértigo de las instancias propias del partido Julito estaba ante una jugada clave del encuentro que lo erigió como protagonista, tenía que tirar el córner, con todo lo que eso representaba. El Pulga era el crak del equipo; picante, veloz, astuto, oportuno, le pegaba bien con las dos, carismático con la hinchada, contaba chistes en los entrenamientos, calentaba más minutos que los otros antes del partido, el técnico le daba instrucciones secretas en medio de los partidos, y sabía gritar los goles de una manera ceremoniosa ante la hinchada como nadie; las tenía todas. Pero… se echaba algunos mocos con faltas innecesarias, de puro caliente que también era. Julito no podía arriesgarse a que al Pulga lo echaran por maniatar de manera indebida en el área y dejar al equipo con uno menos. Entonces, tomó su tercera resolución: No; “al Pulga no va a ir este centro”, se dijo, sabiendo los reproches que le iban a llegar al final del partido, pero sólo él estaba ahí y sólo él podía decidir. Lo miró al Juancito. A él dirigiría el centro de ése partido inane. Al Juancito, al tres; al que pegaba como un animal porque no soportaba que el 7 de Alambra siempre lo pasara como a un poste, al que lo habían echado el año pasado hasta desde el vestuario, al que no podía hacer tres jueguitos seguidos, al que no entendía qué era el off side, al que no sabía cómo engrasasar el fulbo, al que se distraía si la Vale, la sobrina del cuidador de la cancha estaba mirando el partido, al que no miraba a la hinchada porque sabía que lo puteaban por lo yerros en el área propia, al que se caía porque tenía los regastados los tapones de los botines, al que la tiraba al fondo del orto cuando le gritaban desde el arco “Sacala”; a ése, Julito sentenció que iba le iba a dirigir el centro. A decir verdad, la decisión la tomó en el momento en el que giró la vista hacia la hinchada propia para contagiarse de ése espíritu ganador y vio a la mamá de Juancito entre la multitud. La podía reconocer porque más de una vez lo había ido a buscar al Juancito cuando no estaba firme en su convicción de jugar y la madre lo invitaba a tomar la leche y ver la tele, no cuento nada que no sepan que pasa en todas las canchas del país. Pero ese día no era uno más. La Laura nunca había ido ni había acompañado al Juancito a ningún partido, como hacían el resto de los padres. Verla esa siesta en la cancha lo conmovió, vaya a saber porqué. Sí comprendió que no importaba el partido, no importaba el resultado, no importaban los hinchas, ni el cuerpo técnico, ni los anunciantes, ni los vendedores de choripán, ni los colectiveros, ni la Vale, ni nada, la nada contundente; era él, el Juancito y su vieja, y a la bosta! Decidido: el centro tenía que ser para Juancito, para que se luciera ese domingo y le sacara una sonrisa a su vieja, tan maltratada por la vida en otras instancias que no vienen al caso. “Vá para vos Juancito”, le gritó, levantando la mano derecha. De zurda buscó el marote del tres, los otros lo reputiaron porque alevosamente estaba violando códigos implacables de equipo, tácticas ya pactadas, ilusiones individuales, pero eso no importaba en ese momento. “Ustedes no entienden nada”, les dijo después, en lo que se suponía era un vestuario, pero no pasaba de tapera. El centro salió pasado. Julito se agarró la cabeza con las dos manos porque sabía que le había de más, Juancito empezó a retroceder rápido para volver a su puesto, los otros tres lo reputiaron con esa furia propia de los despojados de un triunfo certero por culpa de un mal envío no convenido. El técnico se puso las manos en los bolsillos, la hinchada ni dijo uuuhhh, y el juego prosiguió. En definitiva, luego de aquel episodio impropio, para las reglas convencionales de los códigos fútbol, no había pasado nada importante. Excepto que Julito sintió que había ascendido un escalón. Le habían dado el poder de decidir a quién asistir en el juego de la vida, y estaba satisfecho de haber hecho lo correcto. A la noche, en el bar de la Betty, adonde se juntaban todos los domingos después de los partidos, un boló descolocado, como tantos otros de aquella banda que no habían estado en la cancha, pregunto: “Y?…maestro, cómo terminó el partido? El Julito, en paz con la decisión que había tomado, respondió: “Empatamos, pero qué importa?”

