domingo, 3 de agosto de 2014

Alina imaginó

En la intensidad de su noche, Alina imaginó. Bandadas de cuervos oscurecieron su domingo, una brisa de viento sur le anunció el camino que transitaría el resto de la semana. “No me harán sentir miedo”, se dijo, mientras cerraba con fuerza la ventana de la cocina y se aferraba a su amuleto natal: una vieja taza de té que usaba todas las mañanas su abuela Lucrecia. Aunque le costaba aceptar esos espacios de oscuridad y encierro, ya estaba acostumbrada a vivir esos días en los que sólo sabía resistir. De niña padeció esas jornadas con febriles noches de llanto y de angustia. Atravesó días en soledad, sin la cercanía de su madre, sin padre, sin hermanos, sin tías, ni primas, ni amigos; encerrada en una vieja y húmeda pieza de campo. Fue entonces que comenzó a edificar su espíritu fuerte de sangre, y de espíritu. Su primera vez fue en verano. Recuerda que luego de una abundante sobremesa de una fiesta pueblerina volvieron a dejarla sola. Mientras sus lejanos padres y conocidos se dedicaban a la tradicional sobremesa de domingo, con taba, gritos, chinchón y pastelitos, Alina no se encontraba en el lugar. Al principio buscó alejarse con discreción, nadie lo notó. Después, la curiosidad la llevó a internarse en un pequeño bosquecito de siempreverdes y pinos, y tampoco nadie lo notó, en el fragor de sus ensimismamientos. Algunos pasos después ya no escuchaba las voces que la empujaron hacia ese lugar. Sólo percibía los sonidos de las hojas, los grillos, los insectos, las palomas torcazas. Cuando reaccionó estaba oscureciendo. En los pequeños bosquecitos la luz del día se pierde más temprano. Nadie lo notó. Con tranquilidad y disfrutando cada descubrimiento de su nueva niñez Alina intentó emprender el regreso. Ya no escuchaba voces, creyó reconocer algunas señales que la guiarían para volver, pero la luz de esos bosquecitos suelen confundir a los seres ingenuos que se internan en sus profundidades. De manera repentina una vieja angustia, hasta ese momento desconocida para ella, la invadió. Se desesperó, tuvo miedo, empezó a correr sin dirección precisa. Los seres inseguros tienen, como primer reflejo ante situaciones angustiosas, el reflejo de correr. La velocidad, el escape, la negación de un espacio y de un tiempo son, para ellos, la llave que puede abrir el cofre de la tranquilidad, de la seguridad, del abrigo momentáneo. Nada más alejado, se diría después. Los diablos, esos seres oscuros, se aprovechan de sus víctimas a través de esas reacciones. Así, Alina fue víctima por primera vez. Corrió, lloró, se desesperó, gritó, se arropó debajo de un pino. Tuvo pánico ante el cambio de posición de la luna que por momentos la abrigaba, y en otros le dibujaba con las sombras imágenes que ya habían soñado sus espíritus anteriores. El miedo de los otros se transforma en nuestro propio miedo en esas ocasiones que parecen no tener explicación. Raras nubes nos transforman en seres misteriosos y vulnerables en esas circunstancias. Entonces, exageramos, y nos parece que vamos a desaparecer. Una voz quebrada de mujer atravesó esos miedos, esos árboles y la distancia, para dar con ella. Era la voz de Marta, su madre. Alina la reconoció, pero no pudo pronunciar una palabra, hasta intentó hacer gestos que acompañaran esa locuacidad silenciosa; las cuerdas vocales se le atoraron. Entonces corrió, decidida, persiguiendo el sendero de ese sonido familiar. El crujir del rocío y de las hojas se hizo más intenso. Alina intentó gritar, pero no pudo. La ráfaga de luz de una linterna apareció como un rayo entre las siluetas de los árboles. Corrió más fuerte, y antes de caer se aferró a un par de piernas que conocía con el inconfundible afecto de cuando era niña. Era Marta, su madre, esa voz de intensa tonalidad familiar que le llegaba desde la memoria de aquel vientre oscuro, tan parecido a esos bosquecitos en que le gustaba internarse. Por fin se miraron y se abrazaron con auténtica emoción. No hubo reproches, no hubo reclamos ni viejas reprimendas. Así, Alina tuvo su primera vez. Por eso la intensidad de esa noche no le resultó refractaria, la asimiló con la naturalidad de los cambios que nos ayudan a madurar. Como a Alina, el destino nos traza ranuras que creemos inexplicables, pero que ya están prefijadas por algún orden que no alcanzamos a comprender. Alina esa noche, durmió tranquila.

