domingo, 1 de marzo de 2015

EL DESPRENDIMIENTO DE LAS RAICES

REFLEXION. A 2 semanas de la trágica tormenta EL DESPRENDIMIENTO DE LAS RAICES
El domingo 15 de febrero a la siesta, después de almorzar, salí al patio de mi casa para atender una llamada del diario y mientras hablaba, escuchaba el ruido potente del arroyo que pasa por la costanera, en Río Ceballos. Terminé la llamada y bajé a ver lo que pasaba, y por primera vez sentí el estremecimiento que aún hoy, 1 de marzo, me sobresalta cada vez que recorro los lugares y las caras con gestos arrasados. El ruido fue lo que más me llamó la atención, y no lo olvidaré. Después fue ver la destrucción, la desesperación, el desconcierto, la angustia, impotencia. La noticia de los primeros muertos comunicada con fría naturalidad y a velocidad de rayo. Como el resto, bomberos, defensa civil, municipales, policías, actuaba con desconcierto ante un hecho del que no teníamos la menor idea de la dimensión que representó. La noche del domingo tampoco la voy a olvidar. Las calles cortadas y oscuras, los puentes destruidos, máquinas descontroladas intentando reparar algo, agua y barro por todos lados, y miedo, mucho miedo. Gente temerosa que, en el centro, no sabía ni podía imaginar lo que estaba pasando en Ñú Porá y barrio Loza, o en La Quebrada y Los Manantiales; y en el resto de las localidades vecinas. Incomunicados en la expresión más extrema. Siguió lloviendo parte de la noche, y el lunes amaneció semidespejado, con algo de sol. Camino a la radio comencé a confirmar el temor con el que me había ido a dormir: la postal tremenda que podía llegar a imaginar y que anhelaba sólo fuera otra pesadilla de las que a veces abruman. Pero no fue así, era la realidad. La avenida San Martín copada por camiones del Ejército y Gendarmería, autobombas de bomberos, el municipio convertido en un cuartel de operaciones. Desde la radio empezamos a confeccionar el mapa del desastre con descripciones que nos hacían los oyentes, mientras escuchábamos afuera las sirenas, helicópteros, y muchos camiones que empezaban a llegar con mercadería para los centros de evacuados. Y después, más o menos lo mismo que ustedes conocen. Los destrozos irreparables, las pérdidas económicas, los nueve muertos, la solidaridad, la falta de agua, la urgencia, el manejo del dique La Quebrada, el miedo a las crecientes porque no para de precipitar, el récord de lluvias, las historias rotas en cada esquina, el cambio de la geografía que nos daba identidad, las polémicas que vendrán mientras nos damos a la reconstrucción y todo lo que trae aparejado un escenario de post destrucción de una zona como la nuestra. Pero, el ruido fue lo que más me llamó la atención, y no lo olvidaré. Acaso encontré una explicación cuando hablé con Carmen Peñaloza, una vecina de Cerro Azul, que junto a su familia quedaron aisladas en el lugar. “Nunca vi algo así en mi vida. El río que era una hermosura, cambio totalmente su cauce. Los árboles caían como si fueran yuyos y era estremecedor el ruido del desprendimiento de las raíces. No dan ganas ni de salir a mirar”. En las palabras de esta mujer empiezo a comprender la tragedia desde mi forma de sentir: “estremecedor el ruido del desprendimiento de las raíces”.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Santa Patricia