jueves, 6 de abril de 2017

Romper vidrios

Uno quiere romper, pero no siempre puede, y cuando ocurre se siente diferente.
Ir, ver, merodear, tentarse, aunque arrepentirse al principio. Así puede describirse esa primera impresión que lo afectó hasta consumar el hecho sin considerar el destino posterior. Una vieja casa grande abandonada, en una terraza fue la escena. Vieja, pero vieja, viejaza. Empezó por entrar al patio desolado, no había plantas, ni macetas, ni faroles, nada como suele decirse, ni siquiera telarañas. Imaginó que por allí pudieron pasar miles de personas con miles de historias en más de ochenta años, qué se yo…, tantas anécdotas como quienes pasaron por el lugar y sus alrededores. A medida que pasaban los minutos perdió la dimensión de los tiempos y no pudo seguir reconstruyendo lo que su imaginación le iba señalando hasta que decidió volver, como un angelito, a su casa, pero con la idea fija. Otro día se atrevió a entreabrir una ventana y animarse a ver que podría haber en el lugar. Era una casa grande, no llegaba a casona porque no tenía patio verde, pensaba entonces, pero ya le había ganado la curiosidad por ver más, agudizar la observación, agrandar el porqué tenía que seguir. Sólo no se animaba a entrar al lugar, así que buscó a un amigo para hacerlo cómplice de la aventura/travesura y daño posterior, definitivo. Pactaron el día en secreto y por una ventana ya marcada entraron a la casa. Con temeroso cuidado empezaron a recorrerla y a descubrirla, con una candidez infantil que luego pasó a ser conducta dolosa sin castigo eficiente. En el interior de la casa no había nada, pero nada de nada. No llegaban a imaginar cuándo se habrían llevado todo, ni cuánto, ni qué hubiera habido, pero no podían parar un frenesí irrefrenable de ocurrencias propias en esa edad. Tocaron las paredes, las puertas y sus marcos de madera para calcular la temperatura de sus palpitaciones nerviosas mientras caminaban con sigilo, quizás esperando un hecho o aparición infausta, pero no pasó nada paranormal. Patearon algunas piedras que había en el piso, con cuidado de no hacer ruido y alertar a vecinos quisquillosos. Cómplices en esa historia que siempre mantuvieron en secreto -hasta hoy- en silencioso código de barrio pergeñaron el desenlace. La casa, más allá del enigma indescifrable del resto de la banda, era de ellos. Estaban seguros de que nadie iba, lo habían constatado en varias irrupciones; apenas algunos gatos hambrientos que atravesaban por el patio para cruzar a otra vivienda. La cuestión principal de la justificación de esta narración fue ésta: tenía que ser a la tardecita, cuando el ruido del paso de los autos y colectivos amortiguaban los sonidos menos trascendentes de las casas y los negocios aledaños. El objetivo: terminar con todo, no debía quedar nada a medias, nada. Se vistieron para la ocasión, con buzos de mangas largas y pantalones largos también, y las zapatillas con las suelas más duras que tenían para evitar dejar señales inexcusables en sus cuerpos. “Bueno, empezá vos, - no… dale vos” se desafiaron, pero, en realidad, no se dieron tiempo para discutir inútilmente. “Vos aquella, a mí déjame ésta”, y comenzaron la ceremonia. Aquellas piedras que habían pateado la primera vez que entraron en la casa, se convirtieron en proyectiles infalibles que no dejaron ninguno a salvo. “No quedó ninguno”, se confesaron con orgullo. La sensación de adrenalina, ahora aprendieron a definir esa situación de entonces, los volvió seres insaciables, elefantes en un bazar, bestias descarriladas en la selva, vampiros en un banco de sangre, cangrejos en una playa de Panaholma. El ruido de los impactos, exactos y precisos, en cada uno de los vidrios de todas las ventanas y puertas de la casa, menos los del frente, obvio porque daban a la calle; les provocaba un éxtasis indescriptible. Cada estallido representaba un sueño incumplido, una materia pendiente, la señal de los desafíos por venir, el porqué de los no sé porqué, pero así se sentía. Como tirarse en un parapente con los ojos cerrados, hacer un salto en garrocha de tres metros, tirarse de un trampolín de nueve metros de cabeza, acelerar un karting en bajada a 20 kilómetros, tocar el timbre de la casa de la vieja más enculada de la cuadra, entrar al cementerio abandonado de noche, robarle caramelos al gordo del kiosco; en fin, eran todas esas sensaciones juntas hechas triza, literalmente: trizas. No parecía, pero la “travesura” los hizo terminar agitados. Nunca imaginaron cuánta energía les podía consumir esa aventura a la que se habían dado sin medir las consecuencias. Muchos años después, recordada como anécdota; y luego de atravesar distintas experiencias en el transcurso de sus vidas, aquella infantil historia les resultó aleccionadora. Uno quiere romper vidrios para atravesar sensaciones extremas, pero no siempre se puede. Cuando ocurre; uno se siente diferente. Ahora, sólo, puso las manos en los bolsillos delanteros del vaquero, miró al cielo que estaba nublado y se fue caminando para el otro lado de aquella vieja casa, de la que hoy, desconoce, qué suerte tuvo luego de aquella travesura.