viernes, 30 de mayo de 2014

Para qué sirve leer libros?

El escabroso laberinto de la literatura Gracias Liliana Argiró. Hacía muchos años que un artículo de diario no me avivaba reflexiones acerca de uno de los universos que me rodea en lo cotidiano ni me provocaba síntomas tan similares, excepto la ceguera: http://www.lavoz.com.ar/opinion/los-peligros-insospechados-de-la-lectura Empiezo por el riesgo de considerar amigos a los libros y a sus autores. Uno llega a encariñarse tanto con algunos que los va acumulando en la biblioteca o los busca en otros sitios, y puede reconocer el pulso cambiante de una obra a otra con una clara mirada, como quien observa las conductas cambiantes de un niño o el crecimiento de una planta. Así me pasa con obras ordenadas de manera cronológica de autores como Borges, Saramago, Vargas Llosa, García Márquez, Soriano, Fontanarrosa, Sábato, Conti, y muchos otros que frecuento o frecuenté. Incluso puedo adelantarme a las obras que luego publicarán cuando leo o veo entrevistas que trascienden a través de los diarios o televisión. Así, podemos darnos el lujo de saber en qué andan porque somos seguidores atentos y, a veces, obsesivos de cada uno de sus pasos. Es entonces cuando uno llega a imaginarse que mantiene fluidas, entretenidas y largas conversaciones con ellos porque ya forman parte directa de nuestro entorno más querible y cercano. Sin embargo, el engaño resulta porque fueron ellos quienes nos sembraron esos valores, historias y consideraciones mientras los leíamos; y nos arrastraron a ese adorable fango que nos mantiene entusiasmados y agradecidos.
Cómo le explico a otra persona que no soy amigo de Vargas Llosa si me escucha hablar con tanta convicción del barrio de Miraflores en el centro de Lima, cuando nunca estuve allí, pero puedo describir cada rincón como cualquier residente de ese lugar? Porque sin estar físicamente allí, Marito con sus palabras me puso en sus calles, en sus casonas, en sus bares. O la certeza con que puedo relatar las últimas horas de la vida en la noche de Juan Manuel de Rosas en Southampton que me contó con claras y profundas descripciones Tomás Eloy Martínez en Lugar común la muerte; o el desierto seco y alucinado en que transcurre la historia de Pedro Páramo, en un México indescriptible, que Juan Rulfo supo incrustarme como una cuña imborrable; o el escenario histórico de Zama, de Antonio Di Benedetto, o …, y muchos otros o… Es verdad, también, que uno llega a rozar en la locura porque el ensimismamiento en la lectura de algunos libros nos lleva a la abstracción y la compenetración absoluta con sus argumentos narrativos. A medida que uno avanza en las páginas de Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, por ejemplo, se puede sentir y pensar como Martín. El mundo alrededor de esa lectura ya no es nuestro, se apropió de nuestra realidad rutinaria y pasamos a pensar y a sentir como Martín. Y ya no somos los mismos a partir de ese texto. Algo parecido a ser otro, algo parecido a la locura, la alienación, el enajenamiento. Ni que hablar del sufrimiento psicológico a que nos arrastra Oliveira en su relación con La Maga. Con la lectura también se puede crear un mundo, imaginario, inverosímil, soñado. Te suena Italo Calvino en El vizconde demediado?
Es verdad, un párrafo iluminado nos puede hacer construir paisajes, pueblos, ciudades, universos inexistentes en territorios firmes, pero fecundos en nuestras emociones. Allí, donde no vemos nada aparentemente, se tejen historias y relaciones probables e improbables, lícitas o no, tristes o felices, intensas o desganadas, cercanas o de lejanía, en fin, historias de imaginación de torrente irrefrenable. El hechizo que nos provoca algún libro cuando nos atrapa nos vuelve definitivamente diferentes, extraños, atractivos también, porque quien observa el comportamiento de un lector empedernido se vuelve un bicho raro que exige atención. Aclaro que no es una novedad. Comparto en que implica riesgos imposibles de mensurar, y transitar por arenas movedizas o visitar territorios desconocidos. La vida, en fin, también es eso. Pero, indiscutiblemente, es mejor atravesarlos en compañía de esos castillos edificados con palabras de quienes construyeron e imaginan mundos mejores a sus vidas convencionales, a partir del uso de las palabras. Tengo un secreto que revelarles: hace tiempo aprendí a hacer malabares con tres pelotitas. Y me especialicé en algunas figuras. Pero en realidad, cuando me pongo a jugar con ellas, siento que no son pelotitas, para mí son palabras. Y ese equilibrio que mantienen en el aire y la sensación de un acto mágico que provocan, no son más que combinaciones de palabras buscando encantar la atención del espectador o del lector cuando escribo algún texto. Por eso es importante que comprendamos que la cantidad de palabras, sus usos y sus combinaciones ensanchan definitivamente nuestros mundos y nuestros sueños. Por la ruta me cruzo con un camión, pero estoy convencido de que es una vaca. Así volvemos al mismo lugar, felices de que así sean, por algunos minutos u horas, nuestros días en la tierra.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Hojas y arbolitos