Santa Patricia Patricia era su nombre. La descubrí al verla caminar con el paso intenso de las mujeres que viven a la velocidad de las hormigas en temporada, es decir…: con un hormiguero en el culo, como le dicen. Esas mujeres te dejan la impresión de que siempre tienen algo por hacer y que el tiempo nunca les alcanza. Ese fragor las hace distintas, por eso te llaman la atención. Además, tenía un rostro agradable, una mirada entradora, gestos delicados, buen culo, … pocas tetas. Nunca conocí a una mujer con todos los atributos juntos, y las que ví, y me gustaron nunca me conocieron, pero creo me estoy yendo de contexto. Fue una tarde, en la ferretería del pueblo. Ella, después lo supe, era diseñadora de interiores, y se ganaba la vida vendiendo diseño y publicidad para una revista de turismo. Yo era, entonces, un experto en mantenimiento de parques y jardines, aunque todos me conocían como “Luisito”. Así las cosas cualquiera podría pensar: porqué dos personas de extracciones sociales y culturales tan distintas llegarían a conocerse en una ferretería de pueblo e imaginar que se daría una futura historia de amor, sufrimiento, pasión y desgano. Sin embargo, ese encuentro tiene muchas explicaciones, digamos, más prácticas. Simple: el dueño de la ferretería quería hacer publicidad en una revista un nuevo modelo de desmalezadora Sthil, algo así de fs 500, qué se yo. Ya les conté que ella hacía ese trabajo: vender publicidad para una revista, y yo, sudar la gota gorda en parques, praderas y grandes loteos a la hora de la siesta. Mientras escuchaba la conversación entre el dueño de la ferretería y Patricia, con discreción, pero también con determinación, me acerqué, y dije: “Los productos Sthill son los mejores, consumen poco combustible, tienen durabilidad y su garantía es segura, además de contar con varias bocas de reparación oficial en Córdoba, Villa Allende y en Jesús María”. Ahora que lo escribo me parece que no fui yo el que dijo eso, pero lo dije. Jorge me miró con sorpresa: “Hola Luisito, ya estoy con vos”. Sentí que me ponía una montaña de distancia, a pesar de que al otro día volvería ser el Luisito que conoce desde niño. Mientras divagaba sobre estas cuestiones, ella interrumpió: “No…, espere, lo que dijiste es muy importante y puede servir para la publicidad: garantía, bajo costo, atención. Perdón, me llamo Patricia, vos trabajás con estas máquinas?”. Le dije que sí, que tenía una pequeña empresa de preservación de áreas naturales y parques cerrados, que había aprendido el oficio de mi padre, y que me perfeccioné con asesores de complejos habitacionales de medianas dimensiones en la periferia de la capital, hasta que conseguí algunos contratos en casas de countries. Jorge permaneció un minuto y medio callado durante la conversación, hasta que decidió atender a otra clienta que acababa de ingresar al comercio. Una vez escuché