viernes, 16 de diciembre de 2016

La Magia del festival de San Antonio de Arredondo en Punilla

A mediados de cada diciembre desde hace 26 años, San Antonio de Arredondo reúne a gente y artistas de todo el país. Este singular encuentro fue pergeñado, entonces, por el celador de la escuela del pueblo, el Negro Valdivia. La idea era reunir a la comunidad educativa y darle espacio a expresiones artísticas del lugar y de la zona. En ese primer encuentro participaron poco menos de 200 personas en un descampado cercano al río. El año siguiente ya fueron unos 500, y desde entonces no dejó de parar su crecimiento. El despegue extralocal se dio cuando Raly Barrionuevo aceptó ser padrino del Encuentro nacional y cultural de San Antonio de Arredondo. Así, se fueron agregando artistas de todo el país que participan sin cobrar un solo peso. En la última edición de este fin de semana no se podía calcular la cantidad de gente que concurrió porque no se cobra entrada, pero algunos especulan que durante los cuatro días pasaron por el lugar unas 15 personas. Cientos de carpas se convierten en el refugio temporario de miles de asistentes que pueden disfrutar de actividades de todo tipo en tres fogones musicales, espacios abiertos para talleres culturales de distintas opciones, carpas para proyecciones de películas, presentación de libros, charlas con pintores, muestras de fotografías, puestas de teatro, actividades para los niños, y mucho más. En cualquier rincón te puede sorprender un malabarista que desafía a una artista que hace destrezas en tela, o varios jóvenes que buscan formas novedosas del manejo de los aros. Al pensar resulta inabarcable describir todo lo que allí ocurre.
La gente camina, se encuentra, planifica todo el año la llegada a San Antonio para reencontrarse. Emociona llegar al predio y empezar a encontrarte con conocidos que hace tiempo no veías, y hacer nuevos conocidos. Durante el día las actividades son múltiples. El río es un aliado inestimable para atemperar algunas horas de sofocación y trasladar a ese ambiente otras actividades. Por la noche, cuando empiezan las presentaciones de artistas en el escenario principal Jacinto Piedra, la magia llega a su momento de éxtasis. La conducción armoniosa del Negro Valdivia, y el respeto de cada artista a sus tiempos de actuación, habla también del espíritu del encuentro. Este año se logró un momento mágico y emocionante la madrugada del domingo, cuando en el marco de la actuación del grupo La Pacota, artistas que miraban desde abajo del escenario subieron a acompañarlo en la interpretación de Vamos mi negra. "Encuentristas" como Mery Murúa, Ramiro González, Raly, José Luis Aguirre y Valvidia junto a la enorme bailarina Silvia Zervini, lo acompañaron en esa canción que procura darle fuerza a su compañera que sufre una enfermedad severa. Después la apoteosis llegó en el final de la actuación de José Luis Aguirre, cuando todos esos artistas, más Paola Bernal, integrantes del Presenta trío y una multitud que copó el escenario para bailar, preanunciaron lo que fue un cierre completado con Bicho Díaz, Raly, y otros más hasta la luz del amanecer ganó el lugar. Resumir la experiencia de haber estado en el encuentro de San Antonio es tarea imposible. Muchas emociones irán floreciendo a medida que vaya recordando momentos, saludos y conversaciones. Los ojos no pueden parar de mirar, el cuerpo no puede parar de moverse, las emociones no dejan de sorprenderte, no podés dejar de sentirte feliz. En fin, hablé con el Negro Valvidia y le pregunté qué explicación tenía éste fenómeno que no trasciende a escala de grandes medios, y no supo contestarme, o sí; me dijo: "No tiene explicación, es un hecho mágico". Cuando intenté averiguar cuánta gente disfrutaba de este encuentro, agregó: "Algunos pueden decir que vinieron unas 20 mil personas, yo que digo que son 20 mil abrazos", tomá. PD: El Negro Valdivia es un consagrado bailarín al que invitan los principales artistas cuando quieren agredecer a los asistentes a sus espectáculos, y también un agradecido que puede participar en cualquier cumpleaños, aniversario, reunión de amigos en parajes en donde se baila en patio de piso. Este hombre fue el que tuvo la idea inicial del Encuentro y en uno de los primeros encuentros, Raly, que es una especie de padrino, consiguió que llegaran a tocar un par de temas León Gieco y Gustavo Santaolalla. Esa noche, cuentan, fue interminable, y Santaolalla se fue hechizado con la experiencia. Así fue que terminó escribiendo la canción Celador de sueños, que alude a ese celador que 26 años atrás empezara a movilizar a una comunidad escolar y hoy es un fenómeno "inexplicable". No sé si cabe agregar que la Negra Sosa grabó ese tema en su disco póstumo "Cantora". PD2: Un compañero del diario, Augusto Laros, me preguntó hace un rato qué me había parecido el encuentro y por teléfono le contesté que no podía terminar de procesar la experiencia, y el guanaco me escribió: "Me siento un poco en deuda con el encuentro. Le saqué más de lo que le dejé. Colaboraré el año que viene". Se va entendiendo porqué resulta imposible resumir esta cuestión. Gracias Encuentro!.