Saco una foto y, arriba, abajo o a las márgenes siempre la invade la rama de un árbol o alguna hoja caprichosa. Desde hace tiempo me llama la atención que busque esos enfoques y capture las imágenes de esa manera.
Me parece que resultan incompletas si no aparecen en la escena. Y, particularmente se trata de árboles autóctonos, molles, espinillos, talas, algarrobos, acacias, garabatos, que surgen preferentemente en zonas deshabitadas.
Una extraña fascinación me lleva a inmortalizarlos graciosamente en las fotos. No sé nada de éstas conductas que me arrastran a que las tome así, pero quiero creer que es una forma de integrarme a esos sanos sistemas que tanto me dan en goce, en silencio, en alegría y en descanso. Son parte del territorio que ocupan “naturalmente”. Crecen y se desarrollan en condiciones extremas sin la atención de la mano del hombre. Abonan de manera prolífica la tierra, dan sombra generosa y son protectoras cuando uno las necesita. Sus hojas son particularmente bonitas porque adoptan formas caprichosas moldeadas por duras intemperies.
A través de ellas el cielo, el mundo, el universo, se ven distintos. Parecen inofensivas, pero se pueden volver hostiles con sus espinas, y son resistentes cuando las quieren desterrar. Tardan muchos años para mostrarse en su esplendor, porque tienen un lento proceso de crecimiento. Dan ásperos frutos y flores y sus raíces son profundas. Los aromitos, por ejemplo, pueden salir en las grietas de espacios empedrados, en altura, con fuertes vientos y sequías, pero no mueren.
Es emocionante verlas agradecer cuando uno las toca, trata de acomodarlas y las riega un poco, porque notan que alguien las tiene en cuenta, las descubre y las valora. Porqué, me vuelvo a preguntar, invaden los paisajes que tomo cuando estoy en contacto entre ellas? Creo que es porque mucho de ellas tengo en mis raíces, de sus comportamientos aprendo a vivir cada día; porque me aceptan en sus sistemas armoniosos, y me siento seguro y sereno cuando me cobijan.
PD: gracias Haroldo Conti por haber escrito La balada del álamo carolina, y gracias también al viento que me llevó a leerlo.

lunes, 10 de febrero de 2014

El mar de Ansenuza.