a Dolina, Alejandro, el del programa de radio que lleva a miles de personas y el del libro Crónicas del Angel Gris, y Lo que le costó el amor de Laura, que todo lo que hacemos los guasos es sólo para conquistar minas. Eso fue lo que me propuse esa tarde en la ferretería, qué no, ni no. Es en esos momentos en que nos justificamos el porqué del porqué de lo que, a veces, hacemos, sabiendo que nada vamos a conseguir. Entonces supe que a ella también le gustaban las plantas y los jardines, que adoraba la vida en la naturaleza, el verde, las montañas, las grandes casas sin patios, que le fastidiaba la falta de espacios para que los perros puedan jugar con los niños, y veneraba los cumpleaños de ahijados con muchos chicos correteando alrededor de un pino. Y yo, a todo asentía con gesto exagerado, cuando sólo pensaba: “Te parto en ocho”. Por suerte siempre supe disimular mis pensamientos, así que no eché a perder de manera inane esa oportunidad. Retorné a la situación y dije: “Respecto a la Sthill te puedo asegurar que se vende sola, las marcas traccionan por sí solas y, aunque no necesitan publicidad, jerarquizan a quien las vende. Si te hace falta una foto la podemos producir en uno de nuestros trabajos, y yo puedo posar como modelo”, bromée, sabiendo que estaba yendo al fondo del hueso. Sonrió con firmeza y terminó de conquistarme. Me dijo “nos vemos”, pero no se despidió. Encaró hacia la caja y se puso a conversar con Jorge. A la final yo me había olvidado para qué había ido a la ferretería. Con disimulo hurgué por estantes de productos de limpieza, de plomería, de pesca, pinturas misteriosas, termos de aluminio, adornos de cocina, lampazos, hasta que me paré frente a los cajones de tornillos y arandelas. Se acercó uno de los hijos de Jorge y me preguntó: “Luisito, qué te hace falta?”, “Una tuerca de medio y una arandela para ajustar una pieza de la máquina de cortar pasto”, le dije, al pedo, porque no necesitaba nada. “Algo más?”, insistió, “No…, qué te debo”, “Nada, llevalas”, “Bueno, gracias”, agradecí, todo al reverendo pedo y los dos sabíamos. Cuando tomé la bolsita y me dí vuelta, ella, la Patricia ya no estaba. Ni siquiera se despidió, o si lo hizo no la escuché, y si lo hizo y no la escuché quedé como un tremendo pelotudo. Ahora que lo pienso me remuerdo. Pero siempre es al pedo. Siempre echando moco, cómo no me dí cuenta?, Ella quería despedirse o pedirme algún consejo y yo concentrado en una puta tuerca y una reputa arandela que no necesitaba ni tampoco quería. Acababa de perder a la mujer que por años había soñado, así, así. La tuve a la distancia de una tuerca y no pude tomarla. Me toco los bolsillos para ver si tengo las tuercas y la arandela, y ni la bolsita está, seguro me la olvidé en la estantería. Otra vez lo mismo. Tonto de toda tontería, me perjuro que ya no volveré a esa ferretería, pero sé que es al pedo.