domingo, 1 de marzo de 2015

EL DESPRENDIMIENTO DE LAS RAICES

REFLEXION. A 2 semanas de la trágica tormenta EL DESPRENDIMIENTO DE LAS RAICES
El domingo 15 de febrero a la siesta, después de almorzar, salí al patio de mi casa para atender una llamada del diario y mientras hablaba, escuchaba el ruido potente del arroyo que pasa por la costanera, en Río Ceballos. Terminé la llamada y bajé a ver lo que pasaba, y por primera vez sentí el estremecimiento que aún hoy, 1 de marzo, me sobresalta cada vez que recorro los lugares y las caras con gestos arrasados. El ruido fue lo que más me llamó la atención, y no lo olvidaré. Después fue ver la destrucción, la desesperación, el desconcierto, la angustia, impotencia. La noticia de los primeros muertos comunicada con fría naturalidad y a velocidad de rayo. Como el resto, bomberos, defensa civil, municipales, policías, actuaba con desconcierto ante un hecho del que no teníamos la menor idea de la dimensión que representó. La noche del domingo tampoco la voy a olvidar. Las calles cortadas y oscuras, los puentes destruidos, máquinas descontroladas intentando reparar algo, agua y barro por todos lados, y miedo, mucho miedo. Gente temerosa que, en el centro, no sabía ni podía imaginar lo que estaba pasando en Ñú Porá y barrio Loza, o en La Quebrada y Los Manantiales; y en el resto de las localidades vecinas. Incomunicados en la expresión más extrema. Siguió lloviendo parte de la noche, y el lunes amaneció semidespejado, con algo de sol. Camino a la radio comencé a confirmar el temor con el que me había ido a dormir: la postal tremenda que podía llegar a imaginar y que anhelaba sólo fuera otra pesadilla de las que a veces abruman. Pero no fue así, era la realidad. La avenida San Martín copada por camiones del Ejército y Gendarmería, autobombas de bomberos, el municipio convertido en un cuartel de operaciones. Desde la radio empezamos a confeccionar el mapa del desastre con descripciones que nos hacían los oyentes, mientras escuchábamos afuera las sirenas, helicópteros, y muchos camiones que empezaban a llegar con mercadería para los centros de evacuados. Y después, más o menos lo mismo que ustedes conocen. Los destrozos irreparables, las pérdidas económicas, los nueve muertos, la solidaridad, la falta de agua, la urgencia, el manejo del dique La Quebrada, el miedo a las crecientes porque no para de precipitar, el récord de lluvias, las historias rotas en cada esquina, el cambio de la geografía que nos daba identidad, las polémicas que vendrán mientras nos damos a la reconstrucción y todo lo que trae aparejado un escenario de post destrucción de una zona como la nuestra. Pero, el ruido fue lo que más me llamó la atención, y no lo olvidaré. Acaso encontré una explicación cuando hablé con Carmen Peñaloza, una vecina de Cerro Azul, que junto a su familia quedaron aisladas en el lugar. “Nunca vi algo así en mi vida. El río que era una hermosura, cambio totalmente su cauce. Los árboles caían como si fueran yuyos y era estremecedor el ruido del desprendimiento de las raíces. No dan ganas ni de salir a mirar”. En las palabras de esta mujer empiezo a comprender la tragedia desde mi forma de sentir: “estremecedor el ruido del desprendimiento de las raíces”.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Santa Patricia