Esperé más de 43 años para conocer el mar. Aunque lo tengo a unas tres horas desde mi casa en las sierras, no lo conocía. O mejor sería decir: la mar. Mar Chiquita, esa enorme laguna de agua salada en el noreste de Córdoba. La descubro, a Miramar, en uno de sus mejores momentos de esplendor turístico. Recuperada de dos inundaciones, hoy es uno de los principales centros turísticos de Córdoba.
Prolífica en opciones de alojamiento, gastronomía y recreación, Miramar tiene el encanto particular de ser un pueblo con mucha historia de gringos, criollos y “lunáticos”. Como no ser lunático en un sitio donde la luna aparece de abajo del agua y atrapa todas las miradas y emociones. Supe del calor y su sensación de agobio. De sus aguas tibias y saladas, del barro curativo, del sol en su máxima expresión húmeda. En este lugar te tratan bien. A pesar de que es mucha la gente y mucha la demanda de servicios, tienen la virtud de hacerte vivir la estadía con agrado y seguridad. Me subo al auto y recorro las inmediaciones que ofrecen distintas postales.
Hay mucha historia en este lugar. Una sensación, algo así como una luz infrarroja me delata que mucho ha pasado por este sitio. Los primigenios pobladores, los gringos que se aventuraron a la epopeya del turismo, los tozudos pobladores que se dieron a la tarea de reconstruir un lugar arrasado por la crecida de la laguna.
Un fascinante paisaje te envuelve desde la historia del Gran Hotel Viena, convertido en una ruina envuelta de misterios y sueños. Los escombros que recuerdan la pérdida de más de 100 establecimientos turísticos en la inundación de 1978.
Las viejas casas de campo, altas, húmedas, ruinosas, casi insoportables de habitar en el verano, pero que atesoran las risas, los gritos, las peleas de generaciones de trabajadores rurales. Hoy Miramar es uno de los principales centros turísticos de Córdoba. Tiene vida, tiene noche, juventud, la costanera, agua salada en cantidad, barros curativos, hoteles, hosterías, campings, restaurantes, peñas, boliches, atracciones para todo público. De todo tiene Miramar, pero a mí me atrajo su pasado. Caminar por sus calles de tierra me lleva a recuerdos que no son míos. Pude sentir la vibración del pasado de esa gente que tanto esfuerzo y sueños puso para hacer de ese lugar en el mundo. Por eso, a mí me suena, mejor que Miramar o Mar Chiquita, el mar de Ansenuza.
Era hermosísima la diosa india del agua, que habitaba en su palacio de cristal. Pero Ansenuza era una deidad cruel y egoísta, pues la única ofrenda que la volvía propicia era el primer amor de los mancebos. Se cuenta que un día vio llegar a la costa del lago, que era entonces de agua dulce un príncipe indio malherido en la guerra. Tristemente le sonrió a la diosa, lamentando el no poder sobrevivir para admirar su hermosura. Ella quedó suspensa, como sacudida por un rayo cósmico. Por vez primera el embeleso del amor conmovió su alma. Pero pronto sucumbió a la desesperación el comprender el destino de su amado. El cristalino espejo de agua se convulsionó. Un trueno, como un largo lamento, estremeció el cielo y las nubes lloraron con su diosa. El mar se convirtió en un furioso caos durante un día y una noche. Al amanecer, el joven se encontró en la playa. Sus heridas habían cicatrizado y al abrir los ojos, vio la increíble transformación que se había obrado en la naturaleza. La playa era blanca y las aguas se habían vuelto turbias y saladas. Atónito, el joven recordó a la hermosa mujer que la acariciaba cuando se le iban cerrando los ojos. Ahora se sentía sano y sus nervios tensos estaban sedientos de algo. Comenzó a avanzar por el agua, alejándose cada vez más de la costa, como si un imperativo lo impulsara. Cuando el agua cubrió su cintura comenzó a nadar. No nadaba, flotaba simplemente. Era como si unos brazos femeninos, con dulzura le penetraran por la piel bronceada, y le acariciaran el alma. Y siguió nadando, hasta que un tenue rayo rosado del amanecer lo fue transformando en el grácil flamenco, guardián eterno del amor de la diosa del mar. Desde entonces las aguas del Mar de Ansenuza son curativas, amorosamente curativas. Les juro, es verdad!