lunes, 25 de agosto de 2014

Tincunacuy (Encuentro, en quechua) Los Cerrillos, Santiago del Estero, grupo Tincunacuy.

En agradecimiento a Cristián (que me invitó a vivir esta experiencia), y a Jorge (que me contó la historia profunda del proyecto). A unos 360 kilómetros de Córdoba capital, en la provincia de Santiago del Estero, se encuentra un inhóspito paraje: Los Cerrillos. Está a 12 kilómetros de Salavina. Para llegar a ese lugar hay que sortear caminos de guadales, tierra, polvo y un calor “abrasador”. Allí se encuentra la escuela nacional 534 Ricardo Ramírez, construida en 1940. Un viejo edificio derruido al que concurren unos 20 alumnos al jardín, y 60 a la primaria.
En sus inmediaciones unas pocas casitas de adobe y algunas de bloques que se levantan a 300 o 400 metros de distancia de la calle de tierra, y a las que se accede a través de senderos rodeados de cactus, matas, molles, piquillines, algarrobos y otras especies nativas. No hace falta aclarar que no hay luz eléctrica, ni agua potable. El punto principal de abastecimiento de agua es el viejo aljibe de la escuela. Los pocos que habitan el lugar viven criando cabras o unas pocas vacas. La mayoría de los hombres son peones golondrina y pasan cuatro o cinco meses fuera del hogar, mientras las mujeres crían como pueden a los hijos. Un lugar que no aparece en los mapas, ni tampoco en la agenda de preocupación de las autoridades. Hace más de 20 años, un grupo de profesionales y residentes santiagueños, cordobeses y catamarqueños, decidieron conformar un grupo que, en misiones solidarias, ayudara a paliar las necesidades de esas pocas personas olvidadas en medio del bosque santiagueño, al borde del río Dulce. Al grupo lo llamaron Tincunacuy, que en idioma quecha significa “encuentro”. Me aclaran que en quecha las palabras son muy precisas y tienen un único significado, que no admiten dobles interpretaciones. Quizás esa sea la explicación de la parquedad de los paisanos. Desde entonces, casi todos los años, porque alguna vez atendieron en otros parajes cercanos, se concentran en Los Cerrillos.
Allí, en un fin de semana se realizan en la escuela atención y controles médicos, de odontología, de vista y se llevan alimentos, ropa; y se organiza el festejo del día del niño, al que acuden familias de los parajes más cercanos de la zona. El grupo está integrado por unos 50 miembros, pero los que suelen viajar son entre 15 y 20 unas tres veces al año. A ellos se les suma el mago Cristian Sahratián, que se ocupa de atrapar la fascinación de niños y adultos que nunca vieron un truco de ilusión, ni siquiera por televisión. Roque Maldonado tiene 68 años. Se dedica al negocio de provisión a las carnicerías, y formó parte del grupo inicial. Hoy es el presidente, pero, remarca, es una cuestión de antigüedad, no de jerarquía. No ha faltado a ninguna de las visitas, incluso en varias oportunidades concurrió sólo a auxiliar a alguna familia de la zona que necesitaba ayuda, y los lugareños inmediatamente pensaron en él, y hacia allí partió, dejando familia y obligaciones. El vigor de él y sus compañeros para hacer el viaje que lleva más de seis horas, costearse el combustible, buscar las donaciones, hablar con empresas y mostrar lo que hacen para conseguir ayuda; además de llegar al lugar y organizar todo para que la gente sólo tenga que ir a la escuela y recibir la ayuda; es conmovedor. Es un día entero infatigable para esta gente. “En el grupo asumimos esta actitud porque estamos convencidos que se trata de nuestras raíces y no podemos desentendernos de las necesidades de esta gente. Mientras siga teniendo fuerzas voy a seguir viniendo, no tiene precio ver la cara de esta gente cuando llegamos y nos esperan como si fuéramos viejos amigos o familiares queridos”, cuenta Roque. Jorge Acosta, también integrante del grupo, aporta una anécdota que expresa la importancia de estos cruces de culturas. “Cuando empezamos a venir, los grandes les decían a los chicos que no hablaran en quechua porque les daba vergüenza, cuando es un rasgo de identidad esencial de estos pueblos. Hoy somos nosotros los que fomentamos que se recupere su enseñanza y también colaboramos para recuperar el festival del Tanicu, que dejó de hacerse durante muchos años y sirve para reencontrarse en un ámbito de alegría y celebración. Y si podemos, también trabajaremos para hacer un encuentro de teleras, porque hay muchas y muy buenas en la zona y no son reconocidas”, se entusiasma Acosta. Los vecinos de la zona son muy agradecidos con esta gente.
Cecilio Corvalán es el presidente de la comisión de la escuela de Los Cerrillos, y es una muestra de la confianza que se le otorga al proyecto. “Cuando ellos nos avisan que van a venir, organizamos la escuela, la limpiamos y tratamos de ofrecerles nuestras mejores comodidades para que puedan hacer las cosas bien. Es muy importante también para nuestra gente porque hablan con otras personas y conocen cosas nuevas. Mucha gente de acá apenas sale una o dos veces al año a hacer las compras en Salavina. Desde tanto que hace que vienen ya nos conocemos bien y nos hacemos bromas de cómo vamos envejeciendo juntos”, cuenta Cecilio. Belén Rodríguez y Marcelo Bruno, tienen tres hijos y viven en una de las pocas casas que hay en la zona. También manifiestan su gratitud: “Estamos muy contentos con esta gente que viene de afuera y se preocupa por nosotros. Ellos traen y organizan todo, cada vez que vienen es una fiesta para nosotros”. Es verdad que a éstos santiagueños les faltan muchas “cosas” materiales, pero atesoran tranquilidad, inocencia, identidad, idioma: el quechua, y el cielo estrellado más impactante que hasta ahora vi en mi vida, a la vera del río Dulce. Hay recompensa.