Santa Patricia Patricia era su nombre. La descubrí al verla caminar con el paso intenso de las mujeres que viven a la velocidad de las hormigas en temporada, es decir…: con un hormiguero en el culo, como le dicen. Esas mujeres te dejan la impresión de que siempre tienen algo por hacer y que el tiempo nunca les alcanza. Ese fragor las hace distintas, por eso te llaman la atención. Además, tenía un rostro agradable, una mirada entradora, gestos delicados, buen culo, … pocas tetas. Nunca conocí a una mujer con todos los atributos juntos, y las que ví, y me gustaron nunca me conocieron, pero creo me estoy yendo de contexto. Fue una tarde, en la ferretería del pueblo. Ella, después lo supe, era diseñadora de interiores, y se ganaba la vida vendiendo diseño y publicidad para una revista de turismo. Yo era, entonces, un experto en mantenimiento de parques y jardines, aunque todos me conocían como “Luisito”. Así las cosas cualquiera podría pensar: porqué dos personas de extracciones sociales y culturales tan distintas llegarían a conocerse en una ferretería de pueblo e imaginar que se daría una futura historia de amor, sufrimiento, pasión y desgano. Sin embargo, ese encuentro tiene muchas explicaciones, digamos, más prácticas. Simple: el dueño de la ferretería quería hacer publicidad en una revista un nuevo modelo de desmalezadora Sthil, algo así de fs 500, qué se yo. Ya les conté que ella hacía ese trabajo: vender publicidad para una revista, y yo, sudar la gota gorda en parques, praderas y grandes loteos a la hora de la siesta. Mientras escuchaba la conversación entre el dueño de la ferretería y Patricia, con discreción, pero también con determinación, me acerqué, y dije: “Los productos Sthill son los mejores, consumen poco combustible, tienen durabilidad y su garantía es segura, además de contar con varias bocas de reparación oficial en Córdoba, Villa Allende y en Jesús María”. Ahora que lo escribo me parece que no fui yo el que dijo eso, pero lo dije. Jorge me miró con sorpresa: “Hola Luisito, ya estoy con vos”. Sentí que me ponía una montaña de distancia, a pesar de que al otro día volvería ser el Luisito que conoce desde niño. Mientras divagaba sobre estas cuestiones, ella interrumpió: “No…, espere, lo que dijiste es muy importante y puede servir para la publicidad: garantía, bajo costo, atención. Perdón, me llamo Patricia, vos trabajás con estas máquinas?”. Le dije que sí, que tenía una pequeña empresa de preservación de áreas naturales y parques cerrados, que había aprendido el oficio de mi padre, y que me perfeccioné con asesores de complejos habitacionales de medianas dimensiones en la periferia de la capital, hasta que conseguí algunos contratos en casas de countries. Jorge permaneció un minuto y medio callado durante la conversación, hasta que decidió atender a otra clienta que acababa de ingresar al comercio. Una vez escuché