jueves, 16 de enero de 2014

Río Seco, el pago de Lugones

El sol norteño, ése que enceguece y recalienta el ambiente me recibe en este lugar. Pocos minutos antes de las nueve, me encontraba en Santa Elena, camino a Cerro Colorado. Era un sábado de noviembre. Algo me inclinó a conocer Villa de María del Río Seco, un lugar del norte cordobés que tenía pendiente. Un sitio por el que pasó Jerónimo Luis de Cabrera antes de fundar Córdoba, al que denominó Quillovil, con el fin de demarcar a Córdoba con Santiago del Estero. Pero mi atención en particular era acercarme al aura de la figura de Leopoldo Lugones, aquel excelso poeta con tuvo devaneos ideológicos que lo terminaron llevando al suicidio en febrero de 1938 en un hotel de Tigre en Buenos Aires, y seguí derecho por la ruta 9 norte. Ese escritor que nació en este recóndito lugar, extremo del norte cordobés, llegó a Buenos Aires y se convirtió en una de las plumas más importantes de nuestra historia, codeándose con Rubén Darío y admirado por Jorge Luis Borges, sí Borges, el del Aleph, quien le dedicó un poema y prologó esa obra maravillosa obra que es Romances del Río Seco. Está claro que tiene muchas otras, quizás mejores, pero estamos en Villa María del Río Seco. En su casa museo hay documentos realmente valiosos, está bien atendido, con horarios amplios, y cuidado y limpieza en las instalaciones, como en el resto del casco céntrico del pequeño poblado. Pero no sólo tiene encanto, atracción y misterio la casa donde nació en 1874, y que hoy es museo provincial.
Río Seco también es la iglesia principal, la plaza del pueblo, el museo Manuel Ulla, en donde se exhiben distintas colecciones sobre arqueología y trabajos relacionados a las pictografías de Cerro Colorado, y el cerro del Romero que atesora una extraña ermita en donde se venera la virgen del Rosario, patrona del lugar, a quien los devotos denominan "La Cautivita".
A propósito de ella, Lugones escribió que hubo en 1747 un atroz malón de indios abipones. Tras la acometida, los invasores se llevaron la imagen, que luego fue restituida a su altar por los propios lugareños, cruenta lucha contra los aborígenes mediante. También acoge al mausoleo de Lugones. En verdad desde la breve cima del cerro se puede apreciar una vista encantadora. Sentís que el valle te rodea y que te envuelve. Lo sentís en los colores, en la brisa del aire, en la imaginación que podes formarte por todo lo que por ahí pasó.
Lo vi de mañana, los atardeceres deben ser formidables, y las noches incomparables por los desniveles que se dibujan en toda la circunferencia del paisaje. Lo subí por una ladera, en donde un perro lugareño me enseño que el estrés allí nunca llegará, que no tiene lugar. Al bajarlo me topé con una especie de monumento que recuerda que allí fue expuesta la cabeza del caudillo santafecino, Francisco “Pancho” Ramírez, ejecutado a pocos kilómetros en Chañar Viejo en 1821, por fuerzas santafesinas y cordobesas que lo venían persiguiendo después de su derrota en Fraile Muerto Para agregar encanto a esa historia (hoy la calificaríamos de cruel, pero casi dos siglos después quién puede juzgar las conductas y decisiones de esa época); hay que decir que Ramírez escapaba tratando de recuperar a su amada Delfina, capturada por Estanislao López. Ahí estaba yo, en el sitio donde los ejecutores decidieron mostrar la cabeza de aquel caudillo. Cuánta historia, cuánto paisaje, cuánto interior, cuánta identidad, cuánto calor también. Fue Lugones, además, quien en marzo de 1903 escribió una crónica en el diario La Nación sobre las pictografías del Cerro Colorado, descubiertas por Luis Brackebush en 1875, durante la presidencia de Sarmiento. Un motivo más para volver a visitar ese continente inacabable de historia y cultura que es el Norte Cordobés. En agenda están San Francisco del Chañar y la posta Las Piedritas, donde fue capturado el virrey Liniers. Me voy a descansar con otra postal de esos caminos y su gente, con otra alegría de ser un privilegiado por conocer estos lugares.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El Pantano, el festival en que se comparte la alegría

