lunes, 10 de febrero de 2014

El mar de Ansenuza.

Esperé más de 43 años para conocer el mar. Aunque lo tengo a unas tres horas desde mi casa en las sierras, no lo conocía. O mejor sería decir: la mar. Mar Chiquita, esa enorme laguna de agua salada en el noreste de Córdoba. La descubro, a Miramar, en uno de sus mejores momentos de esplendor turístico. Recuperada de dos inundaciones, hoy es uno de los principales centros turísticos de Córdoba.
Prolífica en opciones de alojamiento, gastronomía y recreación, Miramar tiene el encanto particular de ser un pueblo con mucha historia de gringos, criollos y “lunáticos”. Como no ser lunático en un sitio donde la luna aparece de abajo del agua y atrapa todas las miradas y emociones. Supe del calor y su sensación de agobio. De sus aguas tibias y saladas, del barro curativo, del sol en su máxima expresión húmeda. En este lugar te tratan bien. A pesar de que es mucha la gente y mucha la demanda de servicios, tienen la virtud de hacerte vivir la estadía con agrado y seguridad. Me subo al auto y recorro las inmediaciones que ofrecen distintas postales.
Hay mucha historia en este lugar. Una sensación, algo así como una luz infrarroja me delata que mucho ha pasado por este sitio. Los primigenios pobladores, los gringos que se aventuraron a la epopeya del turismo, los tozudos pobladores que se dieron a la tarea de reconstruir un lugar arrasado por la crecida de la laguna.
Un fascinante paisaje te envuelve desde la historia del Gran Hotel Viena, convertido en una ruina envuelta de misterios y sueños. Los escombros que recuerdan la pérdida de más de 100 establecimientos turísticos en la inundación de 1978.
Las viejas casas de campo, altas, húmedas, ruinosas, casi insoportables de habitar en el verano, pero que atesoran las risas, los gritos, las peleas de generaciones de trabajadores rurales. Hoy Miramar es uno de los principales centros turísticos de Córdoba. Tiene vida, tiene noche, juventud, la costanera, agua salada en cantidad, barros curativos, hoteles, hosterías, campings, restaurantes, peñas, boliches, atracciones para todo público. De todo tiene Miramar, pero a mí me atrajo su pasado. Caminar por sus calles de tierra me lleva a recuerdos que no son míos. Pude sentir la vibración del pasado de esa gente que tanto esfuerzo y sueños puso para hacer de ese lugar en el mundo. Por eso, a mí me suena, mejor que Miramar o Mar Chiquita, el mar de Ansenuza.
Era hermosísima la diosa india del agua, que habitaba en su palacio de cristal. Pero Ansenuza era una deidad cruel y egoísta, pues la única ofrenda que la volvía propicia era el primer amor de los mancebos. Se cuenta que un día vio llegar a la costa del lago, que era entonces de agua dulce un príncipe indio malherido en la guerra. Tristemente le sonrió a la diosa, lamentando el no poder sobrevivir para admirar su hermosura. Ella quedó suspensa, como sacudida por un rayo cósmico. Por vez primera el embeleso del amor conmovió su alma. Pero pronto sucumbió a la desesperación el comprender el destino de su amado. El cristalino espejo de agua se convulsionó. Un trueno, como un largo lamento, estremeció el cielo y las nubes lloraron con su diosa. El mar se convirtió en un furioso caos durante un día y una noche. Al amanecer, el joven se encontró en la playa. Sus heridas habían cicatrizado y al abrir los ojos, vio la increíble transformación que se había obrado en la naturaleza. La playa era blanca y las aguas se habían vuelto turbias y saladas. Atónito, el joven recordó a la hermosa mujer que la acariciaba cuando se le iban cerrando los ojos. Ahora se sentía sano y sus nervios tensos estaban sedientos de algo. Comenzó a avanzar por el agua, alejándose cada vez más de la costa, como si un imperativo lo impulsara. Cuando el agua cubrió su cintura comenzó a nadar. No nadaba, flotaba simplemente. Era como si unos brazos femeninos, con dulzura le penetraran por la piel bronceada, y le acariciaran el alma. Y siguió nadando, hasta que un tenue rayo rosado del amanecer lo fue transformando en el grácil flamenco, guardián eterno del amor de la diosa del mar. Desde entonces las aguas del Mar de Ansenuza son curativas, amorosamente curativas. Les juro, es verdad!

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