domingo, 3 de agosto de 2014

Alina imaginó

En la intensidad de su noche, Alina imaginó. Bandadas de cuervos oscurecieron su domingo, una brisa de viento sur le anunció el camino que transitaría el resto de la semana. “No me harán sentir miedo”, se dijo, mientras cerraba con fuerza la ventana de la cocina y se aferraba a su amuleto natal: una vieja taza de té que usaba todas las mañanas su abuela Lucrecia. Aunque le costaba aceptar esos espacios de oscuridad y encierro, ya estaba acostumbrada a vivir esos días en los que sólo sabía resistir. De niña padeció esas jornadas con febriles noches de llanto y de angustia. Atravesó días en soledad, sin la cercanía de su madre, sin padre, sin hermanos, sin tías, ni primas, ni amigos; encerrada en una vieja y húmeda pieza de campo. Fue entonces que comenzó a edificar su espíritu fuerte de sangre, y de espíritu. Su primera vez fue en verano. Recuerda que luego de una abundante sobremesa de una fiesta pueblerina volvieron a dejarla sola. Mientras sus lejanos padres y conocidos se dedicaban a la tradicional sobremesa de domingo, con taba, gritos, chinchón y pastelitos, Alina no se encontraba en el lugar. Al principio buscó alejarse con discreción, nadie lo notó. Después, la curiosidad la llevó a internarse en un pequeño bosquecito de siempreverdes y pinos, y tampoco nadie lo notó, en el fragor de sus ensimismamientos. Algunos pasos después ya no escuchaba las voces que la empujaron hacia ese lugar. Sólo percibía los sonidos de las hojas, los grillos, los insectos, las palomas torcazas. Cuando reaccionó estaba oscureciendo. En los pequeños bosquecitos la luz del día se pierde más temprano. Nadie lo notó. Con tranquilidad y disfrutando cada descubrimiento de su nueva niñez Alina intentó emprender el regreso. Ya no escuchaba voces, creyó reconocer algunas señales que la guiarían para volver, pero la luz de esos bosquecitos suelen confundir a los seres ingenuos que se internan en sus profundidades. De manera repentina una vieja angustia, hasta ese momento desconocida para ella, la invadió. Se desesperó, tuvo miedo, empezó a correr sin dirección precisa. Los seres inseguros tienen, como primer reflejo ante situaciones angustiosas, el reflejo de correr. La velocidad, el escape, la negación de un espacio y de un tiempo son, para ellos, la llave que puede abrir el cofre de la tranquilidad, de la seguridad, del abrigo momentáneo. Nada más alejado, se diría después. Los diablos, esos seres oscuros, se aprovechan de sus víctimas a través de esas reacciones. Así, Alina fue víctima por primera vez. Corrió, lloró, se desesperó, gritó, se arropó debajo de un pino. Tuvo pánico ante el cambio de posición de la luna que por momentos la abrigaba, y en otros le dibujaba con las sombras imágenes que ya habían soñado sus espíritus anteriores. El miedo de los otros se transforma en nuestro propio miedo en esas ocasiones que parecen no tener explicación. Raras nubes nos transforman en seres misteriosos y vulnerables en esas circunstancias. Entonces, exageramos, y nos parece que vamos a desaparecer. Una voz quebrada de mujer atravesó esos miedos, esos árboles y la distancia, para dar con ella. Era la voz de Marta, su madre. Alina la reconoció, pero no pudo pronunciar una palabra, hasta intentó hacer gestos que acompañaran esa locuacidad silenciosa; las cuerdas vocales se le atoraron. Entonces corrió, decidida, persiguiendo el sendero de ese sonido familiar. El crujir del rocío y de las hojas se hizo más intenso. Alina intentó gritar, pero no pudo. La ráfaga de luz de una linterna apareció como un rayo entre las siluetas de los árboles. Corrió más fuerte, y antes de caer se aferró a un par de piernas que conocía con el inconfundible afecto de cuando era niña. Era Marta, su madre, esa voz de intensa tonalidad familiar que le llegaba desde la memoria de aquel vientre oscuro, tan parecido a esos bosquecitos en que le gustaba internarse. Por fin se miraron y se abrazaron con auténtica emoción. No hubo reproches, no hubo reclamos ni viejas reprimendas. Así, Alina tuvo su primera vez. Por eso la intensidad de esa noche no le resultó refractaria, la asimiló con la naturalidad de los cambios que nos ayudan a madurar. Como a Alina, el destino nos traza ranuras que creemos inexplicables, pero que ya están prefijadas por algún orden que no alcanzamos a comprender. Alina esa noche, durmió tranquila.

viernes, 30 de mayo de 2014

Para qué sirve leer libros?