A seis kilómetros del Cerro Colorado en dirección a Caminiaga, asoma el paraje El Pantano, un muy pequeño caserío con todas las características de esos lugares donde prevalecen los ranchos, las taperas, y ese bosque tan exclusivo del norte cordobés. Grandes algarrobos, matas, palmas carandí, talas, espinillos y otras especies propias del lugar, adornan un camino de tierra que por algunos tramos es atravesado por los arroyos El Pantano, que luego se convierte en Los Tártagos y llega con manso caudal al cerro. En ese mismo lugar que atesora historias de campo y paisanada, todos los fines de semana del día de la Tradición, se desarrolla uno de los festivales más particulares y acogedores del país: el de El Pantano.
“Esta fiesta surgió de repente hace 13 años. Fue algo muy rápido, y a partir de una hermosa amistad con una maestra santafesina que conoció el lugar y luego volvió con sus alumnos, algunos padres y amigos. Se armó una gran reunión que se viene repitiendo todos los años con mucha más gente que llega de todo el país”, me cuenta, Ramón Bustos, el dueño del lugar en donde se desarrolla el festejo. Ramón sufre de mal de Parkinson, sin embargo nada le impidió salir adelante, y ser el espíritu y el esfuerzo de este festival.
“Aprovecho estos encuentros para reafirmar que la amistad es algo fundamental, y medicina para muchas cosas. Aquí nos reencontramos con las cosas simples de la vida”, añade Ramón, emocionado mientras cuenta y mira todo lo que sucede a su alrededor. Me agrega que El Pantano era el nombre de una de las viejas casas del lugar. El rancho de Ramón es conocido como el Puesto de los Bustos, y allí funcionó el boliche La Serranita, que Atahualpa Yupanqui retrató para la eternidad. Por el cerro de las cañas, Iba cantando un paisano, Despacito y cuesta arriba, Y en dirección del pantano. Cuando dio con el carril, Divisó una lucecita, Está de fiesta el boliche, Que llaman La Serranita. Lindo es ver fletes atados, Con la lonja palenquera, Y sentir una guitarra, Tocando la chacarera. Chacarera del pantano, Que me despierta un querer, Los paisanos zapateando, Mi caballo sin comer. Un criollo miraba al campo, Pidiendo al cielo que llueva, Y se queda mosqueteando, Como vizcacha en la cueva. Sirva vino doña Rocha, Sirva otra vuelta patrona, Ya se siente el olorcito, Del asau de cabrillona. Sirva vino doña Rocha, No me lo quiera cobrar, Con gatos y chacareras, Se lo hei saber pagar. Hoy, en ese lugar se monta el singular encuentro con la instalación de una gran carpa en donde se comparte la comida, charlas, presentaciones de libros, y la vida fluye en las costumbres sencillas que la mayoría de los asistentes perdemos en nuestros lugares de origen o de trabajo.
Afuera artesanos y productores dan forma a una improvisada feria, las familias se instalan en sus carpas y muchos llegan en casas rodantes durante los dos días que dura el festival. Los niños corren, juegan, se reconocen. Los grandes aspiramos ese aire con la seguridad de que es absolutamente sano. En el pequeñito ranchito original de piedra, adobe y paja se ofrece una muestra de fotos y objetos de los antiguos pobladores del caserío. En las lomas que rodean el lugar flamean las banderas de Argentina y de los Pueblos originarios, no en vano es esa elección. “El boliche La Serranita era el lugar de distensión de don Atahualpa en donde se juntaba con la paisanada. Acá se armaban las guitarreadas y los gauchos hacían el asado de cabrillona, una costumbre que en este festival tratamos de recuperar”. Por el escenario natural que se montó en una de las lomas desfilan artistas de la zona, casi todos desconocidos. El espíritu es reunir a la gente, compartir la amistad y reencontrarse con las raíces originarias de nuestros pueblos antiguos. No se trata de un festival que procura atraer a multitudes con artistas famosos, es todo lo contrario.
El nombre que le pusieron al escenario, es también toda una declaración de principios: El Aromo. “Nadie sabe cómo sufre este arbolito en sus raíces, pero hace flores de sus penas”, me revela Ramón, que también vive sus días de esa manera. “Hay que estar un poco loco para armar esta fiesta y venir desde muy lejos para pasar dos días con el rigor del frío y ninguna comodidad, pero hay muchos locos que compartimos este hermoso sueño. Creo que el secreto es comprender que la alegría si no es compartida, no es alegría”
Un amigo que hice en el lugar, después de contarme algunos secretos de las tradiciones que se comparten me dijo: Vas a poder decir que estuviste en El Pantano, como quien sabe con certeza que asistió a un hecho maravilloso.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Los 75 de Caminito