a Dolina, Alejandro, el del programa de radio que lleva a miles de personas y el del libro Crónicas del Angel Gris, y Lo que le costó el amor de Laura, que todo lo que hacemos los guasos es sólo para conquistar minas. Eso fue lo que me propuse esa tarde en la ferretería, qué no, ni no. Es en esos momentos en que nos justificamos el porqué del porqué de lo que, a veces, hacemos, sabiendo que nada vamos a conseguir. Entonces supe que a ella también le gustaban las plantas y los jardines, que adoraba la vida en la naturaleza, el verde, las montañas, las grandes casas sin patios, que le fastidiaba la falta de espacios para que los perros puedan jugar con los niños, y veneraba los cumpleaños de ahijados con muchos chicos correteando alrededor de un pino. Y yo, a todo asentía con gesto exagerado, cuando sólo pensaba: “Te parto en ocho”. Por suerte siempre supe disimular mis pensamientos, así que no eché a perder de manera inane esa oportunidad. Retorné a la situación y dije: “Respecto a la Sthill te puedo asegurar que se vende sola, las marcas traccionan por sí solas y, aunque no necesitan publicidad, jerarquizan a quien las vende. Si te hace falta una foto la podemos producir en uno de nuestros trabajos, y yo puedo posar como modelo”, bromée, sabiendo que estaba yendo al fondo del hueso. Sonrió con firmeza y terminó de conquistarme. Me dijo “nos vemos”, pero no se despidió. Encaró hacia la caja y se puso a conversar con Jorge. A la final yo me había olvidado para qué había ido a la ferretería. Con disimulo hurgué por estantes de productos de limpieza, de plomería, de pesca, pinturas misteriosas, termos de aluminio, adornos de cocina, lampazos, hasta que me paré frente a los cajones de tornillos y arandelas. Se acercó uno de los hijos de Jorge y me preguntó: “Luisito, qué te hace falta?”, “Una tuerca de medio y una arandela para ajustar una pieza de la máquina de cortar pasto”, le dije, al pedo, porque no necesitaba nada. “Algo más?”, insistió, “No…, qué te debo”, “Nada, llevalas”, “Bueno, gracias”, agradecí, todo al reverendo pedo y los dos sabíamos. Cuando tomé la bolsita y me dí vuelta, ella, la Patricia ya no estaba. Ni siquiera se despidió, o si lo hizo no la escuché, y si lo hizo y no la escuché quedé como un tremendo pelotudo. Ahora que lo pienso me remuerdo. Pero siempre es al pedo. Siempre echando moco, cómo no me dí cuenta?, Ella quería despedirse o pedirme algún consejo y yo concentrado en una puta tuerca y una reputa arandela que no necesitaba ni tampoco quería. Acababa de perder a la mujer que por años había soñado, así, así. La tuve a la distancia de una tuerca y no pude tomarla. Me toco los bolsillos para ver si tengo las tuercas y la arandela, y ni la bolsita está, seguro me la olvidé en la estantería. Otra vez lo mismo. Tonto de toda tontería, me perjuro que ya no volveré a esa ferretería, pero sé que es al pedo.