El escabroso laberinto de la literatura Gracias Liliana Argiró. Hacía muchos años que un artículo de diario no me avivaba reflexiones acerca de uno de los universos que me rodea en lo cotidiano ni me provocaba síntomas tan similares, excepto la ceguera: http://www.lavoz.com.ar/opinion/los-peligros-insospechados-de-la-lectura Empiezo por el riesgo de considerar amigos a los libros y a sus autores. Uno llega a encariñarse tanto con algunos que los va acumulando en la biblioteca o los busca en otros sitios, y puede reconocer el pulso cambiante de una obra a otra con una clara mirada, como quien observa las conductas cambiantes de un niño o el crecimiento de una planta. Así me pasa con obras ordenadas de manera cronológica de autores como Borges, Saramago, Vargas Llosa, García Márquez, Soriano, Fontanarrosa, Sábato, Conti, y muchos otros que frecuento o frecuenté. Incluso puedo adelantarme a las obras que luego publicarán cuando leo o veo entrevistas que trascienden a través de los diarios o televisión. Así, podemos darnos el lujo de saber en qué andan porque somos seguidores atentos y, a veces, obsesivos de cada uno de sus pasos. Es entonces cuando uno llega a imaginarse que mantiene fluidas, entretenidas y largas conversaciones con ellos porque ya forman parte directa de nuestro entorno más querible y cercano. Sin embargo, el engaño resulta porque fueron ellos quienes nos sembraron esos valores, historias y consideraciones mientras los leíamos; y nos arrastraron a ese adorable fango que nos mantiene entusiasmados y agradecidos.
Cómo le explico a otra persona que no soy amigo de Vargas Llosa si me escucha hablar con tanta convicción del barrio de Miraflores en el centro de Lima, cuando nunca estuve allí, pero puedo describir cada rincón como cualquier residente de ese lugar? Porque sin estar físicamente allí, Marito con sus palabras me puso en sus calles, en sus casonas, en sus bares. O la certeza con que puedo relatar las últimas horas de la vida en la noche de Juan Manuel de Rosas en Southampton que me contó con claras y profundas descripciones Tomás Eloy Martínez en Lugar común la muerte; o el desierto seco y alucinado en que transcurre la historia de Pedro Páramo, en un México indescriptible, que Juan Rulfo supo incrustarme como una cuña imborrable; o el escenario histórico de Zama, de Antonio Di Benedetto, o …, y muchos otros o… Es verdad, también, que uno llega a rozar en la locura porque el ensimismamiento en la lectura de algunos libros nos lleva a la abstracción y la compenetración absoluta con sus argumentos narrativos. A medida que uno avanza en las páginas de Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, por ejemplo, se puede sentir y pensar como Martín. El mundo alrededor de esa lectura ya no es nuestro, se apropió de nuestra realidad rutinaria y pasamos a pensar y a sentir como Martín. Y ya no somos los mismos a partir de ese texto. Algo parecido a ser otro, algo parecido a la locura, la alienación, el enajenamiento. Ni que hablar del sufrimiento psicológico a que nos arrastra Oliveira en su relación con La Maga. Con la lectura también se puede crear un mundo, imaginario, inverosímil, soñado. Te suena Italo Calvino en El vizconde demediado?
Es verdad, un párrafo iluminado nos puede hacer construir paisajes, pueblos, ciudades, universos inexistentes en territorios firmes, pero fecundos en nuestras emociones. Allí, donde no vemos nada aparentemente, se tejen historias y relaciones probables e improbables, lícitas o no, tristes o felices, intensas o desganadas, cercanas o de lejanía, en fin, historias de imaginación de torrente irrefrenable. El hechizo que nos provoca algún libro cuando nos atrapa nos vuelve definitivamente diferentes, extraños, atractivos también, porque quien observa el comportamiento de un lector empedernido se vuelve un bicho raro que exige atención. Aclaro que no es una novedad. Comparto en que implica riesgos imposibles de mensurar, y transitar por arenas movedizas o visitar territorios desconocidos. La vida, en fin, también es eso. Pero, indiscutiblemente, es mejor atravesarlos en compañía de esos castillos edificados con palabras de quienes construyeron e imaginan mundos mejores a sus vidas convencionales, a partir del uso de las palabras. Tengo un secreto que revelarles: hace tiempo aprendí a hacer malabares con tres pelotitas. Y me especialicé en algunas figuras. Pero en realidad, cuando me pongo a jugar con ellas, siento que no son pelotitas, para mí son palabras. Y ese equilibrio que mantienen en el aire y la sensación de un acto mágico que provocan, no son más que combinaciones de palabras buscando encantar la atención del espectador o del lector cuando escribo algún texto. Por eso es importante que comprendamos que la cantidad de palabras, sus usos y sus combinaciones ensanchan definitivamente nuestros mundos y nuestros sueños. Por la ruta me cruzo con un camión, pero estoy convencido de que es una vaca. Así volvemos al mismo lugar, felices de que así sean, por algunos minutos u horas, nuestros días en la tierra.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Hojas y arbolitos