A Río Ceballos se le reconocen en su historia varios mojones: el Cristo de Ñú Porá, los Pozos Verdes, el ex cine Coliseo, la confitería El Colonial, el dique La Quebrada, los 7 vados y, Caminito Serrano. Desde hace más de siete décadas este conjunto filodramático es sinónimo de teatro popular y picaresco en las Sierras Chicas. Creado a partir de una reunión de amigos con el objetivo de hacer teatro vocacional, en éstos 75 años numerosas familias tradicionales aportaron actores a los sainetes o comedias que siempre se presentan a sala llena. En todos los casos las recaudaciones de la venta de entradas es a beneficio de distintas instituciones de Río Ceballos. Caminito Serrano nació el 12 de octubre de 1937, bajo la dirección de Pedro Migliavacca que permaneció en esa función durante 25 años. Sus primeros integrantes fueron Dora de Tonelli, María Fredes, Elvira Migliavacca, Teresita Vilar, Pedro Migliavacca, Antonio Tavella, Mario Migliavacca, Pedro Papi, Domingo Vallaro y Pablo Villar. También Margarita Bozoli y José Bozoli, quienes colaboraron en la pintura de los telones. En esa oportunidad presentaron la obra El jardín de la vida.
Luego se hizo cargo de la dirección Antonio Tavella, hasta su muerte en 1989. Desde entonces tomó la posta en la dirección del conjunto, su hijo, Víctor Hugo. La raíz del grupo es la gente común que integra sus elencos. El comerciante, un ama de casa, un estudiante, un mozo, un plomero, algún funcionario, un niño, desempleados, bohemios, aventureros o jubilados, por una noche se convierten en celebrados actores, mágicos vecinos. Desde la elección de las piezas hasta el estreno, los integrantes se ocupan del vestuario, la escenografía, los decorados, la venta de entradas y la ambientación de la sala. A pesar del éxito que obtienen en cada puesta el grupo nunca perdió el carácter vocacional y solidario, ni tampoco alguno de sus integrantes emprendió carrera en el ámbito artístico de la actuación. Aunque fueron invitados a presentarse en otras provincias, el grupo sólo actuó en localidades vecinas como Salsipuedes, La Calera o Villa Allende.
“Caminito Serrano tiene un duende especial porque siempre hay gente nueva que debuta y transmite esa alegría al resto de los compañeros y espectadores. Debe ser uno de los pocos grupos en el país que sostiene este género teatral, además de uno de los pocos casos en el país con tanta permanencia”, cuenta Víctor Tavella, el heredero que conduce esta tradición. En el transcurso del tiempo, el conjunto fue declarado de interés municipal, se le colocó su nombre a la única sala de teatro de la ciudad y también a una calle. Actualmente está integrado por: Omar Martínez, Juan Dinca, Zulema Tavella, María Cristina Rivas, Hugo Paz, Oscar Crespo, Antonio Rocchia, Laura De Paris, Mirta Peretti, Juan Oshiro y Angel Armagno. Completan la agrupación las apuntadoras Stella Ferrari y Gloria Ríos.
Para celebrar estos 75 años, el sábado 8 de diciembre repondrán la obra Dos señores atorrantes, en la sala de biblioteca popular Sarmiento, a partir de las 22.