lunes, 25 de agosto de 2014

Tincunacuy (Encuentro, en quechua) Los Cerrillos, Santiago del Estero, grupo Tincunacuy.

En agradecimiento a Cristián (que me invitó a vivir esta experiencia), y a Jorge (que me contó la historia profunda del proyecto). A unos 360 kilómetros de Córdoba capital, en la provincia de Santiago del Estero, se encuentra un inhóspito paraje: Los Cerrillos. Está a 12 kilómetros de Salavina. Para llegar a ese lugar hay que sortear caminos de guadales, tierra, polvo y un calor “abrasador”. Allí se encuentra la escuela nacional 534 Ricardo Ramírez, construida en 1940. Un viejo edificio derruido al que concurren unos 20 alumnos al jardín, y 60 a la primaria.
En sus inmediaciones unas pocas casitas de adobe y algunas de bloques que se levantan a 300 o 400 metros de distancia de la calle de tierra, y a las que se accede a través de senderos rodeados de cactus, matas, molles, piquillines, algarrobos y otras especies nativas. No hace falta aclarar que no hay luz eléctrica, ni agua potable. El punto principal de abastecimiento de agua es el viejo aljibe de la escuela. Los pocos que habitan el lugar viven criando cabras o unas pocas vacas. La mayoría de los hombres son peones golondrina y pasan cuatro o cinco meses fuera del hogar, mientras las mujeres crían como pueden a los hijos. Un lugar que no aparece en los mapas, ni tampoco en la agenda de preocupación de las autoridades. Hace más de 20 años, un grupo de profesionales y residentes santiagueños, cordobeses y catamarqueños, decidieron conformar un grupo que, en misiones solidarias, ayudara a paliar las necesidades de esas pocas personas olvidadas en medio del bosque santiagueño, al borde del río Dulce. Al grupo lo llamaron Tincunacuy, que en idioma quecha significa “encuentro”. Me aclaran que en quecha las palabras son muy precisas y tienen un único significado, que no admiten dobles interpretaciones. Quizás esa sea la explicación de la parquedad de los paisanos. Desde entonces, casi todos los años, porque alguna vez atendieron en otros parajes cercanos, se concentran en Los Cerrillos.
Allí, en un fin de semana se realizan en la escuela atención y controles médicos, de odontología, de vista y se llevan alimentos, ropa; y se organiza el festejo del día del niño, al que acuden familias de los parajes más cercanos de la zona. El grupo está integrado por unos 50 miembros, pero los que suelen viajar son entre 15 y 20 unas tres veces al año. A ellos se les suma el mago Cristian Sahratián, que se ocupa de atrapar la fascinación de niños y adultos que nunca vieron un truco de ilusión, ni siquiera por televisión. Roque Maldonado tiene 68 años. Se dedica al negocio de provisión a las carnicerías, y formó parte del grupo inicial. Hoy es el presidente, pero, remarca, es una cuestión de antigüedad, no de jerarquía. No ha faltado a ninguna de las visitas, incluso en varias oportunidades concurrió sólo a auxiliar a alguna familia de la zona que necesitaba ayuda, y los lugareños inmediatamente pensaron en él, y hacia allí partió, dejando familia y obligaciones. El vigor de él y sus compañeros para hacer el viaje que lleva más de seis horas, costearse el combustible, buscar las donaciones, hablar con empresas y mostrar lo que hacen para conseguir ayuda; además de llegar al lugar y organizar todo para que la gente sólo tenga que ir a la escuela y recibir la ayuda; es conmovedor. Es un día entero infatigable para esta gente. “En el grupo asumimos esta actitud porque estamos convencidos que se trata de nuestras raíces y no podemos desentendernos de las necesidades de esta gente. Mientras siga teniendo fuerzas voy a seguir viniendo, no tiene precio ver la cara de esta gente cuando llegamos y nos esperan como si fuéramos viejos amigos o familiares queridos”, cuenta Roque. Jorge Acosta, también integrante del grupo, aporta una anécdota que expresa la importancia de estos cruces de culturas. “Cuando empezamos a venir, los grandes les decían a los chicos que no hablaran en quechua porque les daba vergüenza, cuando es un rasgo de identidad esencial de estos pueblos. Hoy somos nosotros los que fomentamos que se recupere su enseñanza y también colaboramos para recuperar el festival del Tanicu, que dejó de hacerse durante muchos años y sirve para reencontrarse en un ámbito de alegría y celebración. Y si podemos, también trabajaremos para hacer un encuentro de teleras, porque hay muchas y muy buenas en la zona y no son reconocidas”, se entusiasma Acosta. Los vecinos de la zona son muy agradecidos con esta gente.
Cecilio Corvalán es el presidente de la comisión de la escuela de Los Cerrillos, y es una muestra de la confianza que se le otorga al proyecto. “Cuando ellos nos avisan que van a venir, organizamos la escuela, la limpiamos y tratamos de ofrecerles nuestras mejores comodidades para que puedan hacer las cosas bien. Es muy importante también para nuestra gente porque hablan con otras personas y conocen cosas nuevas. Mucha gente de acá apenas sale una o dos veces al año a hacer las compras en Salavina. Desde tanto que hace que vienen ya nos conocemos bien y nos hacemos bromas de cómo vamos envejeciendo juntos”, cuenta Cecilio. Belén Rodríguez y Marcelo Bruno, tienen tres hijos y viven en una de las pocas casas que hay en la zona. También manifiestan su gratitud: “Estamos muy contentos con esta gente que viene de afuera y se preocupa por nosotros. Ellos traen y organizan todo, cada vez que vienen es una fiesta para nosotros”. Es verdad que a éstos santiagueños les faltan muchas “cosas” materiales, pero atesoran tranquilidad, inocencia, identidad, idioma: el quechua, y el cielo estrellado más impactante que hasta ahora vi en mi vida, a la vera del río Dulce. Hay recompensa.