Saco una foto y, arriba, abajo o a las márgenes siempre la invade la rama de un árbol o alguna hoja caprichosa. Desde hace tiempo me llama la atención que busque esos enfoques y capture las imágenes de esa manera.
Me parece que resultan incompletas si no aparecen en la escena. Y, particularmente se trata de árboles autóctonos, molles, espinillos, talas, algarrobos, acacias, garabatos, que surgen preferentemente en zonas deshabitadas.
Una extraña fascinación me lleva a inmortalizarlos graciosamente en las fotos. No sé nada de éstas conductas que me arrastran a que las tome así, pero quiero creer que es una forma de integrarme a esos sanos sistemas que tanto me dan en goce, en silencio, en alegría y en descanso. Son parte del territorio que ocupan “naturalmente”. Crecen y se desarrollan en condiciones extremas sin la atención de la mano del hombre. Abonan de manera prolífica la tierra, dan sombra generosa y son protectoras cuando uno las necesita. Sus hojas son particularmente bonitas porque adoptan formas caprichosas moldeadas por duras intemperies.
A través de ellas el cielo, el mundo, el universo, se ven distintos. Parecen inofensivas, pero se pueden volver hostiles con sus espinas, y son resistentes cuando las quieren desterrar. Tardan muchos años para mostrarse en su esplendor, porque tienen un lento proceso de crecimiento. Dan ásperos frutos y flores y sus raíces son profundas. Los aromitos, por ejemplo, pueden salir en las grietas de espacios empedrados, en altura, con fuertes vientos y sequías, pero no mueren.
Es emocionante verlas agradecer cuando uno las toca, trata de acomodarlas y las riega un poco, porque notan que alguien las tiene en cuenta, las descubre y las valora. Porqué, me vuelvo a preguntar, invaden los paisajes que tomo cuando estoy en contacto entre ellas? Creo que es porque mucho de ellas tengo en mis raíces, de sus comportamientos aprendo a vivir cada día; porque me aceptan en sus sistemas armoniosos, y me siento seguro y sereno cuando me cobijan.
PD: gracias Haroldo Conti por haber escrito La balada del álamo carolina, y gracias también al viento que me llevó a leerlo.

lunes, 10 de febrero de 2014

El mar de Ansenuza.