domingo, 3 de agosto de 2014

Alina imaginó

En la intensidad de su noche, Alina imaginó. Bandadas de cuervos oscurecieron su domingo, una brisa de viento sur le anunció el camino que transitaría el resto de la semana. “No me harán sentir miedo”, se dijo, mientras cerraba con fuerza la ventana de la cocina y se aferraba a su amuleto natal: una vieja taza de té que usaba todas las mañanas su abuela Lucrecia. Aunque le costaba aceptar esos espacios de oscuridad y encierro, ya estaba acostumbrada a vivir esos días en los que sólo sabía resistir. De niña padeció esas jornadas con febriles noches de llanto y de angustia. Atravesó días en soledad, sin la cercanía de su madre, sin padre, sin hermanos, sin tías, ni primas, ni amigos; encerrada en una vieja y húmeda pieza de campo. Fue entonces que comenzó a edificar su espíritu fuerte de sangre, y de espíritu. Su primera vez fue en verano. Recuerda que luego de una abundante sobremesa de una fiesta pueblerina volvieron a dejarla sola. Mientras sus lejanos padres y conocidos se dedicaban a la tradicional sobremesa de domingo, con taba, gritos, chinchón y pastelitos, Alina no se encontraba en el lugar. Al principio buscó alejarse con discreción, nadie lo notó. Después, la curiosidad la llevó a internarse en un pequeño bosquecito de siempreverdes y pinos, y tampoco nadie lo notó, en el fragor de sus ensimismamientos. Algunos pasos después ya no escuchaba las voces que la empujaron hacia ese lugar. Sólo percibía los sonidos de las hojas, los grillos, los insectos, las palomas torcazas. Cuando reaccionó estaba oscureciendo. En los pequeños bosquecitos la luz del día se pierde más temprano. Nadie lo notó. Con tranquilidad y disfrutando cada descubrimiento de su nueva niñez Alina intentó emprender el regreso. Ya no escuchaba voces, creyó reconocer algunas señales que la guiarían para volver, pero la luz de esos bosquecitos suelen confundir a los seres ingenuos que se internan en sus profundidades. De manera repentina una vieja angustia, hasta ese momento desconocida para ella, la invadió. Se desesperó, tuvo miedo, empezó a correr sin dirección precisa. Los seres inseguros tienen, como primer reflejo ante situaciones angustiosas, el reflejo de correr. La velocidad, el escape, la negación de un espacio y de un tiempo son, para ellos, la llave que puede abrir el cofre de la tranquilidad, de la seguridad, del abrigo momentáneo. Nada más alejado, se diría después. Los diablos, esos seres oscuros, se aprovechan de sus víctimas a través de esas reacciones. Así, Alina fue víctima por primera vez. Corrió, lloró, se desesperó, gritó, se arropó debajo de un pino. Tuvo pánico ante el cambio de posición de la luna que por momentos la abrigaba, y en otros le dibujaba con las sombras imágenes que ya habían soñado sus espíritus anteriores. El miedo de los otros se transforma en nuestro propio miedo en esas ocasiones que parecen no tener explicación. Raras nubes nos transforman en seres misteriosos y vulnerables en esas circunstancias. Entonces, exageramos, y nos parece que vamos a desaparecer. Una voz quebrada de mujer atravesó esos miedos, esos árboles y la distancia, para dar con ella. Era la voz de Marta, su madre. Alina la reconoció, pero no pudo pronunciar una palabra, hasta intentó hacer gestos que acompañaran esa locuacidad silenciosa; las cuerdas vocales se le atoraron. Entonces corrió, decidida, persiguiendo el sendero de ese sonido familiar. El crujir del rocío y de las hojas se hizo más intenso. Alina intentó gritar, pero no pudo. La ráfaga de luz de una linterna apareció como un rayo entre las siluetas de los árboles. Corrió más fuerte, y antes de caer se aferró a un par de piernas que conocía con el inconfundible afecto de cuando era niña. Era Marta, su madre, esa voz de intensa tonalidad familiar que le llegaba desde la memoria de aquel vientre oscuro, tan parecido a esos bosquecitos en que le gustaba internarse. Por fin se miraron y se abrazaron con auténtica emoción. No hubo reproches, no hubo reclamos ni viejas reprimendas. Así, Alina tuvo su primera vez. Por eso la intensidad de esa noche no le resultó refractaria, la asimiló con la naturalidad de los cambios que nos ayudan a madurar. Como a Alina, el destino nos traza ranuras que creemos inexplicables, pero que ya están prefijadas por algún orden que no alcanzamos a comprender. Alina esa noche, durmió tranquila.