Esperé más de 43 años para conocer el mar. Aunque lo tengo a unas tres horas desde mi casa en las sierras, no lo conocía. O mejor sería decir: la mar. Mar Chiquita, esa enorme laguna de agua salada en el noreste de Córdoba. La descubro, a Miramar, en uno de sus mejores momentos de esplendor turístico. Recuperada de dos inundaciones, hoy es uno de los principales centros turísticos de Córdoba.
Prolífica en opciones de alojamiento, gastronomía y recreación, Miramar tiene el encanto particular de ser un pueblo con mucha historia de gringos, criollos y “lunáticos”. Como no ser lunático en un sitio donde la luna aparece de abajo del agua y atrapa todas las miradas y emociones. Supe del calor y su sensación de agobio. De sus aguas tibias y saladas, del barro curativo, del sol en su máxima expresión húmeda. En este lugar te tratan bien. A pesar de que es mucha la gente y mucha la demanda de servicios, tienen la virtud de hacerte vivir la estadía con agrado y seguridad. Me subo al auto y recorro las inmediaciones que ofrecen distintas postales.
Hay mucha historia en este lugar. Una sensación, algo así como una luz infrarroja me delata que mucho ha pasado por este sitio. Los primigenios pobladores, los gringos que se aventuraron a la epopeya del turismo, los tozudos pobladores que se dieron a la tarea de reconstruir un lugar arrasado por la crecida de la laguna.
Un fascinante paisaje te envuelve desde la historia del Gran Hotel Viena, convertido en una ruina envuelta de misterios y sueños. Los escombros que recuerdan la pérdida de más de 100 establecimientos turísticos en la inundación de 1978.
Las viejas casas de campo, altas, húmedas, ruinosas, casi insoportables de habitar en el verano, pero que atesoran las risas, los gritos, las peleas de generaciones de trabajadores rurales. Hoy Miramar es uno de los principales centros turísticos de Córdoba. Tiene vida, tiene noche, juventud, la costanera, agua salada en cantidad, barros curativos, hoteles, hosterías, campings, restaurantes, peñas, boliches, atracciones para todo público. De todo tiene Miramar, pero a mí me atrajo su pasado. Caminar por sus calles de tierra me lleva a recuerdos que no son míos. Pude sentir la vibración del pasado de esa gente que tanto esfuerzo y sueños puso para hacer de ese lugar en el mundo. Por eso, a mí me suena, mejor que Miramar o Mar Chiquita, el mar de Ansenuza.
Era hermosísima la diosa india del agua, que habitaba en su palacio de cristal. Pero Ansenuza era una deidad cruel y egoísta, pues la única ofrenda que la volvía propicia era el primer amor de los mancebos. Se cuenta que un día vio llegar a la costa del lago, que era entonces de agua dulce un príncipe indio malherido en la guerra. Tristemente le sonrió a la diosa, lamentando el no poder sobrevivir para admirar su hermosura. Ella quedó suspensa, como sacudida por un rayo cósmico. Por vez primera el embeleso del amor conmovió su alma. Pero pronto sucumbió a la desesperación el comprender el destino de su amado. El cristalino espejo de agua se convulsionó. Un trueno, como un largo lamento, estremeció el cielo y las nubes lloraron con su diosa. El mar se convirtió en un furioso caos durante un día y una noche. Al amanecer, el joven se encontró en la playa. Sus heridas habían cicatrizado y al abrir los ojos, vio la increíble transformación que se había obrado en la naturaleza. La playa era blanca y las aguas se habían vuelto turbias y saladas. Atónito, el joven recordó a la hermosa mujer que la acariciaba cuando se le iban cerrando los ojos. Ahora se sentía sano y sus nervios tensos estaban sedientos de algo. Comenzó a avanzar por el agua, alejándose cada vez más de la costa, como si un imperativo lo impulsara. Cuando el agua cubrió su cintura comenzó a nadar. No nadaba, flotaba simplemente. Era como si unos brazos femeninos, con dulzura le penetraran por la piel bronceada, y le acariciaran el alma. Y siguió nadando, hasta que un tenue rayo rosado del amanecer lo fue transformando en el grácil flamenco, guardián eterno del amor de la diosa del mar. Desde entonces las aguas del Mar de Ansenuza son curativas, amorosamente curativas. Les juro, es verdad!